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La perdida… de dinero.

Redactado y publicado por el Jueves, 23 noviembre 20062 comentarios

Pues heme aquí que mi gusto por el costumbrismo y por las obras de marcado carácter realista me ha jugado una mala pasada. Andaba yo envuelto en una amigdalitis aguda, con una entrevista de trabajo y a punto de ser despedido del actual (cosa que ha sucedido apenas veinticuatro horas después). ¿Solución al agobio? Comprar cómics.

Así, le regalé a Andrew Zimmerman una de las obras más famosas de Hideshi Hino, “Panorama infernal“, que prolongaría nuestra inmersión en este autor con una vena cinéfila que se advierte página por página. Y claro, la lectura ha sido positiva, dice, pero la sensación a refrito, y más después de haber leído previamente “El Hombre Cadáver“, no ha dejado de ser latente, me da a mí la impresión.

El caso es que para un servidor, que últimamente me ha dado por elegir en función de criterios puramente instintivos y personales, y no a través de reseñas leídas a priori, cómo he practicado no hace mucho tiempo, elegí “La perdida” de Jessica Abel. Se trata de una historia que narra la búsqueda de sí misma de Carla, una norteamericana con raíces mexicanas, que decide trasladarse a vivir en México atraída por la cultura mexicana y por todo lo que le rodea, Frida Kahlo inclusive. A través de un ex-novio consigue un buen punto de partida para ir desarrollando su propio mundo, que le va llevando por caminos inesperados, no exentos de peligros.

Bien, una vez realizada la sinopsis, podemos decir que la obra es capaz de aburrir y desesperar al más paciente de los lectores. Con una narración confusa, cargada y a veces, demasiado ramplona (fijarse en el nulo registro expresivo de algunas caras, lo cargado de escenas cotidianas, o incluso lo ridículo de algunas anotaciones aclaratorias), hay paisajes y ambientes que no están bien definidos o que se confunden tratándose del mismo lugar, eso obliga al lector, a hacer un esfuerzo desmedido por adentrarse en un mundo, que cómo es mi caso, nos pilla tan lejano. Y eso no es todo, en el primer episodio de la obra, las frases entre paréntesis son las que se hablan en castellano, pues los protagonistas hablan en inglés, y después justo lo contrario, pues nuestra protagonista cambia de juntas y aprende castellano. Pero es que entre medio, nos encontramos de lleno inmersos en la particular forma de hablar mexicana, y eso, con la sola ayuda de un glosario final que hace que pares una y otra vez la lectura, hace el ejercicio agotador y hasta molesto, pues terminas cansado de tanto vaivén.

Y luego está, como no, la obra. La obra confunde el costumbrismo con el aburrimiento más supino, y en ella tan sólo podemos seguir los pasos de Carla por intentar llegar a sus raíces olvidando la bipolaridad de las mismas, es decir, quiere hacerse mexicana a toda costa, olvidando que una buena parte de ella es norteamericana. Y chica, tanto afán por “convertirse” al mexicanismo hace que hasta el lector te coja manía, que sí, que los norteamericanos tienen sus cosas malas, pero no es para tanto, digo yo.

Después nos encontramos personajes a desarrollar, o que simplemente quedan caricaturizados, exentos de una explicación formal de sus intenciones. Por ejemplo, porqué Memo, el insurrecto pseudointelectual, se adentra dentro de esas malas compañías, ¿Que le mueve?, Ah! Y ya puestos, ¿Dónde se esconde su atracción? ¿Porqué Oscar parece un niño de doce años? ¿Porqué los malos malosos son simplemente eso, malos malosos? Y bueno, supongo que podemos disfrutar de las profundidades del México que nos muestra la protagonista, con esa peligrosidad latente, pobreza en ocasiones enmascarada, una pluriculturalidad que provoca confusión, desengaños, ambiciones… etc.

Y sobre todo con las diversas formas de entender el choque de trenes que supone tener el primer mundo a la vuelta de la esquina (esa ambición de algunos personajes), con la resignación del desapego cultural que eso puede provocar. Pero ojo, que todas estas reflexiones son abordables de otra manera, y para eso no me aburres con unos personajes ridículos (nunca jamás entenderé a esa protagonista), una trama previsible a dos mil leguas de distancia y una narración gráfica de pena (y eso que el dibujo me recuerda a Blankets cosa mala).

Que sí, que ole las apuestas valientes y viva los dos millones de artículos que vienen en la red alabando la calidad de las 288 páginas de tostón que me he tragado de Jessica Abel (hasta le han dedicado un artículo en el times), pero yo otro trago más así no quiero pasar. Y no porque me deprima la lectura, que como todo, si no te gusta no te gusta y vas directo a otra cosa mariposa, sino por el dolor que me supone haberme dejado los jurdeles en esta obra. Lo dicho, la perdida… de dinero.

Scriers