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“Tú, chorizo”

Redactado y publicado por el Domingo, 12 octubre 20144 comentarios

De pequeños, coincidimos en clase con un matón que tenía doce años y media casi uno ochenta. Un chico infeliz cuya familia acaba de desestructurarse. Pasaba casi todo el día en la calle y tenía un déficit de atención que suplía a base de mamporros. Un día robó a los profesores del colegio. Entró en la sala de juntas, abrió varios bolsos y se llevó el dinero. Lo gastó en máquinas recreativas, se compró la guía del Marca de aquel año, un par de caracolas rellenas de cacao y llegó a clase con una gorra de los Chicago Bulls (eran tiempos donde Michael Jordan hacía posible lo imposible). Todo el mundo se sentía inseguro con el chico, que por otra parte, carecía de habilidades sociales. La comidilla entre los alumnos era que había robado de forma flagrante a los profesores, y ese rumor casi se masticaba en el ambiente, pesaba como el plomo. Nosotros éramos traviesos, tirábamos petardos y salíamos corriendo y hacíamos muchas cafradas más, pero no éramos unos ladrones. No nos gustaba que ese chico hubiera cruzado todas las líneas de la decencia humana. Unas normas que, sin ser normas, eran normas. Era de Perogrullo, que las cosas acabarían cayendo por su propio peso.

Un día nos amenazó porque no queríamos ser sus amigos. En clase, con toda la tensión de aquellos días, insultó a mi hermano. En realidad le dijo una obviedad, “enano” (nosotros cuando crecimos, pasamos de ser muy bajos a bajitos), y mi hermano respondió delante de todos derribando tabúes. Lo miró a los ojos, y delante de todos, excepto de la profesora que estaba fuera en ese momento, dijo: “Sí, y tú eres un chorizo”. Lo siguiente que recuerdo es que mi hermano se llevó un sopapo a mano abierta que sonó más allá de Despeñaperros.

El caso es que, pese a que parecía en primera instancia que habíamos salido perdiendo y que habíamos perdido la batalla, en el fondo habíamos ganado la guerra. Ese “tú eres un chorizo” era la brutal constatación del presente, señalaba nuestro males y lo ponía al descubierto. En pocas semanas, descubrieron al ladrón, su caso llegó a dirección y fue expulsado durante varias semanas. Todo se precipitó cuando resultó demasiado evidente que las cosas no podían seguir así.

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Cuento esto en relación a lo que viene sucediendo en España de un tiempo a esta parte. Si algo han conseguido el Partido Popular, el Psoe y todos los afectados de corrupción (aquí hay sindicalistas y gente de Izquierda Unida), también los que hacen corrupciones legales o corrompen la justicia a su favor, es que en la sociedad llegue un punto en el que señalamos sin miedo a los malos. Será porque no tenemos nada que perder.

¿Pero es que es mala solo la derecha? Por supuesto que no, basta con ver la lista de las Tarjetas Black. Tengo amigos de derecha con los que puedo hablar de forma cordial, ampliando mi visión del mundo. Malos no son ellos. Malos han sido y son en su cúpula, y muchos de los que lo representan en el parlamento. Malas, en definitiva, son las personas que ansían poder y dinero a costa de todo. Una persona que, pongamos, apoye la ley del aborto de Gallardón, esté muy vinculada a la iglesia y crea en el liberalismo económico no es mala. Una persona que roba a los más pobres aún teniendo de sobra, sí. Una persona que acusa de mentirosa a una enfermera infectada de Ébola cuando agoniza en el hospital, siendo el máximo negligente del caso, sí. Una persona que dice “que se jodan” a los que sufren robos por parte de su familia, también. Una persona que dice que no hay que contratar a mujeres con riesgo de embarazo, también. Una cúpula de un partido que gana sobresueldos provenientes de licitaciones concedidas a dedo, también. Un señor que viene del FMI a pagarse sus lujos de forma ilegal con dinero de las personas y que no duda en autoconcederse una indemnización multimillonaria, también. Un empresario que explota a personas del tercer mundo con el único afán de lucrarse, también. Una persona que se carga la educación y que se ríe de los que se quedan sin comedor para sus hijos, también. Una persona que se burla de los casos de suicidios por los desahucios, también. Una persona que coordina que sus amigos se lleven el dinero de los demás, también. Esos son los malos, y a esos hay que señalarlos pues, en el fondo, señalamos lo que no queremos en nuestra democracia.

En España hemos pasado muchos años sin señalar a nadie, siendo cómplices silenciosos de que unos pocos se llevaran lo que pertenece a todos deslizándose por los entresijos del sistema. Parapetados tras conceptos macroeconómicos, usando el lenguaje a su favor, con el apoyo de medios de comunicación y la injusta complicidad de la justicia, sufrimos un abuso intolerable.

Hay quién acusa a nuestra generación de tener falta de perspectiva y una tremenda sed de venganza. Otros, dicen que pagan justos por pecadores. Podrían mirarse en el espejo y ver en qué se han convertido. En, como diría Saramago, ciegos que viendo, no ven.

 

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No tenemos de quien vengarnos porque desde jóvenes siempre hemos sido tan pobres como ahora, antes porque éramos jóvenes, ahora porque no tenemos nada. Esa ensoñación que en la generación de mis padres creyeron que sería el futuro se ha vertido al bolsillo de unos cuantos. Lo siento por mis padres y por sus sueños. Nosotros, por suerte, no nos hemos acostumbrado a los vicios de nuestra joven democracia. Nos hemos encontrado una excepcional casa llena de basura y queremos limpiarla. Y no nos compra dejar la basura dentro a cambio de una nueva habitación, queremos la basura fuera. Exigimos la virtud como bandera y la limpieza como única forma de gobernarnos.

Por eso señalamos a los malos de la película. Por eso, cuando sale Rato, o Javier Rodríguez o Mónica Oriol o algún Fabra, algún cacique regional o algún personaje de semejante calaña a decir barbaridades, a culpabilizar a quien sufre sus abusos, a menospreciar al más débil o a reírse en nuestra cara con un tremendo aire de superioridad intelectual –como si los pobres no pudieran ser intelectuales-, sentimos que nos roban nuestra decencia, nuestra dignidad, nuestra justicia social y nuestro presente, nuestras ansias de crear un futuro mejor. Por eso pensamos que son casta y régimen y se nos ocurren mil adjetivos más, y no dudamos en ponerles etiquetas, porque hay gente a la les definen sus sucios actos y deben quedarse, cuanto antes, Orsai. Y por eso, cuando finalmente agotan el colmo de la paciencia, nuestro dedo les señala y, sin miedo al bofetón, hacemos mi hermano, les decimos: “Ustedes, son unos chorizos”.