Match Point, el punto perfecto de Allen
Andrew ZimmermanAndrew Zimmerman Andrew Zimmerman

Match Point es una rareza en la filmografía de Woody Allen de la última década. Habituado a rodar sofisticadas comedias de tono amable e intelectual, con esta escapada a Londres, el cineasta newyorquino se marca una intensa historia de pasiones desatadas, absorbente y trágica, que no parece producto de su cabeza, sino más bien una obra firmada por Anthony Minghella o el Hitchcock más cotidiano. En este sentido, Allen se traiciona a sí mismo, huye de sus patrones fílmicos y se decanta por una dirección clásica, suave y elegante en la que los diálogos largos y brillantes marca de la casa brillan por su ausencia. En cambio, estos son certeros, directos, poco rimbombantes. El sorprendente cambio de estilo, lejos de enturbiar el resultado final, mejora con creces lo que Allen nos venía ofreciendo estos últimos años, pues demuestra que aunque domine perfectamente la comedia, es capaz de atrapar al espectador con otro registro y hacerlo preso de una dura intriga sobre la ambición, el amor y el status social. Lo hace moldeando perfectamente a los personajes, siempre verosímiles y convincentes. Jonathan Rhys Meyers borda el frío papel de Chris Wilton, un profesor de tenis que acaba engullido por un mundo de apariencia y dinero, preso de su incontrolable deseo por Nola Rice (la irresistible Scarlett Johansson). El agobiante desarrollo y ese final estilo A Dos Metros Bajo Tierra -con una interesante moraleja incluida- sólo podría estar al alcance de una mente privilegiada, de un autor que maneja con sabiduría e inteligencia los compases del thriller sin admitir fisuras, de una de las grandes personalidades del séptimo arte. Estamos ante la que podemos considerar, de largo y sin temor a equivocarnos, la mejor película de Allen en este último decenio. Una verdadera joya.

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El Soplón. Un chivatazo soporífero
Andrew ZimmermanAndrew Zimmerman Andrew Zimmerman

Si como hemos podido leer Matt Damon tuvo que engordar más de 15 kilos para interpretar el papel de Mark Whitacre, un ejecutivo de una gran empresa agrícola que se convierte en un informador del FBI, su esfuerzo fue en vano en lo que a convicción y caracterización se refiere. El devenir del insulso protagonista de El Soplón aburre al espectador, que acaba sacando la bandera blanca ante el enrevesado y aburrido entramado confeccionado por Steven Soderbergh, realizador que desde Traffic no ha vuelto a deslumbrar pese a que podamos suponerle un talento especial para el séptimo arte.

A este tipo de películas, que constituyen un reconocible género que podríamos denominar como fraud movies, el tono de comedia no le sienta nada bien, sobre todo si sus escenas no son especialmente divertidas. Esa molesta y tontorrona banda sonora y la indolente actitud de sus personajes hacen que el relato parezca inverosimil, pues Whitacre engaña y estafa con un inoportuno tono desenfadado, lejos del agobio y la incertidumbre que sí supieron transmitir títulos como Michael Clayton, Atrápame Si Puedes o Rogue Trader.

En su intento por desmarcarse de la tónica general, Soderbergh ha firmado una película tan extraña como cansina, que patina desde un principio, se hace larga y en la que resulta imposible simpatizar con su protagonista. Comentan que hizo reír al público congregado en el festival de Venecia, pero por más que la reviso, a la penúltima cinta de Soderbegh no le veo la gracia por ningún lado.

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El Laberinto de Cortázar.
ScriersScriers Scriers

Esta es un crítica que he hecho sobre el relato “La continuidad de los parques” de Julio Cortázar. La clave es que está hecho como si acabara de ser editado.


El Laberinto de Cortázar

“El mundo es un laberinto fantasmal del que el ser humano ha de intentar escapar”. Cuando Julio Cortázar pronunció estas palabras seguramente no quería definir “La continuidad de los parques”, pero ha de reconocerse que, desde esta frase, podríamos establecer un paralelismo evidente con su cuento.

Y es que, el último cuento de Julio Cortázar es, pese a manejar temas explícitamente realistas (un clásico triángulo amoroso, la víspera de la libertad entre aquellos que tanto la anhelan o la enajenación vital que provoca un trabajo opresivo), un cuento que huye del laberinto del mundo, o del mundo tal y como lo concebimos normalmente. Esto lo hace invirtiendo la perspectiva, es decir, proponiendo otro laberinto, el ficcional, que consigue embarcar al lector en una travesía dónde lo real y lo fantástico se confunden, se tratan y se expresan.

Partiendo de un narrador situado muy próximo al lector, tanto que parece incluso que le acompañemos en el viaje o que adoptemos incluso el papel protagonista, y con la consabida complicidad que exige un texto que podríamos integrar dentro del realismo mágico (es decir, nos creemos lo narrado por encima de las perturbaciones espacio-temporales), Cortázar bifurca sus esfuerzos narrando dos historias al tiempo, primero, la de un atareado empresario cuya jornada laboral ha expirado y se entusiasma leyendo una novela, y segundo, la de la propia novela que está leyendo y que narra el desesperado encuentro entre dos amantes que planean su libertad.

El mérito del relato se sustenta en los recursos empleados para encauzar ambas realidades hasta un mismo plano temporal y espacial, o lo que es igual, hasta una misma realidad. Es en la distorsión del tiempo y el espacio en sus parámetros normales, dónde Cortázar se encuentra más cómodo, pero lo hace sin despegarse totalmente de la propia realidad, dejando enganches invisibles, pues según él mismo, “sin la realidad, lo fantástico se disuelve y no tiene ningún sentido”.

Y para ello Cortázar no duda en emplear parte de sus arsenal literario más característico: Lenguaje poético (“latía la libertad agazapada”, “la sangre galopa”), localismos, cambios de ritmos, suspense bien entendido (aquí podemos distinguir la sombra de Edgard Allan Poe) y autogeneración del cuento. La prosa desplegada por el autor te atrapa del mismo modo que describe a su protagonista (“con un placer casi perverso”) y lo aleja del Cortázar más primitivo, el que caracterizaba sus obras con un fraseo corto y escueto.

El cuento supone, del mismo modo a todo lo anterior, una apología del ideario del autor en términos literarios, que se desprende a través de la relación de su personaje principal con la novela que está tratando y de la superposición en la ficción de una realidad con otra. Tanto desde su estilo narrativo como desde los hechos que cuenta, el cuento trata también la creación literaria y su repercusión en el lector.

Es éste un texto válido para varios tipos de lectores. Los que se conformen con una lectura explícita, encontrarán la historia de un triángulo amoroso con final sorpresivo. A los que le guste un tratamiento más exhaustivo, encontrarán no solo una historia y el despliegue fantástico de los acontecimientos, sino también un texto plagado de simbolismo literario, recursos propios del autor y del tipo de literatura que éste representa. En resumen, de una manera u otra, el autor ha resumido en poco más de medio folio su propia concepción del cuento y lo ha hecho fiel a su idea original, haciendo escapar al lector del laberinto fantasmal del mundo.

Relato original.

Scriers.

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Federik Freak, sentirnos complices
Andrew ZimmermanAndrew Zimmerman Andrew Zimmerman

Federik Freak es un joven obsesionado con la cultura fandom. Sus mejores amigos son el gordo Froilan, un obeso con el que comparte extravagantes inquietudes, Benjamín el Gotiquito, un siniestro que siempre amenaza con el suicidio, y un gorila verde que sólo él mismo es capaz de ver y escuchar. Sus preocupaciones son un tanto atípicas; desde adivinar el final de Lost por sí mismo y sin spoilers a preguntarse si realmente vivimos en Matrix. Federik Freak es virgen, nunca ha tenido una relación de más de unas horas con una chica. Sus habilidades sociales son inversamente proporcionales a sus conocimientos sobre la Guerra de las Galaxias. Nunca ha trabajado (ni intención que tiene), y pasa casi todo su tiempo encerrado en su cuarto frente al ordenador. Si, Federik Freak es un friki, pero no un friki cualquiera, como él dice hoy se le llama friki a cualquier persona que haga cualquier cosa, sino uno capaz de aprenderse de memoria todos los extras de la saga de Alien en sueco y masturbarse con dibujos animados.

El mundo del entretenimiento, la ciencia ficción y la fantasía siempre ha sido un potente generador de frikis. Con Federik Freak, Ruben Fernández autoparodia este círculo social con gracia, mala baba, ironía y conocimiento. Porque para dibujar esta tira cómica, una de dos, o su autor es un entendido en la materia o debe haber realizado una gran labor de documentación. Y obviamente me inclino por lo primero. Fernández, a pesar de ser politicamente incorrecto, nunca resulta grosero, y es capaz de hacer referencias a “2Girl1Cup” o la muerte de David Carradine con chispa e ingenio. El desfile de personajes populares acerca al personaje a la jocosa actualidad. Por sus viñetas pasan Michael Jackson, el Papa, Bill Gates o Mr T, entre otros, criticando ferozmente aquellos más poderosos. Esa mezcla de irreverencia, humor absurdo y crítica aguda hace de Federik Freak una tira muy apetecible, que conviene leer de un tirón, pues en pequeñas dosis pierde fuelle, sabe a poco.

Cabe destacar ese dibujo sencillo (que no simple), de trazo grueso y enormemente expresivo al que acompaña una paleta de colores muy efectiva. Pero lo que hace especial a esta tira de El Jueves (que acompañó en un pequeño tomo a la revista la semana pasada) no es su dibujo, es su comunión con el lector. Cualquier friki disfrutará con estos macabros y divertidos gags sobre el mundillo con una sonrisa en la boca y con el riesgo de soltar una enorme carcajada. Tenía que existir una tira así, porque el autorretrato de un friki se presta a ello, y joder, porque resulta sano y divertido reirnos de este mundillo, trivializarlo todo y sentirnos felizmente comprendidos.

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- El Blog de Ruben Fernández

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Pozos de Ambición; sanguinolento retrato de la codicia
Andrew ZimmermanAndrew Zimmerman Andrew Zimmerman

Paul Thomas Anderson es uno de esos cineastas modernos que siempre intenta, con mayor o menor fortuna, imprimir un sello distintivo a cada una de sus películas. A sus prometedores comienzos con Sidney o Boggie Nights le sucedió su gran obra maestra, Magnolia, la que tranquilamente puede considerarse la obra coral más interesante de cuantas haya facturado Hollywood. Poco después sorprendía a propios y extraños con la delirante e hipnótica Punch-Drunk Love, que recibió un hostil varapalo por parte de la crítica. Cal y arena en la obra de un director singular, que con su último estreno, Pozos de Ambición, vuelve a demostrar una personalidad única e irreverente a la hora de hacer cine. En esta ocasión deja al espectador perplejo con un durísimo relato sobre la explotación petrolifera en EEUU durante las primeras décadas del siglo XX. Anderson teje una oscura trama sobre la avaricía y la desconfianza humana contextualizándola en los áridos paisajes de Texas, y cediendo lo galones a un exagerado Daniel Day-Lewis, cuya cara de pocos amigos se perpetúa a lo largo de las casi dos horas y media de película. Sobreactuaciones al margen, la ambientación de la cinta recuerda inequívocamente a la de la serie Deadwood, no solo por el hecho de acentuar el realismo sucio, sino también por su recreación del Oeste y la falta de escrúpulos en las escenas de conflicto. Crudeza extrapolable al carácter de Daniel Plainview, un petrolero en busca de fortuna preso de sus ansias de poder, obsesionado por no dejarse pisotear. A través del deterioro de su vida personal, tan emergente como su patrimonio, Anderson indaga en otras muchas cuestiones tales como las relación paternofilial, la corrupción empresarial o el fanatismo religioso. Pero en su intento por facturar una descarnada adaptación de la novela de Upton Sinclair, Anderson se olvida de conmover, se obceca en su protagonista descuidando a los secundarios e individualizando al extremo el relato. Es curioso que un maestro en repartos corales cojee en esta faceta, dejando lo que podía ser una interesante reflexión sobre el choque de aspiraciones vitales en un torpe y sanguinario retrato sobre la codicia.

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