Joaquín Sabina: Vinagre y Rosas. Corazones postizos
Andrew ZimmermanAndrew Zimmerman Andrew Zimmerman

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He manifestado una y mil veces mi repulsa al dúo Varona-De Diego en cuanto a su labor de producción en los discos de Joaquín Sabina.

Rescato palabras que escribí hace unos meses: “Las grabaciones dirigidas por de De Diego y Varona no me entusiasman, me resultan desordenadas, sobreproducidas, carecen de sensación de conjunto y no siguen un patrón claro. Da la sensación, al escuchar sus discos, que Sabina ofrece una decena de colaboraciones para otros albumes. Es algo parecido a leer un libro de relatos. Puedes disfrutar de alguna una canción, pero no de la totalidad del disco“. Pues me reafirmo en lo dicho, punto por punto, y añadiría alguna crítica más, pero no es cuestión de ensañarme con la inseparable pareja de músicos del de Úbeda.

Considerando que en Vinagre y Rosas se han encargado de la producción de la mayoría del disco (salvo eso dos temas que firman los Pereza) mi impresión, en las primeras escuchas, sigue siendo más negativa que positiva. Sigo echando en falta empaque,  originalidad y atrevimiento en el apartado musical. Muchas canciones me parecen una actualización de otras editadas años atrás con ese efecto deja vu tan molesto.

Pero bueno, escuchar un disco con prejuicios es una falta de consideración a la hora de emitir juicios de valor sobre el mismo. Por ello, he estado varios días escuchando interesadamente Vinagre y Rosas, haciendo un esfuerzo por ignorar el asunto de la producción y ser honesto con mis sensaciones.

vinagreyrosas

A día de hoy Vinagre y Rosas lo escucho con agrado y nostalgia a partes iguales. Lo primero que llama mi atención es la coautoría del mismo en la gran mayoría de canciones. El escritor Benjamín Prado, que firma junto a Sabina gran parte de los temas, no ha perdido la ocasión para contar como compusieron Vinagre y Rosas en su libro Romper una canción, escrito tras el fructuoso viaje a Praga de ambos.

Decía Sabina que con la vida de pareja tan calmada y feliz que actualmente lleva le era difícil componer canciones de desamor. Por ello se alojó en un hotel de la capital checa durante ocho días en compañía de su colega poeta con el único objetivo de facturar canciones.

Desde hace años, Sabina cambió sus malas compañías por la amistad y la complicidad de algunos modernos poetas hispanos; Benjamín Prado, Luis García Montero, Almudena Grandes o el malogrado Ángel González, al que dedican una entrañable rumbita.

El cambio de compañeros de fiesta nos trajo a un Sabina más reflexivo y sosegado que ahora cuida y mima cada verso como buen artesano, buscando la sonoridad de los sonetos y, por causa-efecto, desinvolucrándose del apartado musical, que delega constantemente en De Diego y Varona.

Yo personalmente echo de menos aquellos tiempos en que Sabina se codeaba con el gremio rockero, con rodríguez y cantautores afines. Fue durante gran parte de la década de los ochenta y los noventa. Era un Sabina mucho más cercano a su esterotipo de poeta canalla, crápula, irreverente y osado que ofrecía frases para el recuerdo en cualquier cruce con los medios de comunicación.Sus canciones eran más sencillas que las de ahora pero más cercanas al populacho. El 19 Días y 500 noches fue su cúspide creativa. Comenzó a cantar sin maquillar su voz rota y traicionó a sus habituales productores. Eligió como escudero a Alejo Stivel, reconvertido al mejor productor musical de aquel momento en materia de radiofórmula. La asociación, pese a parecer de antemano algo discutible, triunfó en todos los sentidos. Encandiló a crítica y público.

Desde entonces Sabina publicó un emocionante disco en directo (Nos Sobran Los Motivos), sufrió el “Marichalazo”, a duras penas superó el trance, publicó otro disco-collage con parches de aquí y allá (Dímelo En La Calle), editó un refrito del collage (Diario De Un Peatón) y plasmó su particular “nube negra” (Alivio De Luto). Musicalmente hablamos de una década olvidable salpicada por ciertas canciones (Peces De Ciudad por ejemplo)  que si hubieran recibido otro tratamiento y/o pertenecido a discos más elaborados serían himnos irrefutables del cancionero de Sabina.

Superado ya el bache y adentrado en los sesenta, del Joaquín Sabina calavera apenas queda rastro. Ahora es un señor dedicado a cultivar las palabras. Lleva una vida medianamente estable que le permite disfrutar más del día a día que de la noche a noche. Él mismo ha reconocido su peculiar metamorfosis.

Como consecuencia de ello, sus textos abogan más por la belleza formal que por la sentimental. Antes calaban más hondo. Arañaban el corazón del oyente porque los versos salían desde el conducto de las emociones propias. En Vinagre y Rosas esto no sucede porque Sabina escribe con corazonadas postizas. El mano a mano con Benjamín Prado tiene grandes e inspiradas composiciones que no acaban de encajar en el flaco de Úbeda. De hecho, las canciones más certeras acaban siendo las más autobiográficas (“Viudita de Cliqcout”, “Ay Carmela”). También las que tienen la producción de Pereza. Es decir, que por un lado acercarse a Pereza le ha sentado muy bien a sus canciones y por otro, escribir sobre la separación de Benjamín Prado de su pareja resulta un poco incómodo para el oyente. A mi me gusta escuchar las canciones de un Sabina que siente y padece en cada estrofa sin necesitar emociones prestadas.

pereza sabina

Pero sigamos apostando por Vinagre y Rosas porque el esfuerzo merece la pena y el disco tiene momentos para el recuerdo. Por ejemplo el single, Tiramisú de Limón, un medio tiempo a base de reproches que se pega en nuestra cabeza como si un chicle al zapato se tratara y que nos muestra a un Sabina enérgico que valiéndose de la frescura de Pereza, firma un tema redondo. O Viudita de Clicot, un baúl de los recuerdos en clave de resumen con indudable genialidad en cada verso. O Vinagre y Rosas, en la que Sabina se marca una emocionante lenta con su nueva corista. Sin olvidar el gamberro Parte Metereológico al que solo le sobra ese ridículo estribillo. El resto de canciones, al igual que el título del disco, ofrece vinagre y rosas, pero no se vislumbra ninguna obra maestra.

Es decir, que Vinagre y Rosas no es mal disco, es simplemente un paso más de un Sabina que está mutando de músico-poeta a poeta a secas. Él mismo asegura que la actual será posiblemente su última gira en grandes pabellones, su última gira rockera. Con sesenta que importa la talla de los recintos, debe pensar. Ya demostró cuanto puede conseguir a finales de los noventa cuando llenaba estadios a uno y otro lado del charco.

Con la gloria saciada, el retiro es tan gradual como la sensación de que lo mejor de Sabina pasó. Tiempos mejores en los que al extraordinario jiennense no le hacía falta acudir a terceros para escribir canciones. Tiempos en los que de sus vivencias nacía un universo infinito de emociones capaces de enmudecer al más fiero de sus detractores.

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El Abogado del Diablo: Jose Luís Perales, aquel hombre que me explicaba cosas.
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Pasamos de un asunto escabroso, a otro. Vamos a intentar defender un autor… que no goza de la simpatía de los jóvenes y entendidos en el mundo de la música. Ni falta que le hace.

Empecemos por el principio. Esta reseña quizás no la haga yo, quizás la escriba unas manos que se pasan por las mías, la de aquel niño de la infancia, o el otro yo que gusta de las cosas sencillas, puras, hechas con la única intención de ser y no de demostrar nada. Cuando era pequeño, mi padre me martirizó con mucha música que no era de mi gusto. Él era una persona musicalmente entregada al pueblo, apostaba por la música popular, adaptada según qué temporada del año. Carnavales en febrero, Sevillanas en Feria, Villancicos es navidad… en el fondo es una de esas personas que preservan las buenas costumbres… aunque eso cree algún que otro trauma musical a sus hijos.

El problema se presentaba en esos domingos musicales dónde no existía consigna respecto a la época del año. Vamos, un 20 de abril, por ejemplo. Entonces, tiraba de archivo. Fijaros el panorama, mi favorito se llamaba Jose Luís Perales.

De este autor, posiblemente uno de los cantautores en España, o compositores, que más refleja el prototipo de cantautor de la época del franquismo. Pese a que pide Libertad (“Un velero llamado Libertad”), este se refugia en un estilo dulzón, entregado al amor y a historias cotidianas. La mayoría, rozando lo vergonzante. Muchas de las letras, escritas desde la pura ingenuidad o desde la simpleza más absoluta . Como si el destinatario precisara de historias sencillas, de mensajes claros, como si sobraran las metáforas complejas. Si habla de soñar, es “volar”, si habla de poetas, son trovadores, y… poco más.

Tampoco es destacable el acompañamiento musical, que es eso, un acompañamiento. Suelen ser melodías fáciles y pegadizas, nada de aportar riqueza, sencillamente, no estorbaban. A nivel instrumental, a veces se introducen trompetas o piano. Pero Jose Luís Perales basaba su éxito en su voz y sus historias.

Y quizás ahí radique el secreto. Que cuando me levantaba por la mañana, y estaba pensando en ir a jugar al fútbol o hacerlo con los muñecos, este señor me hablaba de cosas tan complejas como el amor, la libertad, o le cantaba una canción a una tierra, América. ¿Qué necesidad tenía nadie de hacer esas cosas? De alguna manera, ese mensaje tan directo, esas melodías chiclosas, se me pegaban. Y lo que es peor, el mensaje, me calaba.

Luego, por alguna maldición de un gurú desconocido, muchas de sus canciones se cruzaban en mi vida, daba igual que hiciera por esquivarlas. “Canción de Navidad”, fue cantada en un campamento en el concurso de Villancicos. “Dime” le gustaba a un amigo de la infancia, Jesús Higuero. “Un velero llamado libertad”, era la favorita de mi familia. O la que más escuché, desde luego.

En defensa de su persona, diré que Jose Luis Perales me parece una buena persona. Es un tipo solidario, dona los derechos de una canción de cada disco a la organización Aldeas infantiles. Se pregunta porqué el mundo no puede ser mejor, porqué la gente no se quiere más, porqué no existe la paz y lo refrenda en el mensaje de sus canciones (que luego puede, o no, calar en su oyente). Asegura que sin Manuela, su mujer de toda la vida, “estaría perdido”, y aunque eso no es nada nuevo, me enternece.

Así, aunque su música no sea precisamente mi favorita, realizaré un top cinco de mis temas favoritos, lo más conocidos, dejando este post, para que todos aquellos lectores hablen de esa música que asocian a momentos de su infancia, aunque no sepan explicar muy bien porqué les gusta.

Un velero llamado libertad. Una canto a la libertad (como Blowin in the wind), para esas sensaciones de libertad que te recorren cuando vas por la calle, o cuando vas… navegando. De hecho, del navegar, Perales forma metáforas sobre las idas y venidas de la vida, las olas que te hablan, la voz del océano que habla, ojos azules… como el mar. Es simple sí. La letra es verdaderamente sonrojante, pero bueno, creo que es su gran himno y una de mis favoritas.

América. O cómo reflejar a través de una canción, un continente entero. Con marcadas influencias latinas, timbales, flautas, etc, Perales reconstruye la historia y el espíritu del nuevo continente. Todo bajo una ritmo casi tropical, usando elementos de la naturaleza. La letra, por supuesto, absolutamente apropiada, llena de consonancias, habla de inmigración, de campesinos, de injusticias… ¡Y de nuevo Libertad! La han versionado muchos otros cantantes, entre ellos, algunos tan admirables como… Raphael.

Canción de Navidad. Los temas estrellas de Perales, se reflejan incluso en sus temas más específicos. En esta canción de Navidad, habla de la navidad desde un navegante, un caminante y un soldado. Habla de aquellos sitios dónde puede parecer difícil que llegue la navidad, y el sentido propio de estas fiestas. Dejarlo todo, es hora de estar en familia, no a la guerra y no a los hospitales. La Navidad te espera, toda la tierra se alegra, haz de tu barca un altar.

Y cómo es él. Tema absolutamente desolador. Dónde un hombre pide a una mujer que le confiese su amor por otro hombre. Que le hable de él. Qué le diga cómo consigue hacerla feliz. Una historia dolorosísima, a nadie le gusta que le hablen de otro amor, pero este narrador resulta un auténtico masoquista. Lo mejor es que, aunque pueda parecer un desamor entre una pareja y la aparición de otra persona, se dice en los foros que realmente está escrita desde el punto de vista de un padre con respecto al novio de una hija.
Especialmente emotivo, para mí, es cuando dice: “Pregúntale porque ha robado un trozo de mi vida, es un ladrón que me ha robado todo”.

Y dejo para el final, el que para mí es el mejor tema de Perales: Dime. Es un canto contra la agresividad del hombre, contra esas cosas inexplicables que hace el ser humano y que afecta a su planeta y a sí mismo. Un alegato de la justicia, un rechazo extremo hacia la injusticia por parte de un hombre envuelto en una crisis de fe, un hombre que le pide a Dios explicaciones y que no encuentra en sí mismo porqués. Sería, por así decirlo, la versión en castellano de “Losing my religion”.
La canción termina con unos coros de niños, bellísimos, que deja al “the Wall” de Pink Floyd en pañales, nunca se usó también la ingenuidad de unos niños, su pureza para contrastarla con una reflexión adulta. Esa dualidad imprime al tema una hondura extrema, una canción que deberían sonar en la conciencia de todo ser humano cada cierto tiempo. Enorme.

Scriers.

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BSO Watchmen. Los vigilantes tienen buen gusto.
Andrew ZimmermanAndrew Zimmerman Andrew Zimmerman

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Tremenda la Banda Sonora de la película Watchmen. Una cuidadosa selección de canciones muy adecuadas para la temática del comic de Moore, que ya utilizó citas de músicos como Dylan en sus páginas. Los textos conectan con la atmósfera oscura y decadente de finales de los ochenta de esa ucronía en la que está ambientada Watchmen. Desolación, temor, pesimismo, desesperanza, y la sensación de que el mundo está cambiando. Eso plasmó Moore en sus páginas y eso han buscado, con buen gusto, en la Banda Sonora del film.

Se abre el disco con una versión de la canción Desolation Row a cargo del grupo My Chemical Romance, único tema grabado exclusivamente para esta Banda Sonora. La revisión del clásico de Dylan respira gran energía, con un estilo cercano al punk rock.

Le siguen una serie de clásicos incuestionables. La balada Unforgettable de Nat King Cole, una canción que data del año 1951 y que recuerda inevitablemente al sonido de los vinilos de la época. Sospecho que su inclusión tendrá que ver con algún pasaje de la película porque es una canción de amor, añeja y clásica, lejana de la esencia del comic. Muy en consonacia, por cierto, con You Are My Thrill, de Billie Holiday, otro de los cortes del disco.

Bob Dylan (The Times They Are A-Changin) y Simon & Garfunkel (The Sound Of Silence) son dos canciones imprescindibles que plasman perfectamente lo que vemos en las páginas de Watchmen. Solo hay que revisar la letra de ambas. Hola oscuridad/ mi vieja amiga / he venido a hablar contigo otra vez en la del dúo newyorkino, o el orden se está desvaneciendo rápidamente en la de Dylan.

Janis Joplin, Leonard Cohen, Jimy Hendrix, Nina Simone… la lista de grandes personalidades de la música norteamericana es interminable. Los temas ofrecidos excelentes, maravillosos, hay poco que decir sobre ellos porque se ha escrito todo ya. En todo caso, no se le puede negar un criterio exquisito a los responsables de la Banda Sonora de Watchmen. Un disco que termina con The Beginning Is The End el tema de Smashing Pumpkins que sirvió para acompañar al impactante trailer de la película.

Una excelente recopilación de canciones muy respetuosa con la esencia de la obra, y que merece la pena ser escuchada con detenimiento. Esperemos que la película siga en esta línea.

Tracklist

1. My Chemical Romance – Desolation Row
2. Nat King Cole – Unforgettable
3. Bob Dylan – The Times They Are A-Changin’
4. Simon & Garfunkel – The Sound Of Silence
5. Janis Joplin – Me & Bobby McGee
6. KC & The Sunshine Band – I’m Your Boogie Man
7. Billie Holiday – You’re My Thrill
8. Philip Glass – Pruit Igoe & Prophecies
9. Leonard Cohen – Hallelujah
10. Jimi Hendrix – All Along The Watchtower
11. Budapest Symphony Orchestra – Ride of the Valkyries
12. Nina Simone – Pirate Jenny
13. The Smashing Pumpkins – The Beginning Is The End Is The Beginning (Bonus Track)

ACTUALIZACIÓN

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