J.J. Abrams, que ya era conocido en Hollywood por dos discretas series -Felicity y Alias-, dio un buen día con las gallinas de los huevos de oro haciendo valer ese viejo proverbio de que a la tercera va la vencida. Perdidos, no.. perdon, Lost, sorprendió a propios y extraños con una primera temporada intrigante, con ritmo, pulso y emoción. Es indudable el talento de este productor, su capacidad para crear atmósferas tensas y enigmáticas. Dicho esto, también es innegable su interés por incrementar su cuenta corriente. Porque Lost quedará para la historia como lo que pudo y no quiso ser, una serie redonda que concluyese en una segunda o tercera temporada (me recuerda a la finalmente patética Prison Break). Pero Abrams, astuto él, calibró sus opciones a largo plazo, miró a su alrededor y vió una potente legión de frikis que iban a multiplicar su dinero tantas veces como la sucesión de números que ha hecho famosa. Merchandising, temporadas en dvd, el contrato con la ABC… un pastel demasiado jugoso. Para conseguirlo solo debía estirar el chicle hasta la extenuacion intentando no romperlo.

Abrams, un guionista inteligente, era consciente de que si alargaba la historia el rédito creativo sería insalvable. Sabía (y sabe) perfectamente que la diarrea mental que habían vertido sobre la serie jamás podría tener una conclusión razonable. Su equipo creativo y él no dudaron en abrir numerosos frentes; una sombra maligna, unos malos, los otros malos, una escotilla, el presente, el pasado, el futuro, la realidad alternativa, mi doble, mi hermano perdido…. y misteriosamente (y para esto también hay que tener talento) muchos lostadictos seguían la trama como si no existiese un nudo de mil lazos. Sin embargo, poco preocupa que ni los propios lostadictos, ni los actores ni el mismo equipo de guionistas sepan explicarte la historia. Nada importa si los personajes principales han muerto, resucitado y viajado en el tiempo. Nadie, entre el séquito de elegidos, busca coherencia. Solo su ración de droga y números inconexos.
Entre sus logros Abrams podrá presumir de haber conseguido una masa de irreductibles fanáticos que han colapsado blogs, webs y redes sociales. Que realmente ha logrado obsesionar al personal, estar en boca de todos. Algunos, comparan la serie con las novelas de aventuras que radiaban las emisoras que escuchaban nuestros padres y abuelos, esas a las que estaban semanalmente enganchados. Pero curiosamente, ninguno de esos seriales radiofónicos pasó a la historia. No lo hicieron porque en el fondo eran un culebrón aventurero, perfectamente estructurado para dejar al oyente con la intriga. Algo artificioso al igual que Lost. Emoción adulterada, épica industrial. Un engañabobos prefabricado muy lejos de la excelencia. Una infamia olvidable que algunos deseamos que termine ya, por nuestra salud mental y porque tenemos ganas de ver la cara de poker que se le queda a medio planeta cuando compruebe que la última pieza del puzzle no encaja ni de coña.






No se si alguien me entenderá, pero de un tiempo a esta parte, y en determinados círculos literarios o comiqueros, el hecho de leer un comic de superhéroes parece dar cierto pudor. En España siempre fue un poco así, no es el nuestro un país comiquero pero en EEUU o Francia no. Cuenta la leyenda que en los metros norteamericanos es relativamente sencillo ver algún ejecutivo vestido de chaqueta sacarse un Flash o un Spiderman del maletín y leerlo sin arrugar el entrecejo. Y es que, la gente de a pie, ve a un Superman y se imagina a un tipo superpoderoso volando de una punta a otra de la ciudad repartiendo leña a todo el que se encuentra. Y vale, en los noventa era así, pero desde hace tiempo no. Superhéroes no es un sinónimo de disputas y violencia. Hay mucho más, inmensas tramas que pueden abarcar cualquier tipo de temática. Hay muchos tebeos de superhéroes reseñables que son tan decentes o más que una buena novela, llámese Watchmen, Dark Night o Invencible por citar algunos. El caso es que, en un mercado de comics donde lo que más abunda es el producto pijamero, no salen muchos títulos especialmente reseñables, si no más bien..olvidables. La mediocridad se instala cuando el mercado actua sistematizado, abusando de contratos pequeños a dibujantes y guionistas -algunos por seis únicos meses-, y ofreciéndoles poco tiempo para el trabajo y exigentes plazos de entrega.
Comentarios