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Deadwood. Los deberes bien hechos.

Redactado y publicado por el Miércoles, 28 mayo 2008No hay comentarios

Hace ya varios años que la HBO viene facturando series de televisión arriesgadas, productos diferentes que escapan de la norma y que, independientemente de su éxito o fracaso comercial, suponen un soplo de aire fresco en el ámbito de la ficción televisiva.

De sus manos nacieron, crecieron y se desarrollaron series tan magníficas como mi admirada Los Soprano, A Dos Metros Bajo Tierra, The Wire, Roma, o la serie que nos ocupa hoy, DeadWood.

Está ambientada en un pequeño pueblo de EEUU fundado tras la victoria de la caballería americana sobre los nativos, asistimos así a su nacimiento y constitución como pueblo, desde su creación hasta su consolidación. En sus indefinidas y masificadas calles encontramos una serie de personajes protagonistas, todos ansiosos de poder, que convivirán día sí y día también entre una feroz lucha de egos. Lo que parece que va a ser un clásico western acaba siendo un peculiar y personal análisis del poder por parte de su creador, David Milch.

En su genial libro, Prime Time, Concepción Cascajosa comentaba que David Milch quiso hacer una serie que tratase sobre el establecimiento de un orden a partir del caos. Intentó que le diera luz verde a una historia similar a la de DeadWood pero ambientada en la Roma clásica. La HBO acababa de poner en marcha Roma, y no estaba dispuesta a costear dos productos de características similares.

De este modo, Milch escogió el viejo oeste como escenario principal. Pero lo curioso es que DeadWood no se ajusta a los clichés que este tipo de productos ofrece, sino que este reinventa el género dándole una ambientación alejada de las grandes praderas y los tiroteos predecibles. Pone en marcha una cuidadísima ambientación, sin apenas espacios abiertos, tan original como insólita desarrollada en un pueblo que atrapa al espectador y a los protagonistas, que parece que nunca van a salir de él. El claustrofóbico, sombrío y oscuro pueblo esconde mil y un secretos, producto de una trama compleja y desarrollada, que vuelve a exigir la plena atención del espectador.

Uno esperaba ver algo parecido a la infravalorada Open Range versión televisiva y tampoco. DeadWood es un producto atípico, que luce por eso mismo, por su originalidad. Para empezar, apenas hay acción, si acaso alguna escena por episodio, se basa por contra en unos trabajados diálogos repletos de tacos y desarrollados con un lenguaje pretendidamente soez mezclado con retórica poética. ¿A qué es raro?. Pues sí, estos vaqueros andan por ahí criticando y blasfemando acerca de cualquier cosa pero con una prosa casi poética. Destaca también su gusto por lo escatológico (algunas escenas no tienen precio) y su descarnado y cruel realismo. Porque creanme, ese pueblo da asco.

Tampoco el espectador sabe bien donde situarse. El que apunta a ser su personaje principal y heroico, llevando seguramente el peso de la historia (hablo como no de la figura de Seth Bullock) pierde protagonismo ante las andanzas de Al Swearengen, una especie de cacique que regenta un burdel y que ejerce su abusivo poder a su antojo, controlando los tejemanejes del pueblo. Sustenta una gran cantidad de horas de metraje con una actuación sobresaliente. DeadWood tiene desde luego uno de los repartos más convincentes que he visto nunca.

A mi personalmente me parece que a la serie le cuesta, y mucho, arrancar. De hecho los primeros capítulos me dejaron frío y algo decepcionado. Esperaba más, y vuelvo hacer referencia a las escenas de acción, se demandan, y más cuando uno comprueba que las que hay están resueltas de un modo eficaz. El desarrollo se pierde entre tantísimo diálogo, por muy trabajado que esté. Si no hay golpes de efectos para engatusar el interés del espectador este se pierde. Y no hablo de que aparezca Terminator en el salón de juegos, más bien hablo de ritmo y agilidad.

A pesar de todo, si uno es paciente acaba recompensado. Los últimos tres episodios mantienen la tensión a flor de piel. El pueblo crece, pero conforme se asientan los cargos públicos su lucha de poder y de egos se encrudece, se hace omnipresente y la desconfianza se asienta. Es esa sensación de “aquí puede pasar cualquier cosa” la que engrandece los últimos episodios con un excelente final abierto que ofrece múltiples posibilidades de continuación.

Estamos ante una serie muy digna, excelente en su aspecto técnico y visual, una serie adulta y arriesgada que seguiré en su segunda temporada y que demuestra el enorme ojo clínico de la HBO. Por cierto, que sólo tiene tres temporadas, ya que el canal ha dado por concluida la serie una vez confirmada la marcha de David Milch, envuelto en un nuevo proyecto.

Una serie pretendidamente atípica para espectadores que pretenden explorar nuevos horizontes, nuevas sensaciones.

Andrew Zimmerman