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El Lobo de Wall Street: Scorsese desencadenado

Redactado y publicado por el Domingo, 19 enero 2014No hay comentarios

El Lobo de Wall Street

Martin Scorsese, uno de los talentos más reconocidos Hollywood, suele ofrecernos películas fiables, sólidas, genuinas e interesantes. Ocurre que el listón se ubica tan alto que en sus últimos trabajos, tan estéticos y aparentemente brillantes como La Invención de Hugo (2011) o Shutter Island (2010), el espectador puede quedar defraudado, en el primer caso por la excesiva sensiblería de esa pastosa e infantil fábula y en el segundo por el predecible desarrollo de un thriller más torpe que angustioso.

Con El Lobo de Wall Street, Scorsese recupera el pulso -gracias a la técnica del relato en primera persona- para contarnos la historia de Jordan Belfort, un corredor de bolsa que sobrevive a un crack bursátil y consigue formar un imperio económico llamado Stratton Oakmon.

El ascenso y caída de un financiero no es una historia nueva, la hemos visto varias veces en el cine moderno en obras como Wall Street, El Fraude o Margin Call. Sin embargo, jamás la vimos desde la óptica grotesca, grosera y frenética que Scorsese nos muestra en esta formidable película, tan cruenta y desinhibida que no podemos sino dejamos arrastrar por la enajenación mental de su protagonista, un cínico especulador que no sabe renunciar a su vertiginoso tren de vida. El Lobo de Wall Street es una oda al exceso que explora sus propios límites y los del espectador, y que a pesar de rizar el rizo en muchas secuencias, nunca cae en el ridículo y en cambio resulta siempre fascinante.

El que espere a un Scorsese en su versión académica quedará alucinado con la faceta más provocativa, rockera y tarantiniana del director, que en perfecta complicidad con un enorme Leonardo DiCaprio, consigue que 180 minutos de relato pasen en un suspiro. Se puede pensar que esta parodia de los adictos a la abundancia respira machismo y desmesura, pero lo cierto es que hacía años que no veíamos algo tan potente y osado en la gran pantalla. A los 71 años, pocos apostarían porque el director neoyorquino se fuera a soltar la melena. Pero lo ha hecho. Y de que forma.