Andrew ZimmermanAndrew Zimmerman
Andrew Zimmerman
10 agosto 2010

Tengo prejuicios infundados sobre el cine de animación digital. Soy algo tradicional y me cuesta horrores acostumbrar la vista a personajes que ni son dibujos animados ni son de carne y hueso. Por ello, durante los primeros minutos de las películas de Pixar siempre ando despistado, viendo algo demasiado artificial para mi gusto.

Una vez superado este pequeño obstáculo (cuestión de 15 minutos), tengo que superar otro, el de las gafas tridimensionales. Toy Story 3 era la primera película que veía con este avanzado sistema de proyección, que se supone que aporta sensación de profundidad y de cercanía en la acción del filme. Puede que debido a mi ojo vago, el efecto 3D no tenga mucha repercusión en mi persona, pues apenas distinguí un par de escenas curiosas. Además me oscurecía demasiado los colores, similar a cuando te pones unas gafas de sol en un día nublado. Así que no me ha convencido del todo este sistema, casi que prefiero ver la película a la antigua usanza.

En cuanto a la película cometí el clásico error de leer demasiado sobre ella. Primero ojeé la ficha de Filmaffinity, rebosante de elogios, y me dejé llevar por varias opiniones vía Facebook que originaron en mí la idea preconcebida de asistir a la película del año. Probablemente merezca este calificativo porque las nuevas andanzas de estos simpáticos juguetes son un prodigio creativo, sobrado de originalidad, talento y ritmo. No da tregua al espectador y ofrece un humor apto para todos los públicos. En Pixar son unos auténticos genios a la hora de jugar con los dobles sentidos para hacer reír a los adultos sin levantar sospechas en los niños. Esto lo consiguen como ningún otro estudio. Sospecho que tienen detrás un privilegiado grupo de guionistas. Nadie puede dudar de la capacidad de una compañía de animación un escalón por encima de sus competidoras, capaz de dejar en un segundo plano la animación tradicional, nada menos que en una compañía tan clásica como Disney.

Pero no nos engañemos, Toy Story 3 es un producto destinado al público infanto-juvenil. Los adultos la podemos disfrutar tanto como cualquier niño, pero seguiremos estando ante una historia de juguetes que pretenden perpetuar su utilidad y demostrar por siempre cariño y lealtad a sus dueños. Un producto cándido que no engaña a nadie, estructurado sin disimulo al compás de sus dos predecesoras y del que cabe destacar el tronchante guión elaborado por Michael Arndt (Pequeña Miss Sunshine), repleto de situaciones desternillantes y ocurrentes sólo devaluado por el innecesario momento chicano de Buzz.

La última aventura de estos juguetes emociona (y de que manera, con ese perfecto final), divierte y consigue hacernos sentir como niños, esa impagable y tierna sensación.

Y mientras el campo de la animación digital sigue en alza con Pixar desatada, yo me adapto como puedo a una nueva manera de entender el cine de la que todavía guardo cierto recelo. Cuestión de modernizarse.

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Andrew Zimmerman
21 mayo 2009

big-fish-p

A veces, cuando estoy cansado y quiero echar una cabezadita en el sofá, pongo en el dvd Big Fish. No me entiendan mal, no es una película para dormirte, si no más bien para disfrutarla sin complejos, dejándonos llevar por nuestra faceta más infantil, por nuestra imaginación. Estamos ante una fábula, que utilizo así por su efecto cuento, y porque como ya la he visto mil veces, me relaja esa voz en off que va contando las peripecias de Edward Bloom, un padre con una enfermedad terminal, que se despide de su hijo relatando su vida, aderezando sus andanzas con fantasía y humor. Es el típico cuentabatallas que llega aburrir pero que nunca se cansará de sus propias historias. Se podría decir que presenciamos una batalla entre el mundo adulto y el infantil, o mejor dicho, entre la coherencia y corrección adulta y la fantasía e imaginación infantil. Curiosamente, es el hijo quien reniega de su padre cuentista hasta que descubre que su vida ha sido más normal de lo que solía contar, pero que contada así todo cobra un sentido. Tim Burton, especialista en el género, maquilló su lado gótico para llenarlo de colorido e ingenio y se doctoró como el mejor juglar de Hollywood. Se balanceó entre la realidad y la ficción, y conducido por un tremendo Albert Finney dejó a medio mundo boquiabierto con la maravillosa escena final. Pudo hilar más fino si en vez de Ewan McGregor hubiera optado por un actor con mejores dotes interpretativos, pero se le perdona la elección. Se le perdona porque nos contó el cuento más hermoso de cuantos se han contado durante esta década, porque todos queremos ser ese hijo al final de la película, todos nos rendimos a la genial fantasía del Gran Pez, todos abandonamos este mundo de obligaciones para sumergirnos en un cuento magistralmente narrado. Y ese viaje, si se paran a pensar, no tiene precio.

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