Andrew ZimmermanAndrew Zimmerman
Andrew Zimmerman
19 Julio 2010

Llevo meses buscando una serie a la que engancharme. Mi objetivo es revivir las sensaciones que me produjeron títulos emblemáticos como Los Soprano, The Wire o A Dos Metros Bajo Tierra, citando así mis tres series preferidas. Esa necesidad de ver otro capítulo nada más terminar uno de ellos, la tensa espera entre uno y otro o el hecho de visualizar la intro sonriendo, sabedor del gustoso momento que me espera.

Hoy, ninguna serie despierta en mi tales sensaciones. La que más se acerca a ello podría ser la nueva serie de David Simon, Treme, que aborda la reconstrucción de Nueva Orleans después del paso del huracán Katrina en clave musical. Soul, blues, country, rockabilly… una delicia para los oídos con un excelente reparto coral, pero en el fondo, una serie a la que le falta pellizco, emoción, que se pierde conscientemente en la cotidianeidad de la desgraciada ciudad norteamericana.

Descartada Treme, más preocupada por el continente que por el contenido, mi esperanza recaía en Breaking Bad (de la que ya hablamos en su día por El Club). Sin embargo, no conecto con la ajetreada vida de Walter White ni con esa ambientación tejanolatina tan angustiosa. Me hallo en el ecuador de la segunda temporada y todavía contemplo desganado episodio tras episodio. Aguantaré porque mi buen amigo Fresús asegura que la espera merece la pena, que la traca final es de aupa y la tercera temporada antológica. Me fío de su criterio.

Mi último intento ha sido visionar Hijos De La Anarquía, que viene respaldada por excelentes críticas y una comparativa común, erigirse como la nueva Los Soprano. Muchos mencionaron incluso a Shakespeare por su carácter poético y dramático. Sólo me han hecho falta dos episodios para estar convencido que la serie de Kurt Sutter (antes enrolado en la osada The Shield como guionista) difícilmente llegará al nivel de la portentosa serie de la HBO.

Hijos De La Anarquía podría definirse como un Melrose Place a lo motero, un coctel con los mejores ingredientes de un culebrón al uso; sexo, pasiones, secretismo, enredos y una palpable violencia gratuita. A su favor, un reparto interesante con actores de mucho recorrido y una imagen, una iconografía, muy lograda . En su contra: la sensación asistir a un desarrollo de la acción encajado con calzador, el maniqueismo latente, el discutible gamberrismo de los Hijos De La Anarquía, la irrisoria hombría de los protagonistas, el hecho de poder adelantarte a los acontecimientos con pasmosa facilidad…

¿Es aventurado sentenciar la serie habiendo visto tan sólo sus dos primeros episodios? Sin duda alguna. Pero comprendedme, dado el poco tiempo del que dispongo para ver películas y series, no me conviene perderlo con un producto que se agarra a la violencia y a la extrema visceralidad como ejes fundamentales de su desarrollo. A mi estos moteros tan machos alpha me repelen más que me seducen, y por ello, seguiré en mi búsqueda de alguna serie que discuta el podio a las tres insignias de HBO, hasta hoy, tan indiscutibles como inalcanzables.

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Andrew ZimmermanAndrew Zimmerman
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14 Mayo 2010

J.J. Abrams, que ya era conocido en Hollywood por dos discretas series -Felicity y Alias-, dio un buen día con las gallinas de los huevos de oro haciendo valer ese viejo proverbio de que a la tercera va la vencida. Perdidos, no.. perdon, Lost, sorprendió a propios y extraños con una primera temporada intrigante, con ritmo, pulso y emoción. Es indudable el talento de este productor, su capacidad para crear atmósferas tensas y enigmáticas. Dicho esto, también es innegable su interés por incrementar su cuenta corriente. Porque Lost quedará para la historia como lo que pudo y no quiso ser, una serie redonda que concluyese en una segunda o tercera temporada (me recuerda a la finalmente patética Prison Break). Pero Abrams, astuto él, calibró sus opciones a largo plazo, miró a su alrededor y vió una potente legión de frikis que iban a multiplicar su dinero tantas veces como la sucesión de números que ha hecho famosa. Merchandising, temporadas en dvd, el contrato con la ABC… un pastel demasiado jugoso. Para conseguirlo solo debía estirar el chicle hasta la extenuacion intentando no romperlo.

Abrams, un guionista inteligente, era consciente de que si alargaba la historia el rédito creativo sería insalvable. Sabía (y sabe) perfectamente que la diarrea mental que habían vertido sobre la serie jamás podría tener una conclusión razonable. Su equipo creativo y él no dudaron en abrir numerosos frentes; una sombra maligna, unos malos, los otros malos, una escotilla, el presente, el pasado, el futuro, la realidad alternativa, mi doble, mi hermano perdido…. y misteriosamente (y para esto también hay que tener talento) muchos lostadictos seguían la trama como si no existiese un nudo de mil lazos. Sin embargo, poco preocupa que ni los propios lostadictos, ni los actores ni el mismo equipo de guionistas sepan explicarte la historia. Nada importa si los personajes principales han muerto, resucitado y viajado en el tiempo. Nadie, entre el séquito de elegidos, busca coherencia. Solo su ración de droga y números inconexos.

Entre sus logros Abrams podrá presumir de haber conseguido una masa de irreductibles fanáticos que han colapsado blogs, webs y redes sociales. Que realmente ha logrado obsesionar al personal, estar en boca de todos. Algunos, comparan la serie con las novelas de aventuras que radiaban las emisoras que escuchaban nuestros padres y abuelos, esas a las que estaban semanalmente enganchados. Pero curiosamente, ninguno de esos seriales radiofónicos pasó a la historia. No lo hicieron porque en el fondo eran un culebrón aventurero, perfectamente estructurado para dejar al oyente con la intriga. Algo artificioso al igual que Lost. Emoción adulterada, épica industrial. Un engañabobos prefabricado muy lejos de la excelencia. Una infamia olvidable que algunos deseamos que termine ya, por nuestra salud mental y porque tenemos ganas de ver la cara de poker que se le queda a medio planeta cuando compruebe que la última pieza del puzzle no encaja ni de coña.

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12 Marzo 2010

Hace poco reseñábamos Generation Kill, la serie sobre la Guerra de Iraq realizada por la dupla David Simon y Ed Burns basada en los artículos del periodista de la Rolling Stone Evan Wright. En ella, descubrimos un razonable discurso antibelicista que profundizaba en las motivaciones de los soldados americanos por estar allí presentes y en su indignación final, reflejada en ese memorable epílogo que cerraba la serie en su séptimo episodio.

En The Hurt Locker (En Tierra Hostil), Kathryn Bigelow también hace uso de los relatos de un periodista, Mark Boal, pero ella elude el mensaje ético-político, y relata las andanzas de un grupo de artificieros en la guerra de Irak, preocupada principalmente en contar la historia con tensión e intriga y hacer veraz ese Iraq tramposo y adverso que deben controlar los militares americanos. En este sentido, en lo concreto de su propuesta, la directora californiana da en el clavo y tan sólo muestra indicios morales al denunciar el uso de los niños en la contienda. Por lo demás, nos encontramos ante una solvente cinta de acción contextualizada en el desasosegante y temible laberinto urbano de Bagdad. Y ese es otro de los aciertos de esta película, como gracias a una inquietante recreación de las ciudades iraquíes (edificios derruidos y resquebrajados, aridez, escombros, trampas mortales…) y un indudable talento narrativo, Bigelow involucra al espectador obligándolo a mantenerse alerta en un notable ejercicio de cine de acción. Sin embargo, su estructura formal a modo de pequeños episodios, le resta fuerza al relato, con un resultado final no exento de altibajos.

No será la de Bigelow la película definitiva sobre la Guerra de Iraq, pues sobre este episodio de la historia reciente queda mucha tela que cortar, pero si una digna ganadora del Oscar (mucho mejor que su antecesora, la sobrevaloradísima Slumdog Millionaire) que, sin duda, servirá para reivindicar el talento de su directora, descartando para siempre la absurda teoría de la discriminación positiva. En The Hurt Locker no hay favoritismos, sino trabajo bien hecho.

Enlaces Relacionados:

- The Hurt Locker en V.S.O

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Andrew Zimmerman
8 Marzo 2010

Match Point es una rareza en la filmografía de Woody Allen de la última década. Habituado a rodar sofisticadas comedias de tono amable e intelectual, con esta escapada a Londres, el cineasta newyorquino se marca una intensa historia de pasiones desatadas, absorbente y trágica, que no parece producto de su cabeza, sino más bien una obra firmada por Anthony Minghella o el Hitchcock más cotidiano. En este sentido, Allen se traiciona a sí mismo, huye de sus patrones fílmicos y se decanta por una dirección clásica, suave y elegante en la que los diálogos largos y brillantes marca de la casa brillan por su ausencia. En cambio, estos son certeros, directos, poco rimbombantes. El sorprendente cambio de estilo, lejos de enturbiar el resultado final, mejora con creces lo que Allen nos venía ofreciendo estos últimos años, pues demuestra que aunque domine perfectamente la comedia, es capaz de atrapar al espectador con otro registro y hacerlo preso de una dura intriga sobre la ambición, el amor y el status social. Lo hace moldeando perfectamente a los personajes, siempre verosímiles y convincentes. Jonathan Rhys Meyers borda el frío papel de Chris Wilton, un profesor de tenis que acaba engullido por un mundo de apariencia y dinero, preso de su incontrolable deseo por Nola Rice (la irresistible Scarlett Johansson). El agobiante desarrollo y ese final estilo A Dos Metros Bajo Tierra -con una interesante moraleja incluida- sólo podría estar al alcance de una mente privilegiada, de un autor que maneja con sabiduría e inteligencia los compases del thriller sin admitir fisuras, de una de las grandes personalidades del séptimo arte. Estamos ante la que podemos considerar, de largo y sin temor a equivocarnos, la mejor película de Allen en este último decenio. Una verdadera joya.

Enlaces Relacionados:

Match Point en Descarga Directa

Trailer:

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Andrew ZimmermanAndrew Zimmerman
Andrew Zimmerman
17 Febrero 2010

Hace poco debatiamos en El Club sobre redes p2p y el intercambio de archivos. En los comentarios de dicho post, llegábamos a la conclusión de que apenas comprábamos discos. Y es que, como Eterno Viajero apuntaba, los cds que adquiriamos acababan por coger polvo en la estantería. Su uso en nuestras vidas (y en una gran parte de la juventud actual) hoy día es ínfimo. Hemos cambiado de costumbre y ahora el CD apenas se escucha en casa, para eso disponemos del ordenador portatil o los reproductores de mp3, que conectamos directamente a los altavoces. Cuestión de hábitos. Ahora nos resulta más cómodo hacer lo segundo. Resulta más rápido, funcional y no necesitamos un soporte tangibe. Tampoco dinero, y esta gratuidad en tiempos de crisis, se agradece un rato.

Si nosotros, melómanos y coleccionistas por naturaleza, hemos sucumbido a la comodidad que nos ofrecen las nuevas tecnologías, no quiero ni pensar en aquellas personas para los que la música es algo totalmente secundario.

¿A qué viene todo esto? Pues a la noticia publicada por Promusicae que hace balance de las ventas de cds del pasado año. Durante el 2009, tan solo tres discos, los nuevos trabajos de Joaquín Sabina, Fito & Fitipaldis y Alejandro Sanz, superaron las 100.000 copias. Si comparamos el 2009 con finales de los noventa y/o principios del milenio, los datos hablan por sí solos. En esos años, discos como los debuts de Estopa y Alex Ubago, el “Estrella de Mar” de Amaral, o “El Viaje de Copperpot” de la Oreja de Van Gogh, por ejemplificar, superaban el millón de ejemplares vendidos. En la actualidad es raro el disco que llega a vender 10.000 unidades. Un 90% menos en los discos que ocupan los primeros puestos de la lista de venta. ¿Estamos viviendo la agonía de la industria discográfica?

No. Simplemente hemos cambiado de formato. La anterior noticia puede complementarse con esta otra para ampliar la perspectiva: El 27% de los ingresos actuales de la industria discográfica proceden de formatos, servicios y canales digitales, llámese Spotify, Vodafones, Itunes o como se quiera llamar. Es decir, que gran parte de su facturación procede, no de la compra directa de un cd, sino de los medios digitales. El coste de estas operaciones es más reducido que fabricar un disco. O sea, que las discográficas sacan partido de Internet. Más tarde de lo debido, pero finalmente han tenido que adaptarse a un formato que demandaba el propio consumidor. Evidentemente, la libre circulación de archivos mp3 sigue siendo una tónica general, pero pese a ello, el trozo del pastel es considerable.

Si tenemos en cuenta que el número de conciertos que se realizan en España está creciendo desde hace varios años (y por consiguiente, el número de espectadores) y que las discográficas, con una política más que cuestionable, han decidido cobrar royalties a sus músicos (hablo de memoria, pero creo que se sitúa en torno a un 5 o 10% de la recaudación total de cada concierto), las cuentas de la industria no son tan ruinosas. Eso sí, está obligando a los músicos a ganarse el pan poniéndose el mono de trabajo, saliendo a la carretera y duplicando el número de recitales. Las pequeñas giras del principio de los noventas han dado lugar a macrogiras de año y medio. Sencillamente porque el músico ya no puede sentarse a esperar como crece su cuenta bancaria por la venta de discos. Ahora se ven obligados a tocar y tocar. Para ellos resulta más incómodo pero más gratificante. Así que todo queda en la vocación de cada cual.

Sin embargo, esta medida puesta en marcha por las discográficas con más peso, está provocando una paulatina tendencia a la autoedición y el crecimiento de sellos independientes, aquellos que no cobran al músico por su propio recital. Todavía está en pañales, pero la autoedición es el futuro. Tiempo al tiempo.

Como Enrique Dans decía, la evolución digital no conlleva que se escuche menos música o se vean menos películas, simplemente se trata de un cambio en las vías de consumo y que todo el sistema económico está reorganizándose. Se consume más música que antes, eso no hay ninguna duda, pero años atrás la industria discográfica se lucraba más facilmente con un método directo y eficaz: sacaba discos al mercado y hacía caja. Ahora tiene que investigar nuevas fórmulas de venta, modernización y desarrollo. Tiene que negociar con los músicos, (algunas) reconvertirse a promotoras y conectar con el público joven. El problema es que les pilló el toro porque nunca pensaron que la caída en las ventas de discos fuese tan precipitada. Y claro, deben ponerse al día cuanto antes, pues el que más rápido se adapte a los cambios, mayor tajada conseguirá.

El victimismo de la industria y los músicos se debe en gran parte a que no toleran que sus trabajos circulen libremente por la red. En este sentido, mi reflexión es la siguiente: ¿no han pensando en la cantidad de seguidores que han ganado gracias a la difusión digital de sus obras? Porque el incremento en el número de espectadores que acuden a los conciertos está directamente relacionado, eso me parece evidente. Y ese es un dinero que percibe directamente cada músico.

Por tanto, el intercambio de archivos otorga información al consumidor y abre un mundo de posibilidades. Muchos de los incipientes festivales de hoy en día nacieron en la red. Algunos grupos ascendieron al mainstream gracias a portales como Myspace o Youtube. De esta forma, las redes pueden considerarse el mayor enemigo de la industria o también una poderosa arma de difusión, promoción y desarrollo. Todo depende del cristal con que se mire y lo lejano o cercano que nos alcance la vista.

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