Llevo una relación discontínua con los cómics por culpa de los libros. Así, solo cuando regreso a Jerez, me paso por El Último Hogar y me compro algunos cómics, siempre en formato único y autoconclusivo. El último, una recomendación de su propietario y amigo, “Namor, en las profundidades”, levantaba todas mis sospechas (en sentido negativo). Desde el guonista, Peter Milligan, a ese dibujante que parece una mala copia de Alex Ross, Esad Ribic, me sonaban a mala inversión. Tenía frescas algunas malas experiencias. El cómic tenía pinta de encargo y me enfrenté a él casi por obligación, por no hacerle el feo a mi buen amigo.

Pero una vez más, mis prejuicios fueron erróneos. “Namor, en las profundidades” es un cómic de género, inmiscuido en el camino que va del suspense al terror psicológico, con una estructura sólida y que se asienta en la antagonía ciencia-fe, fe-ciencia. Ese es el tema, ¿creer o no creer? El plot, que es muy sencillo y mil veces ha sido empleado hasta la fecha (quizás, este sea su punto más deficiente), habla de una expedición submarina que acude a la llamada de socorro de un submarino anteriormente perdido en las profundidades. Para liderar esta expedición, los responsables gubernamentales contratan al aventurero Randolph Stein, un experto en demostrar que la inexistencias de mitos y la peligrosidad de la mente humana como creadores de monstruos. Científico hasta la muerte, Randolph tendrá que enfrentarse con su tripulación, marinos de toda la vida que creen en la leyenda de Namor, el príncipe de Atlantis.

Pese a que suena a refrito y recuerda a Esfera, Alien o incluso Horizonte final, lo cierto es que el cómic me ha hecho pasar un buen rato gracias a una de las virtudes que siempre les valoro a determinadas obras: La paciencia. Este cómic se toma todo el tiempo del mundo para construir una tensión, una intriga, un conflicto y una solución. Y así, ves como este submarino va, poco a poco, metiéndose en la boca del lobo y enfrentando dos amenazas igual de terroríficas: La que tiene que ver con la influencia de las bajas profundidades en el ser humano (la presión del oxígeno, los miedos y ánimos alterados) y la propia amenaza de Namor, el gran protecto de Atlantis, que no dudará en hacer lo que sea para salvaguardar su pueblo.

Otro acierto del cómic: A Namor apenas se le ve, casi ni aparece. Pero sin embargo, está siempre presente. Cede el protagonismo pero sin perderlo del todo. Eso es un recurso enorme para generar tensión. Y lo consigue, uno llega a temer por esa expedición y hasta se pone nervioso. También destacaría la reflexión moral de fondo que trata el cómic, el cómo algunas ideas están tan interiorizadas que no las cambian ni las circunstancias, protegiéndose de cualquier manera. Es simple sí, pero es que el cómic saca partido a todas sus piezas encajándolas con coherencia y buen hacer. Hasta el dibujo me apasiona al final del mismo.

He leído muchas críticas hacia este cómic, algunas feroces. No creo que se trate de innovar ni que este cómic lo pretenda, tampoco es un ejercicio para recuperar a Namor de su ostracismo. Este cómic no está para eso, persigue otras cosas, tiene más de relato que de cómic de superhéroes. Y por lo que pretende y se aventura es por lo que tiene que responder, no por una cosa que no es ni quiere llegar a hacer. Y en ese sentido, el cómic responde óptimamente y funciona, y además, me hace entender nuevamente que de prejuicios no puede vivir el hombre. Un acierto.

Scriers.

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ScriersScriers
Scriers
26 julio 2010

Estoy lleno de goce. Soy un tipo feliz. Esta semana he visto cinco película de Woody Allen, uno de los directores de cine más personales y aclamados de la historia. Sinceramente, habiendo visto Match Point y La rosa púrpura del Cairo, no podía declararme conocedor de su cine. Ahora, cinco películas después, puedo decir que voy descubriendo una particular manera de entender la vida, el cine y la sociedad, y que además, estoy de enhorabuena porque me quedan muchísimas películas suyas por ver.

¿Cuales han sido las elegidas? Pues por orden de visionado, que no cronológico: “Desmontando a Harry” (1997), “Manhattan” (1979), “Hannah y sus hermanas” (1986), “Nubes y niebla” (1991) y “Sueños de un seductor” (1972), que realmente dirigió Herbert Ross. Creo que representan bien y a grooso modo, el cine de Allen. Hablo aventuradamente, pues engloban algunas de las más conocidas y otros proyectos que sirvieron de homenaje hacia géneros preexistentes.

Woody amigo¿Qué tiene de especial el cine de Allen? Para mí, el discurso de Allen trata sobre el ser humano moderno, hombres y mujeres de la sociedad occidental que viven según las normas y contradicciones que les ha tocado vivir. En una sociedad de cambio el individuo resulta contraproducente. Pero este discurso se ha visto beneficiado porque la persona que lo plasma es un personaje muy peculiar. Neurótico, hipocondríaco, maniático, analítico, existencialista, de educación judía, entusiasta de la cultura, la música y sobre todo, de las mujeres.

Así, puedo entender que para mucha gente Allen sea un charlatán intelectualoide, pero creo que se quedan con la caricatura y no con el fondo de su obra. Una vez te acostumbras a él, ya solo puedes echarle de menos. Para despojarse de esa visión que se puede tener de él, solo hay que ver “Manhattan”, una de sus películas más aclamadas. En ella construye una crítica salvaje de la clase alta norteamericana, su alta cultura y sus falsas poses y apariencias. Y lo hace apoyándose en una de las características más patentes de su cine: La importancia del espacio. Cada película exprime la ciudad o el universo donde sucede la acción.

En “Nubes y niebla”, por ejemplo, aprovecha la frialdad y oscuridad de los callejones para retratar a una sociedad histérica, falsa e hipócrita, donde se construyen planes y perversiones en el silencio de la noche. Una sociedad que no es capaz de ponerse de acuerdo para afrontar el mal común. De paso hace un homenaje a las películas de terror alemanas de la primera mitad de siglo XX.

Otra de las características de su cine tiene que ver con los diálogos, capaces de introducir la reflexión más profunda en el momento más intrascendente. Y eso le lleva muchas veces a Allen al terreno del enredo y lo tragicómico, como en “Hannah y sus hermanas”. Pero no es un director exclusivo de diálogos, los monólogos los maneja con naturalidad y de manera liviana, no suena trascendente gracias a sus gotas de ironía y su corrosivo humor.

En “Desmontando a Harry” gran parte de la acción transcurre en la mente de su protagonista o es consecuencia directa de sus pensamientos. Normal, por otra parte, tratándose de un escritor. Y es que la biografía de Allen está plagada de creadores. Escritores, guionistas, productores, directores de cine, pintores, artistas de circo… toda una declaración de intenciones. El uso y abuso de estos personajes y su modo de vida constituye de igual forma una crítica que un homenaje (como el homenaje a Casablanca que es “Sueños de un seductor”). Allen no puede vivir sin el arte, pero tiene la capacidad suficiente para criticar su búsqueda.

En fin, mi aventura de verano con el cine de Allen amenaza con más episodios, con hacerme descubrir nuevas peliculas que me hagan entender un poco mejor este mundo y los seres que lo habitan. Bravo Woody, ya tienes un fan más.

Scriers.

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Andrew ZimmermanAndrew Zimmerman
Andrew Zimmerman
24 julio 2010

El miedo más común entre los escritores seguramente sea el del síndrome del folio en blanco. No hay nada más frustrante para ellos que verse día tras día falto de ideas, escribiendo y borrando palabras, esperando que la inspiración aparezca como dijo Picasso que había más posibilidades de que ocurriera, trabajando. En su afán por deleitar a la audiencia con ideas originales, los escritores han acabado por mostrar una y otra vez lo tortuoso del proceso creativo. Se peca de un perdonable ombligismo. No es casual que existan tantos autores que aborden la creatividad, al fin y al cabo es lo que mejor pueden explicar, el combate entre un autor y la falta de ideas, la parálisis creativa.

Woody Allen no es precisamente un autor ofuscado, sino todo lo contrario. El newyorkino siempre ha sido prolífico, fructífero y polifacético, si bien es cierto que se siente más cómodo si en sus guiones, de tintes cotidianos, aparece un creador (normalmente interpretado por él) ya sea en forma de escritor, director o cómico.

En Desmontando a Harry, Allen presenta una radiografía del tipo de escritor que acude a su propia experiencia vital para configurar sus historias, la llamada literatura autobiográfica, aunque aliñada con elementos ficticios. Nos deconstruye a un personaje, Harry, distanciado de sus seres cercanos por haberlos utilizado en sus libros como personajes de sus páginas. Es uno de los recursos básicos de los escritores, basarse en situaciones reales y/o en personajes de carne y hueso. Ocurre que Harry acaba por confundir realidad con ficción, mezclando situaciones, recuerdos y episodios de la vida real con otros de su obra escrita.

Desconozco si esto puede llegar a suceder, me imagino que Allen lo exagera, pero no deja de ser un interesante conflicto para la conciencia del escritor. También acude al surrealismo (el hombre desenfocado) y la autoparodia para dibujar una dualidad realidad-fantasía que años más tarde utilizaron títulos como Big Fish o La Ciencia Del Sueño con notable éxito. Un exigente experimento que obliga al espectador a seguir con atención un relato algo anárquico y desestructurado e interpretar las intenciones del director.

Desde un enfoque diferente, pero relacionada con la temática del escritor frustrado, visioné Barton Fink, en la que no me voy a detener mucho, pues existe un extenso artículo en la Wikipedia y algún otro meritorio análisis en la red de imprescindible lectura. Es la cuarta película de los hermanos Coen, una cinta de culto que fracasó en taquilla pero salió vencedora en Cannes y que analiza el bloqueo creativo de un escritor desde una óptica turbia, angustiosa y simbólica.

En esta especie de El Resplandor coeniano nos muestran el agobiante sinvivir de un guionista de cine que acaba confundiéndose entre realidad y ficción, un hipnótico juego lleno de imágenes que hace dudar al espectador del mensaje que pretenden trasmitir. Los Coen atacan con su habitual ironía el mundo de Hollywood, caricaturizando los personajes secundarios sin disimulo y criticando la alta burguesía artística en contraposición con una clase media oscura y barriobajera que se aloja en el decadente Hotel Earle. El principal reclamo de Barton Fink resulta por tanto, detenerse en su entramado alegórico y debatir sobre el significado de ese extraño final y de los numerosos detalles de la película, algunos tan sutiles que pasan inadvertidos.

Dos modos diferentes de abordar el bloqueo creativo, uno, desde la óptica divertida y ocurrente de Woody Allen y otro, desde el prisma angustioso y sombrío de los hermanos Coen. El folio en blanco también aterra a los genios.

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Andrew ZimmermanAndrew Zimmerman
Andrew Zimmerman
19 julio 2010

Llevo meses buscando una serie a la que engancharme. Mi objetivo es revivir las sensaciones que me produjeron títulos emblemáticos como Los Soprano, The Wire o A Dos Metros Bajo Tierra, citando así mis tres series preferidas. Esa necesidad de ver otro capítulo nada más terminar uno de ellos, la tensa espera entre uno y otro o el hecho de visualizar la intro sonriendo, sabedor del gustoso momento que me espera.

Hoy, ninguna serie despierta en mi tales sensaciones. La que más se acerca a ello podría ser la nueva serie de David Simon, Treme, que aborda la reconstrucción de Nueva Orleans después del paso del huracán Katrina en clave musical. Soul, blues, country, rockabilly… una delicia para los oídos con un excelente reparto coral, pero en el fondo, una serie a la que le falta pellizco, emoción, que se pierde conscientemente en la cotidianeidad de la desgraciada ciudad norteamericana.

Descartada Treme, más preocupada por el continente que por el contenido, mi esperanza recaía en Breaking Bad (de la que ya hablamos en su día por El Club). Sin embargo, no conecto con la ajetreada vida de Walter White ni con esa ambientación tejanolatina tan angustiosa. Me hallo en el ecuador de la segunda temporada y todavía contemplo desganado episodio tras episodio. Aguantaré porque mi buen amigo Fresús asegura que la espera merece la pena, que la traca final es de aupa y la tercera temporada antológica. Me fío de su criterio.

Mi último intento ha sido visionar Hijos De La Anarquía, que viene respaldada por excelentes críticas y una comparativa común, erigirse como la nueva Los Soprano. Muchos mencionaron incluso a Shakespeare por su carácter poético y dramático. Sólo me han hecho falta dos episodios para estar convencido que la serie de Kurt Sutter (antes enrolado en la osada The Shield como guionista) difícilmente llegará al nivel de la portentosa serie de la HBO.

Hijos De La Anarquía podría definirse como un Melrose Place a lo motero, un coctel con los mejores ingredientes de un culebrón al uso; sexo, pasiones, secretismo, enredos y una palpable violencia gratuita. A su favor, un reparto interesante con actores de mucho recorrido y una imagen, una iconografía, muy lograda . En su contra: la sensación asistir a un desarrollo de la acción encajado con calzador, el maniqueismo latente, el discutible gamberrismo de los Hijos De La Anarquía, la irrisoria hombría de los protagonistas, el hecho de poder adelantarte a los acontecimientos con pasmosa facilidad…

¿Es aventurado sentenciar la serie habiendo visto tan sólo sus dos primeros episodios? Sin duda alguna. Pero comprendedme, dado el poco tiempo del que dispongo para ver películas y series, no me conviene perderlo con un producto que se agarra a la violencia y a la extrema visceralidad como ejes fundamentales de su desarrollo. A mi estos moteros tan machos alpha me repelen más que me seducen, y por ello, seguiré en mi búsqueda de alguna serie que discuta el podio a las tres insignias de HBO, hasta hoy, tan indiscutibles como inalcanzables.

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ScriersScriers
Scriers
16 julio 2010

Con Rafa Caballero nos une su música. Sí, es verdad que Jerez es muy chico y Rafa muy grande y si no fuera por H nos hubiera unido B y al final nos hubiéramos conocido, no me cabe duda. Pero hoy somos amigos (estamos orgullosos de decirlo) y diría que mucho antes, seguidores de su música. Sinceramente, no recuerdo cuando escuché por primera vez los temas de Rafa, si fueron siendo ya Hoja de Ruta y todo vino por Dani Cardiel (magnífico guitarrista y mejor persona), si fue mediante Licor 69 y la conexión canal #Calamaro o si se trató de un concierto fortuito, no se. Puede que en el fondo fuera una mezcla de todas esas cosas y nada de eso, sí, puede, porque la música de Rafa Caballero es como si ya existiera dentro de otras músicas y al final no le hubiera quedado más remedio que descubrirse. Hablo de Calamaro, de Sinatra, de Dylan, de los Stones, de Fito y Platero y todo eso, y de otras músicas de género; digo que le debe al tango como el tango le debe al desamor y que le debe a las rancheras como las rancheras le deben al tequila, y que le debe al medio tiempo, y a las baladas, y al country y a algo parecido al rock&billy y a muchas cosas más. Rafa le debe a la música tanto como la música le debe a Rafa, todo y la vez nada.

El caso es que nos hemos autoabanderado como portavoces de lo que consideramos un trabajo único, una música que merece difusión, reconocimiento y longevidad, una música que ha crecido con nosotros hasta abrazar su mayoría de edad. Hoy, la música de Hoja de Ruta puede presumir de su primer y largo trabajo discográfico, Hoy estoy para seguir. Obviamente, lo consideramos una magnífica noticia, pero el hecho de que este trabajo exista no tiene que ver solamente con los ahora componentes de la banda (Jose, Rafa, Ruri, David y Diego), ingenieros y músicos que soportan el mayor de los méritos, sino que implica a muchos otros, los Moi Cabrera y Dani Cardiel, los Juan Franco y tantos otros que contribuyeron esencialmente a la causa.

Pero no son tiempos de retrospectivas sino tiempo de analizar y desgranar el nuevo trabajo y en eso estamos. No esperen objetividad, aunque prometemos intentarlo. ¿Por dónde empezar? Pues resaltando el carácter ambicioso del disco, catorce temas del repertorio habitual de la banda. Se han quedado atrás temas que merecían un hueco en el pasado y pertenecían a otra estación (ahora me acuerdo de “De un hotel” o “A solas”, por ejemplo, de la grabación con Figueroa y cómo fue todo aquello, y sinceramente, creo que ha envejecido muy bien).

La primera impresión cuando tienes el disco en tus manos es magnífica. Un hermoso Digipack  que ha diseñado Ángel Cardiel con mucha clase (chapeau querido amigo). Luego lo introduces en el equipo y la primera sensación es de extrañeza; por la producción que deja en un primerísimo plano la voz de Rafa, muy limpia, y el carácter ecléctico del disco, variadísimo, pero también porque el disco empieza valiente con lo que en los conciertos era una “bossa” al uso y ahora se halla convertida en una canción dinámica y arriesgada con un toque muy latinoamericano, “Hoy estoy para seguir”.  Es una declaración de intenciones y a la vez un enorme título para el disco. Aviso para navegantes: Esto es Rafa Caballero, sí, pero también Hoja de Ruta, y como son más y muy buenos, pueden jugar más y mejor con las canciones. Y al que tenga los oídos malacostumbrados por otros temas grabados, pues que se agarre. Por cierto, el polifacético Juanito Franco aparece tocando la guitarra bossa.

La segunda confirma estas sospechas, “Retratos”, que la conocíamos en clave intimista, es un rock clásico que a algunos les recuerda a Dire Straits y a otros a Platero y Tú, pero que en el fondo tiene personalidad propia. Podemos considerarla como la presentación rock de la banda dentro del disco y lo hace con un tremendo impacto, homogénea y talentosamente. La letra es algo abstracta, conversacional y antagónica donde la palabra clave es el título de la canción, retratos.

“Que el tiempo pase” es una ranchera al uso, existencialista, trascendente y melancólica (como deben ser las rancheras), igual alegre que triste. El tema está grabado con mucho jaleo y coros de fondo, lo que les une nuevamente a las américas. Para un servidor, la noto partida en dos y es la canción que menos me funciona del disco.

Y sin tiempo para el respiro, viene otro de los temas nuevos del disco “Yo siempre quise”, un tema de interesante composición, porque parece un mosaico de anhelos y envidias sanas y al final con dos frases se lo lleva al terreno del desamor, que es lo que le da redondez. Uno de los temas que mejor funciona en los conciertos, divertidísimo y que ha quedado directo y festivo en el estudio.

“Desgraciado” era una canción que conocía solo a guitarra rasgada y que ha quedado limpita y saneada que da gusto al estudio. Para mi entender, ha mejorado mucho. El saxo ocupa en este tema un papel diferencial, y la verdad es que David Pardo, de pardo tiene poco, se sale.

“Como antes” es el tema que más conocíamos y que menos ha cambiado. Permítanme el chiste, ha quedado “como antes”. Un rock efusivo, nocturno y muy canalla. Lo cierto es que es una canción que al que no conozca a Hoja de Ruta le va a seducir de inmediato, tiene una conjunción estupenda guitarra-bajo, una melodía de saxo brutal y es aquel tema que todo roquero debería tener si se quiere considerar como tal. Y es que, cabría destacar, ahora que estamos en ello, la evolución de José Escamilla al bajo, que desde que cogió Licor 69 no ha parado de ascender en cuanto a recursos. ¿Cuál será su techo?

“Fuera de lugar” son palabras mayores. No es que tenga bajones el disco, es que muchas de las canciones responden a un estilo musical y están digamos… “contextualizadas”. Son rancheras, rock clásico, bossas, medios tiempos… de indiscutible calidad por cierto, pero hay algunas que marcan y definen qué es Hoja de Ruta con mayor ímpetu. Y me da que “Fuera de lugar” es una de ellas. El tema comienza con una música casi western y con una frase antológica “Del Taj Mahal a Venecia, sin pasar por tu casa, sin llamar a tu puerta”. Luego se entrega a una intensidad in crecento y acaba con un Rafa desbocado en uno de los mayores riesgos vocales del disco. El punteo interestrofas es enorme y la letra es “made in Rafa”, la voz desesperanzada de un chico triste que se siente más fuera que dentro, en conflicto con un mundo que ensucia sus botas y que le deja malvivir con alguien al margen.

Y ahí está estratégicamente situada un tema cortísimo, “Sevilla, Barcelona, Madrid”, un respiro que resta trascendencia al conjunto y aporta ligereza. Los discos también tienen un plan para el oyente.

“Tocando el techo” es uno de mis medios tiempos favoritos de Rafa. Primero porque siempre me han gustado las canciones a armónica, pero también porque es una canción medio susurrada, entregada a imágenes, como un mosaico de recuerdos. Para mí es realismo mágico aplicado al cancionero y en clave de amor (seguro que Rafa siempre pensó que definirían así la canción). Por cierto, para esta versión, le han aplicado violín, clarinete y guitarra española. Casi ná.

“Al pasar de largo” es un rock malote, con un riff agresivo y de frases contundentes, algunas muy memorables “al pasar de largo a veces me encuentro que no encuentro nada por pasar de largo”. Incluso Rafa adapta el juego vocal para la ocasión y se pone máscara de demonio. Aquí encontramos uno de esos momentos en los que bajo y guitarra funcionan casi siameses.

“¿Para qué?” es un clásico hojaruteño, que nos hemos hartado de escuchar, vale, pero que en el disco mantiene todas sus virtudes. Para quién no lo sepa, es un tema que juega con la idea de un suicida imposible, que siempre encuentra motivos para no matarse cuando está a punto de hacerlo. En el fondo, no es más que un canto a la vida y al rock and roll. La guitarra aquí, se exhibe.

En “De carne y hueso: entre Tirso y la Latina” el grupo se la juega y sale airoso. A ver, De carne y hueso es una de las mejores letras de Rafa. Es de tal hondura y tan en primerísima persona que es casi imposible que quién lo escucha no se sienta herido, “al final será verdad que soy de carne y hueso”. Tiene aspecto de bolero, pero no lo es, es un medio tiempo doloroso. Cuando acaba, enlazan con una creación latina, muy cubana y salsera donde se olvida el victimismo primigenio para entregarse a la nostalgia de la noche. El jaleo del final redondea un tema que podría haberse incluido fácilmente en “El cantante”.

“No molestar” es otro “rockabilly” con un ligero tono country clásico de la banda, uno de los terrenos donde la banda más armoniza el conjunto. Parece escrita en un día de borrachera.

“Sin sombrero” es el inmenso broche final de este proyecto musical que se llama “Hoy estoy para seguir”. Para mí, la mejor creación de Rafa y Hoja de Ruta, un medio tiempo precioso, que consigue que comprendas todo sin decírtelo todo, una letra que juega con conceptos supremos (la suerte, la victoria, la derrota, la locura) y lo intercala con trivialidades como tirar dados, arañas, cartas… y que en el fondo habla de amor y el amor es así, supremo y trivial. O puede que no hable de eso, pero sinceramente, me da igual, así es como yo la entiendo.

Y así hemos llegado al final, quién lo diría. Hoja de Ruta tiene su primer disco en la calle y sus seguidores somos un poco más felices. No, miento, mucho más felices. Lo mejor es que esto es solo la primera etapa, que todavía queda lo más importante. Yo ya no imagino camino reversible. Poco a poco irán escalando, y lo que no consigan por su esfuerzo y trabajo, que es mucho, lo conseguirán por su música. A nosotros solo nos queda agradecer su trabajo, seguir insuflando adrenalina y aplaudir. Animar como animan esos seguidores a los ciclistas cuando al comienzo de la ascensión, miran arriba y solo les ocupa un pensamiento: la certeza de que tarde o temprano llegarán a la cumbre.

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

PD: Si quieres hacerte con el disco, aquí.

Scriers.

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