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El Árbol De La Vida, excesiva grandilocuencia

Redactado y publicado por el Miércoles, 30 noviembre 20112 comentarios

Resulta curioso que Terrence Malick haya obtenido el mayor éxito de su carrera con una película a priori tan compleja y experimental como El Árbol De La Vida. La presencia de intérpretes con indudable gancho comercial (Brad Pitt y Sean Penn) le condujo a encabezar la taquilla de medio mundo y el carácter sensorial y poético de la cinta le valió a Malick la Palma de Oro en Cannes, festival que ya le otorgó el premio al mejor director por su ópera prima, Malas Tierras.

Sorprende que una película con un metraje tan largo y tan exigente con el espectador haya obtenido semejante respaldo. Porque Malick nos propone un arduo y metafórico viaje a través de los ojos de Jack, el mayor de los hermanos de una familia de clase media en la América de los años cincuenta. Sus recuerdos familiares se intercalan con bellísimas y espectaculares imágenes sobre la naturaleza más recóndita y cristalina, estableciéndose un paralelismo entre el despertar de esta familia -y los acontecimientos a los que se enfrenta- con la propia biodiversidad terrestre, siendo imposible escapar del interrogante religioso sobre el génesis humano.

Sin menospreciar el contenido, una reflexión sobre la familia y la abusiva jerarquía patriarcal, la nueva cinta de Malick es todo un ejercicio de estilo, donde los claros predominan sobre lo oscuro, la música adquiere una molesta solemnidad y la cámara subjetiva una significativa relevancia. Cuando la poesía se hace imagen aparece el Malick artista, capaz de hipnotizar al espectador con instantáneas únicas, sensaciones tan logradas que viajamos a nuestra infancia por pura afinidad evocativa.

Pero en su afan de explorar los límites del arte y las inquietudes humanas más profundas, El Árbol De La Vida puede pecar de onírica, de un exceso metafórico que conduzca al espectador al hartazgo y la renuncia. En su vanguardismo reside, por tanto, sus virtudes y sus defectos.

Malick se desvela como un ambicioso esteta, un intelectual que pretende analizar las relaciones paternofiliales y el camino a la vida adulta con la misma intensidad que despliega lo mejor de su instinto cinematográfico. Y quizás sea por eso, por su afan por acaparar todas sus metas sin concesiones a la sencillez, por abrir numerosas puertas sin cerrar ninguna y por su desmedido sentido lírico, por lo que El Árbol De La Vida naufrague. Porque son pocos lo momentos en los que la cinta se preocupa por el espectador, y muchos en los que el espectador debe autoexigirse para entender el enrevesado discurso de su autor.