Friday Night Light. El football como modo de vida.
Andrew ZimmermanAndrew Zimmerman
Andrew Zimmerman
8 Agosto 2008

Históricamente, la sociedad norteamericana ha sido retratada una y otra vez en la pequeña pantalla. Las series televisivas que desde hace años hemos podido ver nos descubrieron el sueño americano en estado puro. Nos trajeron a la familia feliz con una casa a las afueras de la ciudad, cuyo padre de familia ganaba mucho dinero, la madre se encargaba de tareas más secundarias o directa y exclusivamente del cuidado del hogar y de sus hijos, que comenzaban su vida en la escuela o el instituto. Se sucedieron (y suceden) infinitas series que giraban en torno a una familia y que describían su día a día. Problemas cotidianos. Pequeños dramas con final feliz enmarcados en la cultura estadounidense. Así descubrimos los grandes desayunos, el día de acción de gracias, a Papa Noel, las taquillas en los institutos, el béisbol y el fútbol americano.

Pero con el tiempo aparecieron series que criticaban ese modo de vida, haciéndonos ver que no todo era tan idílico. Esto, sumado a una repulsión creciente hacia todo lo americano propiciada quizá por temas políticos, hizo que hoy en día veamos a los americanos como a personas tozudas, conservadoras y con un desmesurado amor por la bandera, capaces de votar dos legislaturas por uno de los presidentes más incompetentes de la historia de la democracia.

Friday Night Light supone un retrato minucioso y detallado de la América profunda. Centra su trama en un pequeño y ficticio pueblo tejano llamado Dillon. En él, padres, madres, abuelos e hijos viven con exagerada pasión las andanzas de su equipo de fútbol del instituto, los Panthers. En torno al equipo y al pueblo gira todo el argumento.

El principal escollo con el que se encontraron los realizadores de la serie fue precisamente su posterior comercialización fuera de los Estados Unidos. ¿Cómo iba a triunfar una serie televisiva que tiene al fútbol americano como eje central del argumento? Además, por si esto fuera poco, acapara muchos minutos dedicados al deporte en sí, tácticas, alineaciones, entrenamientos, etc.

El resultado es que la serie se mantiene a duras penas más por el apoyo de la crítica, que en la primera temporada fueron determinantemente favorables, que por el del público, que le ha concedido el apoyo suficiente para subsistir.

La crítica se rindió por el inusual tratamiento del deporte, con una seriedad latente y una ardua documentación, y su habilidad para recrear la vida diaria de un pueblo. Su marcado carácter de culebrón parece ser el gancho perfecto para una audiencia que con tanto fútbol puede llegar a cansarse. Sin embargo profundiza acertadamente en el desarrollo de los personajes y sus motivaciones personales consiguiendo verosimilitud y realismo.

Un punto a favor, no hay un protagonista indiscutible, y aunque pueda decantarse del lado del personaje de Eric Taylor, todos tienen su momento de gloria. En este sentido, nunca sabes en que personaje va a centrarse el episodio. Las tramas, suplen su previsibilidad con un alto contenido dramático para un producto final más que aceptable.

Friday Night Light sabe jugar sus bazas y saca a escena una numerosa cantidad de temas debate. El dopping, la discapacidad, la familia, el catolicismo exagerado, la infidelidad, el racismo, etc. Una amplitud temática indispensable para aguantar una larga temporada de 22 episodios. Posiblemente, la temporada más redonda de cuantas series de televisión haya visto. El episodio final, aunque deja muchos frentes abiertos, marca un punto y seguido certero y digno. De hecho, un servidor no quería ver la segunda temporada debido al inmejorable sabor de boca que deja la primera entrega, sabedor que este segundo plato acabaría decepcionando.

Al final nos queda una primera temporada para enmarcar, que humaniza a la sociedad norteamericana y la retrata con maestría. Uno de los ejercicios más lúcidos de la NBC americana, que parece agonizar por el motivo que todos sabemos, la audiencia. Como dijo un crítico estadounidense, quizás estemos ante “la mejor serie sobre un espectáculo deportivo jamás realizada”.

Andrew Zimmerman

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