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Joaquín Sabina: Vinagre y Rosas. Corazones postizos

Redactado y publicado por el Martes, 24 noviembre 200940 comentarios

portadavyr

He manifestado una y mil veces mi repulsa al dúo Varona-De Diego en cuanto a su labor de producción en los discos de Joaquín Sabina.

Rescato palabras que escribí hace unos meses: “Las grabaciones dirigidas por de De Diego y Varona no me entusiasman, me resultan desordenadas, sobreproducidas, carecen de sensación de conjunto y no siguen un patrón claro. Da la sensación, al escuchar sus discos, que Sabina ofrece una decena de colaboraciones para otros albumes. Es algo parecido a leer un libro de relatos. Puedes disfrutar de alguna una canción, pero no de la totalidad del disco“. Pues me reafirmo en lo dicho, punto por punto, y añadiría alguna crítica más, pero no es cuestión de ensañarme con la inseparable pareja de músicos del de Úbeda.

Considerando que en Vinagre y Rosas se han encargado de la producción de la mayoría del disco (salvo eso dos temas que firman los Pereza) mi impresión, en las primeras escuchas, sigue siendo más negativa que positiva. Sigo echando en falta empaque,  originalidad y atrevimiento en el apartado musical. Muchas canciones me parecen una actualización de otras editadas años atrás con ese efecto deja vu tan molesto.

Pero bueno, escuchar un disco con prejuicios es una falta de consideración a la hora de emitir juicios de valor sobre el mismo. Por ello, he estado varios días escuchando interesadamente Vinagre y Rosas, haciendo un esfuerzo por ignorar el asunto de la producción y ser honesto con mis sensaciones.

vinagreyrosas

A día de hoy Vinagre y Rosas lo escucho con agrado y nostalgia a partes iguales. Lo primero que llama mi atención es la coautoría del mismo en la gran mayoría de canciones. El escritor Benjamín Prado, que firma junto a Sabina gran parte de los temas, no ha perdido la ocasión para contar como compusieron Vinagre y Rosas en su libro Romper una canción, escrito tras el fructuoso viaje a Praga de ambos.

Decía Sabina que con la vida de pareja tan calmada y feliz que actualmente lleva le era difícil componer canciones de desamor. Por ello se alojó en un hotel de la capital checa durante ocho días en compañía de su colega poeta con el único objetivo de facturar canciones.

Desde hace años, Sabina cambió sus malas compañías por la amistad y la complicidad de algunos modernos poetas hispanos; Benjamín Prado, Luis García Montero, Almudena Grandes o el malogrado Ángel González, al que dedican una entrañable rumbita.

El cambio de compañeros de fiesta nos trajo a un Sabina más reflexivo y sosegado que ahora cuida y mima cada verso como buen artesano, buscando la sonoridad de los sonetos y, por causa-efecto, desinvolucrándose del apartado musical, que delega constantemente en De Diego y Varona.

Yo personalmente echo de menos aquellos tiempos en que Sabina se codeaba con el gremio rockero, con rodríguez y cantautores afines. Fue durante gran parte de la década de los ochenta y los noventa. Era un Sabina mucho más cercano a su esterotipo de poeta canalla, crápula, irreverente y osado que ofrecía frases para el recuerdo en cualquier cruce con los medios de comunicación.Sus canciones eran más sencillas que las de ahora pero más cercanas al populacho. El 19 Días y 500 noches fue su cúspide creativa. Comenzó a cantar sin maquillar su voz rota y traicionó a sus habituales productores. Eligió como escudero a Alejo Stivel, reconvertido al mejor productor musical de aquel momento en materia de radiofórmula. La asociación, pese a parecer de antemano algo discutible, triunfó en todos los sentidos. Encandiló a crítica y público.

Desde entonces Sabina publicó un emocionante disco en directo (Nos Sobran Los Motivos), sufrió el “Marichalazo”, a duras penas superó el trance, publicó otro disco-collage con parches de aquí y allá (Dímelo En La Calle), editó un refrito del collage (Diario De Un Peatón) y plasmó su particular “nube negra” (Alivio De Luto). Musicalmente hablamos de una década olvidable salpicada por ciertas canciones (Peces De Ciudad por ejemplo)  que si hubieran recibido otro tratamiento y/o pertenecido a discos más elaborados serían himnos irrefutables del cancionero de Sabina.

Superado ya el bache y adentrado en los sesenta, del Joaquín Sabina calavera apenas queda rastro. Ahora es un señor dedicado a cultivar las palabras. Lleva una vida medianamente estable que le permite disfrutar más del día a día que de la noche a noche. Él mismo ha reconocido su peculiar metamorfosis.

Como consecuencia de ello, sus textos abogan más por la belleza formal que por la sentimental. Antes calaban más hondo. Arañaban el corazón del oyente porque los versos salían desde el conducto de las emociones propias. En Vinagre y Rosas esto no sucede porque Sabina escribe con corazonadas postizas. El mano a mano con Benjamín Prado tiene grandes e inspiradas composiciones que no acaban de encajar en el flaco de Úbeda. De hecho, las canciones más certeras acaban siendo las más autobiográficas (“Viudita de Cliqcout”, “Ay Carmela”). También las que tienen la producción de Pereza. Es decir, que por un lado acercarse a Pereza le ha sentado muy bien a sus canciones y por otro, escribir sobre la separación de Benjamín Prado de su pareja resulta un poco incómodo para el oyente. A mi me gusta escuchar las canciones de un Sabina que siente y padece en cada estrofa sin necesitar emociones prestadas.

pereza sabina

Pero sigamos apostando por Vinagre y Rosas porque el esfuerzo merece la pena y el disco tiene momentos para el recuerdo. Por ejemplo el single, Tiramisú de Limón, un medio tiempo a base de reproches que se pega en nuestra cabeza como si un chicle al zapato se tratara y que nos muestra a un Sabina enérgico que valiéndose de la frescura de Pereza, firma un tema redondo. O Viudita de Clicot, un baúl de los recuerdos en clave de resumen con indudable genialidad en cada verso. O Vinagre y Rosas, en la que Sabina se marca una emocionante lenta con su nueva corista. Sin olvidar el gamberro Parte Metereológico al que solo le sobra ese ridículo estribillo. El resto de canciones, al igual que el título del disco, ofrece vinagre y rosas, pero no se vislumbra ninguna obra maestra.

Es decir, que Vinagre y Rosas no es mal disco, es simplemente un paso más de un Sabina que está mutando de músico-poeta a poeta a secas. Él mismo asegura que la actual será posiblemente su última gira en grandes pabellones, su última gira rockera. Con sesenta que importa la talla de los recintos, debe pensar. Ya demostró cuanto puede conseguir a finales de los noventa cuando llenaba estadios a uno y otro lado del charco.

Con la gloria saciada, el retiro es tan gradual como la sensación de que lo mejor de Sabina pasó. Tiempos mejores en los que al extraordinario jiennense no le hacía falta acudir a terceros para escribir canciones. Tiempos en los que de sus vivencias nacía un universo infinito de emociones capaces de enmudecer al más fiero de sus detractores.

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Vinagre y Rosas en descarga directa

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