Los hermanos Hernández ya no tienen nada que demostrar. Si Gilbert Hernández, “Beto”, consiguió con Luba y Palomar el éxito de crítica y del sector más underground del público, Jaime Hernández lo hizo con la fenomenal “Locas”. Y desde que esas obras se hicieron grandes con su repercusión en el tiempo y el espacio, lo que viene detrás es seguido con interés en el mundo del cómic. La recreación de un mundo imaginario fronterizo (entre México y EEUU), de personajes que se han relacionado con la labor creativa de García Márquez y el papel de la mujer en la sociedad mirado a través de unos personajes perfectamente construidos, le han valido a los hermanos Hernández una credibilidad eterna, que a la vez, puede convertirse en un peso demasiado alto.
Pereza (yo también creo que debería haberse traducido como “desidia”), que es el cómic que nos ocupa, es la primera inclusión en la novela gráfica de Beto Hernández. Y no se le puede negar valentía, rompe con sus clichés típicos sin perder personalidad. La sociedad que presenta es pudiente y no suburbana, es acomodada y representa un tipo de sociedad que es lo contrario a la que siempre nos había presentado. Antes, a los personajes, no les quedaba más remedio que seguir caminando, que tirar hacia delante, que vivir. Ahora, los personajes sienten el hastío de vivir, llegan a pensar que no vale la pena. Sobre esa desazón y las sinrazones de la existencia, Beto construye una historia llena de símbolos, personajes particulares y pensamientos íntimos bien entrelazados, pero con demasiados flecos y costuras por cubrir.

La historia narra las vivencias de Miguel Serra, que despierta del coma un año después de haberse quedado dormido. Los médicos creen que se trata de un coma autoinducido, llevado a cabo por un protagonista en continuo conflicto con el espacio y el tiempo que le ha tocado vivir. Sólo la aparición de Lita y de su mejor amigo Romeo, parecen estímulos para seguir existiendo. Pero… ¿Y si esos mismos elementos entran en conflicto?
Contando con el uso de algunos elementos simbólicos, que no queda claro qué es exactamente lo que aporta a la historia (el limonar y sobre todo, el hombre Cabra), Beto Hernández nos sumerge en una existencia lenta, como los andares del protagonista, en una sociedad que va demasiado deprisa para sus personajes, aún en trámites para entender su manera de sentir, la adolescencia. Remata la faena con algunos secundarios caricaturizados, que potencian el retrato social del autor. Además, girando tuercas, Beto Hernández da un golpe de timón a la mitad del libro, que obliga a revisar todo lo anteriormente leído. Desde mi punto de vista, deforma el ritmo del relato.

En cuanto al dibujo, poco nuevo se le puede pedir a Beto Hernández, pero al menos que no resienta su plasticidad, su dinamismo, ya que algunas páginas parecen realizadas con excesiva prisa y hay personajes demasiado caricaturizados, que casi parecen extraídos de algún cómic de Ibáñez. Contrarresta con algunas páginas muy bien construidas, sobre todo en cuanto al aspecto onírico se refiere.
Y con todo esto, Beto Hernández, arriesga, contruye y destruye en el mismo relato, y consigue una obra interesante, con momentos muy brillantes pero en general difusa, con demasiados cabos sueltos (está hecho a posta, según el autor) y una serie de efectos y símbolos que no acaban de completar y complementar la historia principal. Se agradece el riesgo, pero está lejos de sus mejores obras.
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Scriers.









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