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Tócala otra vez, Sam. Merlo y Barranco se ponen las gafas

Redactado y publicado por el Martes, 28 febrero 2012Un comentario

Madrid es probablemente la ciudad con mejor oferta teatral de nuestro país. Y como mi relación con el teatro es casi inexistente (Romeo y Julieta, We Will Rock You) decidí ampliarla este fin de semana acudiendo al teatro Infanta Isabel, en pleno barrio de Chueca.

La obra elegida fue Tócala Otra Vez, Sam, dirigida por la británica Tamzin Townsend y basada en la célebre obra teatral de Woody Allen de la década de los setenta, el primer gran éxito de su carrera.

Era una apuesta sobresegura pues soy absoluto admirador del genio neoyorkino y conocía la obra por la adaptación cinematográfica llevada a cabo por Herbert Ross, titulada en España Sueños De Un Seductor (1972).

Lo único que me hacía desconfiar de la obra era la pareja protagonista, formada por el popular actor Luis Merlo, famoso por la infumable serie Aquí No Hay Quien Viva, y María Barranco, una actriz tremenda, con multitud de registros, que de una primera impresión y por una cuestión generacional encaja poco con su compañero de tablas.

Craso error. Como siempre, los prejuicios son malos consejeros y sucedió que el feeling entre ambos resultó sencillamente maravilloso. Merlo traslada a su terreno al personaje de Alan (un hipocondriaco y patoso crítico de cine al que abandona su mujer) dotándolo de una verborrea y neurosis personal, diferente a la de Allen, a través de una interpretación más hispana, amanerada e histriónica que te instala en la risa. Por su parte, María Barranco mantiene la ingenuidad de Keaton, pero resulta más dicharachera, con un punto atrevido muy saludable.

Se forma entre ellos una química inesperada y encantadora. El resto del reparto, la pluriempleada y camaleónica Beatriz Santana, el exagerado José Luis Alcobendas y un sólido Javier Martín como perfecto Bogart, cumplen perfectamente su cometido y demuestran lo importante de un reparto experimentado y en buena sintonía.

Mi admiración por el minimalismo y la originalidad de una puesta en escena que no necesita de grandes artificios y si de la imaginación cómplice del espectador. Inconscientemente, uno se deja llevar por la gracia infinita de unos gags hilarantes e ingeniosos que llevan el sello Allen y que no se reduce a la risa, pues suponen una reflexión simpática sobre los amores platónicos, la cruda realidad de una vida, la real, que en poco o nada se asemeja a los encantos del séptimo arte.

Como el patio de butacas, que aplaudió a rabiar, sentí entusiasmo por una obra digna de elogio. Tócala Otra Vez, Sam, es una diversión que te evade de forma encantadora durante noventa minutos para pasar una ensoñadora velada. Un auténtico lujo en los tiempos que corren.