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Inverosímil, los desalientos del desamor

Redactado y publicado por el Viernes, 4 mayo 20073 comentarios

La peor de todas las enfermedades es sufrir un desengaño amoroso. Ni las más dolorosas y letales infecciones que haya tratado el Dr. Gregory House podrían hacer frente al dolor que produce el rechazo de la persona que quieres o amas. Una angustia generalizada invade todo tu cuerpo, descubriendo una similar sensación a la que te producen las nauseas. Intentas comer algo para aliviar ese vacío estomacal pero apenas puedes tragar y digerir la mitad del plato que te sirven, somatizas la herida sentimental hasta hacerla plenamente física.

Apenas sientes motivación por nada de lo que fluye a tú alrededor y tu autoestima cotiza los mínimos históricos registrados, una pequeña brisa puede llegar a tumbarte y hacerte rodar a ras de suelo, cualquier comentario puede herirte y te muestras a la defensiva, siempre alerta, esperando como combatir el próximo azote del destino.

Buscas explicación a todos tus interrogantes y no encuentras ni hallarás ninguna respuesta. Todo se va consumiendo como el último cigarrillo de un paquete de tabaco. La decadencia se hace presente y te es imposible pararla, dos no pueden arreglar nada si uno no quiere.

Cuesta comprender que llegue el final de algo por lo que has luchado tanto y que ves derrumbarse en pocos minutos, cayendo sobre ti todo tipo de recuerdos que se clavan hondo, como puñales bien afilados deseando acuchillar a su próxima víctima. Cuesta asumir también, que un buen día, para aquella persona con la que compartes tu vida y con la que has vivido momentos increibles, eres un auténtico don nadie. De repente, sin una explicación muy razonable, estás fuera del tablero, fuera del juego, sin tener siquiera capacidad ni posibilidad de respuesta. Da igual los esfuerzos que realices para que la situación mejore y así encontrar una solución, porque todo saldrá de mal en peor, cuanto más ímpetu tengas en que el asunto se aclare más se enrarecerá, la Ley de Murphy estará encantada de darse un paseo por tu vida, incluso instalarse por un tiempo en tus quehaceres. Así que ese día todos los planes con los que soñaste se diluyen con la misma facilidad que los creaste, como azucarillo en la leche, casi mofándose de tu constante e inocente ingenuidad.

Con el doble de fuerza con la que llegó la ilusión, aparece un buen día una borrasca casi imperecedera de decepción y amargura que te persigue allá donde vayas. Cambias perspectivas, modos de ver la vida y te muestras desconfiado pero a la vez sensible, como los labios de un recien nacido. Intentas sobrellevarlo sonriendo falsamente a modo de payaso triste, crees que mirando siempre hacia delante lograrás dejar todo atrás y olvidarlo pero vas topando una y otra vez con los recuerdos y con esas preguntas sin respuesta.

Es como esa gran bola que llevaban los presos antiguamente pero a modo de losa. Quieres correr y huir,  pero no puedes, la llevas arrastrando contigo a todas horas, a todos los lugares. Te fatiga pillar por caminos que antes eran sencillos de atravesar, las veredas mas llanas pueden resultar agotadoras. Sales a trabajos forzados de situaciones incómodas o exhasperantes. Pero gracias a tanto recorrido poco a poco tus piernas se hacen cada vez más fuertes, tus músculos se acostumbran a la pesada carga y lo que queda del cuerpo va haciendo el resto. La losa va sufriendo el desgaste propio de los kilómetros recorridos y la erosión va comiéndose parte de su totalidad hasta que acaba por convertirse en arena, desapareciendo prácticamente.

Una mañana, te sientas en el banco de un parque a fumar tranquilamente mientras escuchas música en tu mp3. Una niña pequeña que juega por el parque lanza una pequeña y blanda pelota a tus pies. Devuelves la misma con una pequeña patada y ella responde sacándote la lengua con mueca de enfado. Sonríes, y te das cuenta de que es tu primera sonrisa sin forzar en mucho tiempo. Coges aire y vuelves a sonreír.

Andrew Zimmerman