Bastien Vivès es un aprovechado. Un listo. Un sinvergüenza.

Y no digo esto para insultar al autor, sino para todo lo contrario. Vamos a resumir la historia. Compré “El gusto del cloro” pensando en regalarlo, impulsado por esa inexplicable sensación que te proporciona un cómics cuando lo abres y se mezcla su olor, su dibujo, sus sensaciones en definitiva, y va y te conquista. Me gustó el dibujo, tan claro, tan sencillo, tan para mí. Me gustó la expresividad de algunos rostros, el formato cuidadísimo de Diábolo, en fin… una de esas compras que soporta la intuición.

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¿Pero qué cuenta este “El gusto del cloro”?

Pues nada del otro mundo. Por eso funciona. Porque te habla de un joven que va a la piscina por consejo terapéutico, pues así mejorará de su esclerosis. Y lo que al principio supone una incertidumbre, una obligación forzosa, luego pasa a ser un gran hobbie, un pasatiempo, lo mejor del día. Máxime cuando entra en juego una chica, una nadadora, enigmática, dulce, apasionada… un amor.

Y aquí está la trampa, Bastien Vivès juega con un espacio, la piscina, con una manera de usarlo, con una sucesión de situaciones mundanas… y con su edad. Resulta que el autor tiene 24 años. Que sintió la necesidad de matar, hacer caer, el amor. Pero lo hace desde la ternura, desde el desconcierto, desde un deseo repentino que no tiene que explicarse con palabras pero que existe.

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Situándonos en la piscina, desde los ojos de este chico que aprende el gusto por el cloro, nadie nos tienes que explicar que se enamora, que siente la necesidad de volver a verla cada miércoles, nadie nos tiene que explicar lo imprevisible que resulta, lo justo, lo injusto, lo alegre, lo triste, lo desconcertante. Y creo que todo esto se consigue, en parte, porque Vivès goza de esa ternura que da la juventud, de esa cercanía con el personaje, de esa conexión de primera mano. Y porque tiene la capacidad de hacerlo sin vergüenza, sin miramientos, con inocencia.

Creo que es un albúm para esos lectores que le gusta lo pequeño, lo íntimo, que no necesitan grandes porqués ni historias complejas, que disfrutan de aquellas pequeñas cosas. Para mí, un trabajo que supone una delicia visual (y eso que es sencillo), un alboroto en lo sensorial y en lo sentimental. Al final, terminas cansado, KO por el golpe sufrido por un juego en el que has vivido a tanta velocidad como el protagonista, que termina exahusto, preguntándose el porqué de lo que ha vivido. Uno lo comprende, supongo, cuando tiene más edad. Pero entonces…

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Varias cosas para terminar. El cómic obtuvo el premio esencial revelación en el famosísimo festival de Angouleme, Francia. Por iniciativa personal, dejo adjunta una canción que, creo, le viene como anillo al cómic, Nadadora, de Family.

Y una última, incito a todos los que hayan leído el cómic, a que me digan, qué cree que dice la chica debajo del agua. A ver si llegamos a un acuerdo. Ahí tenéis la opción de los comentarios.

Scriers.

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Engaña el cartel, la presentación, la publicidad, el envoltorio en general. “El Pagafantas”, el primer largo de Borja Cobeaga, es una buena comedia realizada en España. Pero todo lo que le rodea, hace presagiar una película más del previsible, hueco y facilón cine español con el que nos están torturando los últimos años (al que esto le moleste, estoy pensando en películas como “fuga de cerebros”, y de paso invito a citar diez películas buenas españolas en los últimos cinco años, a ver cuantas salen).

Y es que Borja Cobeaga, los chicos de Muchachada Nui (Julián López, Ernesto Sevilla), Gorka Otxoa y una espléndida Sabrina Garciarena se confabulan para ofrecernos una radiografía del nuevo antihéroe social, ingenuo como pocos, pelín friki, dependiente emocional, mentirosillo, patético y finalmente infeliz. Todo ello en base a una historia tan tratada como maltratada, la eterna amistad entre un hombre y una mujer que nunca llega a más, por más que, valga la redundancia, una de las partes se empeñe en lo contrario.

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Pese a que el tema está más que pisoteado (sobre todo por las comedias norteamericanas), el éxito de Borja Cobeaga y de su película reside en dos aspectos fundamentales. El primero, es que, pese a lo absurdo e inverosímil de las situaciones, de alguna extraña manera consigue hacernos partícipes de esa persecución contínua, de los mal que lo pasa el protagonista, y sentimos tanta risa como vergüenza ajena al verlo en acción. Para conseguir esta empatía, el director no duda en emplear términos que usamos y entendemos todos los que rondamos esas edades (“la cobra”, “el abrazo del Koala”, el mismo “pagafantas”), en usar escenarios creíbles y en rodear de elementos reconocibles a una generación que guarda muchos puntos comunes con sus personajes. Existe una generación nueva de jóvenes españoles que son relativamente cultos en cuanto a cine y música (de ahí las referencias a “el resplandor” o a “Bunbury”, por ejemplo), tienen carreras universitarias, les cuesta encontrar un empleo digno, aún viven con los padres o alargan su juventud más de los que ellos mismos quisieran. Gente que no les interesa a lo mejor Gran Hermano, pero tienen la capacidad de reírse de ellos mismos y prefieren “Muchachada nui”, “La hora Chanante” o “Los monólogos de la Paramount”. Para esta generación, los que algunos llaman “la generación de Internet”, esta película parece que se ajusta como anillo al dedo. Y es esa cercanía y algunos tics más adultos, lo que salvan a la cinta de caer en comedias tipo “Algo pasa con Mary” o “American Pie”.

El segundo elemento de éxito, es precisamente ese, el humor. Un humor paródico y excesivamente crudo con el personaje principal, al que someten a un acoso y derribo durante todo el largometraje, tanto, que al final, la mezcla de risa, compasión y esperanza es lo que engancha al espectador a una trama que flojea a los tres cuartos de película, pero cuyos primeros tres cuartos de horas son realmente contundentes. Con unos personajes secundarios correctamente llevados a cabo (el eterno pagainfusiones del tío Jaime, el novio argentino, el amigo abogado… etc), la película, obviamente, es una comedia de situación con algunos detalles exclusivos (los falsos documentales acerca de las costumbres del “pagafantas”) y un toque de moderno costumbrismo.

Un producto original, fresco y muy interesante por la empatía que le sugiere al espectador, al menos, al de mi edad. Insisto, no es tan malo como parece.

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Scriers.

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