No es país para viejos, un Western a lo Cohen
Empezar a hablar de No es país para viejos de los hermanos Cohen, “ese monstruo de dos cabezas” al que Bardem hace referencia en las entrevistas, es algo tan excitante como complejo: No sabe uno por dónde empezar.
Lo más cómodo es aludir a la sinopsis de la historia: Llewelyn Moss (interpretado por un magnífico Josh Brolin) es un don nadie con agallas, un tipo capaz de subirse a las barbas de la mismísima muerte y ponerla en apuros, y quizás por eso, al comienzo de la cinta, cuando encuentra un puñado de cadáveres en medio de un descampado perdido en algún rincón de Texas, en la frontera entre E.E.U.U y México, rastrea el porqué del tiroteo precedente hasta dar con un alijo de marihuana y dos millones de dólares. Desde el momento en el que se hace con el maletín, empieza una huida que requerirá sus mejores dotes de estratega y de escapista. No es fácil escaparse de la muerte. En el ajo, además, tenemos a Javier Bardem y Tommy Lee Jones, que hacen sendos papeles espectaculares.
Bardem se despacha a gusto recreando con grandísimo acierto a la muerte personificada en Anton Chigurg, un terrorífico asesino lleno de tics, con una peculiar manera de andar y de sentir, sujeto a normas morales que navegan a parte de la humanidad, dónde juega un papel importante el azar o el puro capricho. Impresionante también su metódica forma de matar a sus víctimas. El papel del español, para el que anduvo ensayando el acento durante cinco horas diarias durante muchos meses, es de lo mejor que le he visto en su época moderna.
Tommy Lee Jones no se queda a la zaga, para algunos incluso lo superará. En esta cinta recrea a un sheriff al borde de la jubilación que, aunque mantiene sus mejores cualidades, y ese instinto “resuelvecrímenes”, se ve desbordado por unas circunstancias que lo superan, por una mafia mucho más organizada y letal, que aparece y desaparecen como fantasmas. En este sentido hace alusión al persona de Anton Chigurg en un momento de la película.
Con ambos personajes tenemos debate en la mesa. Con Bardem podríamos hablar del verdadero sentido de la violencia, de los motivos que nos llevan a iniciar una senda casi autodestructiva, del poder del azar en la muerte, de que el mal, a veces, no atiende a razones ni a porqués, si no simplemente existe. Con el Sheriff Bell podríamos hablar del pesimismo, de esa corriente de filosofía negativa que azota a los U.S.A y que tan bien han sabido recoger los Cohen, de la aceptación de los límites de uno mismo y de una realidad más acorde con nuestras actuales cualidades. Y esto, por no hablar de la mafia y de cuando la corriente maligna se hace reversible y se vuelve en tu contra (aquí entra el personaje de Woody Harrelson), de las contínuas (y algunas indescifrables) metáforas, del elenco de secundarios que demuestran personalidad en tan solo dos o tres escenas… etc.
Con respecto a la realización, los Cohen aciertan con la ausencia de música, que le da un toque áspero a la cinta, una ambientación exquisita que enclavan con rigor en un terreno cercano al Western con algunas pinceladas de Road Movie. Pese a que el ritmo es lento (sospecho que será su principal crítica), durante las dos horas se acompaña cómodamente a la película, que juega en diversos frentes resultando al final compacta y embriagadora. Por poner alguna pega, eliminaría algunas escenas con el fin de restarle metraje o la introducción de algunos personajes casi sobrantes (el jefe mafioso del despacho, el amigo inválido del Sheriff… etc.).
En resumen, No es país para viejos me ha parecido un ejercicio de buen cine, que bajo una historia bastante manida desarrolla un universo asfixiante y embriagador dónde el mal campa a sus anchas causando estragos en casi todos los personajes. Quizás, el mejor termómetro de la calidad de esta película se refleja al salir de la sala, cuando miré a mis acompañantes y exclamé: “¡Esto es buen cine!”
Scriers



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