Pozos de Ambición; sanguinolento retrato de la codicia
Paul Thomas Anderson es uno de esos cineastas modernos que siempre intenta, con mayor o menor fortuna, imprimir un sello distintivo a cada una de sus películas. A sus prometedores comienzos con Sidney o Boggie Nights le sucedió su gran obra maestra, Magnolia, la que tranquilamente puede considerarse la obra coral más interesante de cuantas haya facturado Hollywood. Poco después sorprendía a propios y extraños con la delirante e hipnótica Punch-Drunk Love, que recibió un hostil varapalo por parte de la crítica. Cal y arena en la obra de un director singular, que con su último estreno, Pozos de Ambición, vuelve a demostrar una personalidad única e irreverente a la hora de hacer cine. En esta ocasión deja al espectador perplejo con un durísimo relato sobre la explotación petrolifera en EEUU durante las primeras décadas del siglo XX. Anderson teje una oscura trama sobre la avaricía y la desconfianza humana contextualizándola en los áridos paisajes de Texas, y cediendo lo galones a un exagerado Daniel Day-Lewis, cuya cara de pocos amigos se perpetúa a lo largo de las casi dos horas y media de película. Sobreactuaciones al margen, la ambientación de la cinta recuerda inequívocamente a la de la serie Deadwood, no solo por el hecho de acentuar el realismo sucio, sino también por su recreación del Oeste y la falta de escrúpulos en las escenas de conflicto. Crudeza extrapolable al carácter de Daniel Plainview, un petrolero en busca de fortuna preso de sus ansias de poder, obsesionado por no dejarse pisotear. A través del deterioro de su vida personal, tan emergente como su patrimonio, Anderson indaga en otras muchas cuestiones tales como las relación paternofilial, la corrupción empresarial o el fanatismo religioso. Pero en su intento por facturar una descarnada adaptación de la novela de Upton Sinclair, Anderson se olvida de conmover, se obceca en su protagonista descuidando a los secundarios e individualizando al extremo el relato. Es curioso que un maestro en repartos corales cojee en esta faceta, dejando lo que podía ser una interesante reflexión sobre el choque de aspiraciones vitales en un torpe y sanguinario retrato sobre la codicia.
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