Pequeñas Cosas. Brown y la reiteración artística.

Cuando estoy rodeado de amigos siempre cuento el mismo chiste, uno que considero mi chiste estrella, mi favorito (el de Jesucristo en la cruz por si alguno lo dudaba).
La primera vez que lo conté fue el despolle generalizado, todo el mundo se partió de risa y salí triunfante de aquella noche. En una segunda ocasión hubo bastantes risas, había parte del público que era nuevo y quedó sorprendido ante mi disparatada interpretación y a esos que ya lo habían escuchado seguía haciéndole gracia la forma de contarlo. La tercera vez que lo conté ya apenas se escucharon carcajadas, alguna tímida de quien nunca escuchó mi chiste pero poca cosa, incluso alguno los presentes dijo que me repetía en mis gracietas. La cuarta vez nadie esbozó una sonrisa.
Puede que ese sea el problema de Jeffrey Brown, que la sutil e inocente manera que empleaba para contar sus propias experiencias me emocionaba mucho al principio con Inverosimil, me resultaba simpática en Torpe, pero con Pequeñas Cosas, Unas Memorias Fragmentadas comienza ya a cansarme.
Basicamente son los mismos ingredientes que ya utilizara en sus anteriores obras (sencillez, expresividad, inocencia, cotidianeidad..) pero esta vez deja de centrarse en una de sus novias para ir tejiendo retales de la vida de un Jeffrey Brown mayor, más maduro y equilibrado y mucho menos ingenuo. Cambia un poco el trazo usado por el autor, en esta ocasión el dibujo aparece más claro y definido sin que por ello el estilo deje de ser inequívoco y personal.
Pese al buenhacer de sus formas, es evidente que la carrera de Brown necesita un nuevo impulso que sorprenda a su público. Sus historias autobiográficas dejaron de saber a novedad y perdieron su bonito factor sorpresa. Quizás le haga falta dejar de hacer referencia a él mismo y pasarse una temporada al terreno de la ficción narrativa. Parece que ha sido consciente de ello y anda embarcado en proyectos de otro índole que le pueden suponer un interesante lavado de cara.
Brown se encuentra ante la eterna paradoja de renovarse o aburrir.
Andrew Zimmerman


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