Como en un mal sueño, Hoja de Ruta en Leganés.
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Sobre el papel, todo pintaba bien cuando Rafa Caballero y Hoja de Ruta, que son lo mismo pero con nomenclatura diferente, nos invitaron a presenciar el concierto acústico que celebrarían en Leganés, en el Pub Irlandés Station Corner. La idea estaba bien, dos tandas de canciones compuestas por siete temas bajo un formato acústico con la totalidad de la banda, destinado a un grupo reducido de amigos y algunos frecuentabares típicos de la zona. Serviría también para probar un formato diferente, la banda en acústico, después de unos meses, los últimos, dónde el grupo ha mostrado su cara más eléctrica.

Pero todo comenzó a torcerse desde el principio, cuando por problemas técnicos, lo que antes funcionaba dejó de hacerlo y la voz se escuchaba enlatada, ajena, como en los peores discos de Extremoduro. De esta manera y teniendo en cuenta que estamos hablando de una banda dónde letra y voz conforman un conjunto dónde se sustenta la magia del grupo, el concierto quedó tocado, como en aquel juego de hundir la flota. Si además, unimos que la dirección del establecimiento, creyó oportuno que en la planta de arriba la música sonara a tal volumen que se introdujera en una fiesta a la que nadie le había invitado, la situación era, cuanto menos, pintoresca. Por no hablar el extraño desfile de trabajadores del local entre el público y el grupo, los cambios de micrófono, la cinta aislante para sustentarlo a su pie.

Así las cosas, puede uno reaccionar de dos maneras diferentes. La opción mala es dejarlo por imposible y recoger el campamento. La opción buena, aferrarse a las canciones y tomarlo como un ensayo dónde se puedan hacer probaturas. Calibrar también la reacción del público. Y eso hicieron, molestos con entrañable transparencia, los miembros del grupo en su totalidad. Nada que reprochar a la actitud de Hoja de Ruta, y sombrerazo porque nos regalaron los temas pese a todo.

Y aquí me sobreviene lo más importante de este post-resumen o lo que sea. El respeto a un oficio, el de músico. Entiendo que los bares sean negocio, entiendo que hay días malos, entiendo que hay errores que sobrepasan lo humano, lo entiendo, pero una cosa es eso y otra faltar o tomarse a unos señores que echan muchísimas horas en un local de ensayo cultivando una ilusión, la de vivir de su talento, como si fueran vulgares payasos (y ojo, digo vulgares payasos, no se ofendan los buenos payasos). No creo que sea difícil llegar a la deducir que a mejores condiciones, mejor tocará el músico, más gente quedará contenta, más gente volverá al local y esa apuesta se verá recompensada. No creo que cueste mucho, detalles nada más, cuidar al músico y ofrecerle un mínimo de condiciones para que ofrezca sus canciones. El músico perdonará errores si ve buena actitud de fondo, no son ogros. Simplemente responden a una filosofía muy coherente. ¿Qué sería de un actor si le quitamos su guión? ¿Del albañil si le dejamos sin pico, pala, yeso y cemento? ¿Qué sería del informático si le ponemos un 386? Entendemos que deben existir condiciones mínimas para un espectáculo, pero no por el espectáculo y nada más, sino porque esas condiciones signifiquen después algo más que un buen concierto, significa el respeto y el apoyo hacia una profesión.

Ahora me acusarán de demagogo o de trascendentalista. Puede, pero para mí es simplemente honestidad, quizás porque me toca cerca, no lo voy a negar. Pero entiendo que irte jodido a casa después de algo que llevas semanas preparando tiene que ser jodido. Muy jodido.

En fin, termino subrayando algunos aspectos:

- El saxo de Hoja de Ruta en formato acústico es, sencillamente, espectacular. Suena limpísimo e íntimo.

- ¿Es cosa mía o Jose Escamilla cada vez toca mejor?

- Las fusiones de música popular con temas propios que hace Rafa Caballero, que no parece entender lo que es una versión al uso, es otro acierto indudablemente. A uno hasta le gusta jugar a adivinar. Esta vez vinieron por sorpresa Los Auténticos Decadentes, entre otros.

- La rumba final. Si ya teníamos elementos en la coctelera (Bossa, medios tiempos, rancheras, baladas o temas rock de los de toda la vida), sumen ahora esta nueva ocurrencia del grupo. Que tiemble Peret.

Scriers.

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The Times They Are A Changin
Andrew ZimmermanAndrew Zimmerman Andrew Zimmerman

Hace poco debatiamos en El Club sobre redes p2p y el intercambio de archivos. En los comentarios de dicho post, llegábamos a la conclusión de que apenas comprábamos discos. Y es que, como Eterno Viajero apuntaba, los cds que adquiriamos acababan por coger polvo en la estantería. Su uso en nuestras vidas (y en una gran parte de la juventud actual) hoy día es ínfimo. Hemos cambiado de costumbre y ahora el CD apenas se escucha en casa, para eso disponemos del ordenador portatil o los reproductores de mp3, que conectamos directamente a los altavoces. Cuestión de hábitos. Ahora nos resulta más cómodo hacer lo segundo. Resulta más rápido, funcional y no necesitamos un soporte tangibe. Tampoco dinero, y esta gratuidad en tiempos de crisis, se agradece un rato.

Si nosotros, melómanos y coleccionistas por naturaleza, hemos sucumbido a la comodidad que nos ofrecen las nuevas tecnologías, no quiero ni pensar en aquellas personas para los que la música es algo totalmente secundario.

¿A qué viene todo esto? Pues a la noticia publicada por Promusicae que hace balance de las ventas de cds del pasado año. Durante el 2009, tan solo tres discos, los nuevos trabajos de Joaquín Sabina, Fito & Fitipaldis y Alejandro Sanz, superaron las 100.000 copias. Si comparamos el 2009 con finales de los noventa y/o principios del milenio, los datos hablan por sí solos. En esos años, discos como los debuts de Estopa y Alex Ubago, el “Estrella de Mar” de Amaral, o “El Viaje de Copperpot” de la Oreja de Van Gogh, por ejemplificar, superaban el millón de ejemplares vendidos. En la actualidad es raro el disco que llega a vender 10.000 unidades. Un 90% menos en los discos que ocupan los primeros puestos de la lista de venta. ¿Estamos viviendo la agonía de la industria discográfica?

No. Simplemente hemos cambiado de formato. La anterior noticia puede complementarse con esta otra para ampliar la perspectiva: El 27% de los ingresos actuales de la industria discográfica proceden de formatos, servicios y canales digitales, llámese Spotify, Vodafones, Itunes o como se quiera llamar. Es decir, que gran parte de su facturación procede, no de la compra directa de un cd, sino de los medios digitales. El coste de estas operaciones es más reducido que fabricar un disco. O sea, que las discográficas sacan partido de Internet. Más tarde de lo debido, pero finalmente han tenido que adaptarse a un formato que demandaba el propio consumidor. Evidentemente, la libre circulación de archivos mp3 sigue siendo una tónica general, pero pese a ello, el trozo del pastel es considerable.

Si tenemos en cuenta que el número de conciertos que se realizan en España está creciendo desde hace varios años (y por consiguiente, el número de espectadores) y que las discográficas, con una política más que cuestionable, han decidido cobrar royalties a sus músicos (hablo de memoria, pero creo que se sitúa en torno a un 5 o 10% de la recaudación total de cada concierto), las cuentas de la industria no son tan ruinosas. Eso sí, está obligando a los músicos a ganarse el pan poniéndose el mono de trabajo, saliendo a la carretera y duplicando el número de recitales. Las pequeñas giras del principio de los noventas han dado lugar a macrogiras de año y medio. Sencillamente porque el músico ya no puede sentarse a esperar como crece su cuenta bancaria por la venta de discos. Ahora se ven obligados a tocar y tocar. Para ellos resulta más incómodo pero más gratificante. Así que todo queda en la vocación de cada cual.

Sin embargo, esta medida puesta en marcha por las discográficas con más peso, está provocando una paulatina tendencia a la autoedición y el crecimiento de sellos independientes, aquellos que no cobran al músico por su propio recital. Todavía está en pañales, pero la autoedición es el futuro. Tiempo al tiempo.

Como Enrique Dans decía, la evolución digital no conlleva que se escuche menos música o se vean menos películas, simplemente se trata de un cambio en las vías de consumo y que todo el sistema económico está reorganizándose. Se consume más música que antes, eso no hay ninguna duda, pero años atrás la industria discográfica se lucraba más facilmente con un método directo y eficaz: sacaba discos al mercado y hacía caja. Ahora tiene que investigar nuevas fórmulas de venta, modernización y desarrollo. Tiene que negociar con los músicos, (algunas) reconvertirse a promotoras y conectar con el público joven. El problema es que les pilló el toro porque nunca pensaron que la caída en las ventas de discos fuese tan precipitada. Y claro, deben ponerse al día cuanto antes, pues el que más rápido se adapte a los cambios, mayor tajada conseguirá.

El victimismo de la industria y los músicos se debe en gran parte a que no toleran que sus trabajos circulen libremente por la red. En este sentido, mi reflexión es la siguiente: ¿no han pensando en la cantidad de seguidores que han ganado gracias a la difusión digital de sus obras? Porque el incremento en el número de espectadores que acuden a los conciertos está directamente relacionado, eso me parece evidente. Y ese es un dinero que percibe directamente cada músico.

Por tanto, el intercambio de archivos otorga información al consumidor y abre un mundo de posibilidades. Muchos de los incipientes festivales de hoy en día nacieron en la red. Algunos grupos ascendieron al mainstream gracias a portales como Myspace o Youtube. De esta forma, las redes pueden considerarse el mayor enemigo de la industria o también una poderosa arma de difusión, promoción y desarrollo. Todo depende del cristal con que se mire y lo lejano o cercano que nos alcance la vista.

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McEnroe, “Tú nunca morirás”, más vale tarde que nunca.
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Ya comentábamos por aquí, y trajo debate, lo que se nos antojaba a Andrew Zimmerman y a mí un año musical raquítico en cuanto a buenas noticias a nivel nacional. Sigo pensando lo mismo, pues han pasado sólo un par de semanas, pero es que muy a final de año los vizcainos McEnroe han sacado un nuevo disco, “Tú nunca morirás”, y eso, aunque suene místico, parece una bofetada del destino como reivindicación del año que se fue.

McEnroe ha sido, hasta ahora, un grupo que ha resonado más por canciones específicas que han gustado a algunos críticos musicales y por la extraña globalización de su música dentro de grupos más o menos rígidos. Pero aunque hubieran opiniones que así lo afirmaban, no lograron reconocimiento unánime de crítica y público. Tengo la certeza casi absoluta de que esa tendencia cambiará con “Tú nunca morirás”.

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El disco amplía el abanico ya conocido de influencias y lo acerca al folk-rock-pop indie, que puede acabar recordando desde Leonard Cohen hasta Will Oldham, pasando por Tinderstick o Low, por ejemplo. Y a nivel nacional se les compara mucho (supongo que por algunos finales que apuestan por la distorsión) con Mercromina, pero un servidor cree que son deudores del sonido indie vasco mezclado con Migala, Úrsula o Élena, un terreno que ha quedado desolado últimamente y que precisaba de recambios con energía suficiente. También puede recordar, aunque sería casi con pinzas, a Sr.Chinarro.

Metidos de lleno en el disco, el aspecto musical descansa en melodías evocadoras, “bandasonorísticas”, y una voz cálida y profunda que narra la cara más íntima de las relaciones humanas. La música tiene dos vertientes, la más tatareable (Los valientes o Tormentas) y la más profunda y triste (El Alce o Naoko). Si te enfrentas al disco directamente algunas piezas musicales pueden dejarte tocado anímicamente (“toda la furia y la pena que no me deja olvidar”). Si hablamos de temas, el amor y su pertinencia dentro del individuo cobran en este disco fundamental importancia. Aquí se habla de sentimientos, y se hace de una forma muy honesta, nada cursi, simplemente, como un lienzo en blanco en contacto directo con el corazón. El lirismo que desprenden resulta abrumador.

Como curiosidad, apuntar que Miren Iza, cantante de Tulsa, se marca un gran trabajo vocal en “Los veranos”, una voz aspirada y profunda, elegantísima.

Nueve canciones nada comerciales, existentes casi al margen de la industria, la mayoría de gran duración y la mayoría dispuestas a elevar, aún desde la tristeza, el tono general de la música indie en castellano. Bravo por esta propuesta tan personal y minoritaria defendida con afán y buen gusto, bravo McEnroe, para ustedes, un puesto de honor. Lástima que lleguen un poco tarde para colarse en todas esas listas nacionales de “Lo mejor del año”, su propuesta merece la máxima atención.

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Scriers.

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Redes P2P, legalidad y ética. Reflexiones de un imposible
Andrew ZimmermanAndrew Zimmerman Andrew Zimmerman

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Mariano me pide que hablemos de las descarga de archivos P2P o lo que es lo mismo, de aquellas comunidades cuyos usuarios comparten archivos. De telón de fondo, la piratería, y en el caso que nos ocupa hablamos de música y su efecto perjudicial para artistas y discográficas.

Y empezaré con dos confesiones; la primera es que, por si no os habéis dado cuenta, suelo descargar archivos de estos portales y consigo música, cine, literatura y comics gratis. Eso es un hecho. A su vez soy un gran consumidor (y comprador) de cultura. La segunda revelación es que este debate me supera y desborda por todos los  lados, sobre todo por el teórico. Desconozco la leyes sobre la propiedad intelectual y que se considera o no delito.

Pero si se que hasta la fecha ningún juez en este país ha dictado que compartir estos archivos sin ánimo de lucro sea ilegal. Yo no lo hago con ánimo de lucro, por tanto no estoy cometiendo ningún delito. Foros como vagos.es o pordescargadirecta.com no parecen tener ningún tipo de publicidad u otros métodos lucrativos, así que entiendo que si estos portales sobreviven es porque cumplen la legalidad, sino se habrían cerrado.

Sin embargo, esas campañas publicitarias sobre la piratería que invaden nuestros cines y en las que nos muestran a un internauta como si de un terrorista se tratase, me parecen de una demagogia alarmante. En ese sentido estoy bastante de acuerdo con reacciones como las del siguiente video:

Yo también opino que compartir no es lo mismo que robar. La industria musical y cinematográfica no ha sabido responder a la evolución tecnológica con nuevas tácticas de venta y productos actualizados. A semejante revolución siguieron apostando por los discos a 20 euros y potentes anticopys hoy superados. Observaron a los medios digitales como el enemigo y nunca se aliaron con ellos hasta que no vieron que intentan frenar lo irremediable era poco menos que imposible. Pero ahora obtienen beneficios con iniciativas como Spotify o Itunes. Demasiado tarde quizás. El Napster fue el detonante. Su cierre povocó una avalancha de nuevos soportes de intercambio de archivos. Fue la primera victoria de los medios digitales sobre la industria.

Entiendo entonces que no se trata de hacernos sentir culpables a los usuarios, sino de buscar alternativas y reestructurar de arriba abajo las líneas de actuación y estrategias de promoción para con Internet. Ese cambio exigiría un enorme esfuerzo por parte de discográficas, autores y consumidores. Exigiría trabajar para la remodelación de un engranaje que rueda a favor de los usuarios.

Comprendo que los autores estén enfadados. Los últimos discos de Sabina y Fito los estaba escuchando antes de que salieran a la venta. Por tanto, el efecto sorpresa de estos trabajos, a poco que entiendas de como funciona la red, era nulo. Quizás con una campaña de promoción previa se hubiera paliado el desastre, o quizás no, pero porque no intentarlo. Entiendo, de veras, todas sus pataletas (en este artículo de Efeeme encontramos opiniones para todos los gustos) pero lo que me fastidia es querer obtener de Internet y sus redes solo la parte beneficiosa. Son muchos los que dicen: como forma de promoción sí, pero como modo de intercambio no. Ajam.

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En el fondo quieren volver a finales de los noventa, cuando músicos como Alex Ubago, La Oreja de Van Gogh o Estopa consiguieron despachar un millón de discos de sus respectivos trabajos. La industria prefiere, logicamente, este panorama a tener que trabajar de verdad para buscar una alternativa. Si por las discográficas fueran terminarían de un plumazo con las redes de intercambio mediante una ley, a modo de “ley seca”.

Pero es obvio que los tiempos han cambiado y ahora es más fácil obtener la música a modo de usar y tirar. Caben en aparatos minúsculos y no tienen ni nombre, como dice Julio de la Rosa. Pero los amantes de la música seguirán comprando discos. En el 2008 compré unos 50 discos (cifra arriba, cifra abajo). Entre regalos, autoregalos y gangas llegué a una cifra bastante respetable. De los 50 ya había escuchado unos 45. El modus operandis ha cambiado. Antes el melómano compraba el disco y en su casa lo escuchaba. Ahora lo escucha en su casa y si le satisface lo compra. Bienvenidos al siglo XXI.

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En este sentido estoy de acuerdo con el argumento de que hay que cuidar todo el producto. Desde el contenido musical hasta el libreto pasando por la promoción. Todo. Cuanto más ofrezcas, más posibilidades de vender tu trabajo. No es lo mismo el último disco de M-Clan con su espectacular diseño y su elegante libreto que las pobres cuatro paginillas que estamos acostumbrados a ver.

Y termino ya, que me voy por los cerros de Úbeda. Tampoco es la misma la coyentura socioeconómica de hoy día que la hace una década y eso los artistas lo deben entender. Los jóvenes, digamos que con unas edades comprendidas entre 15 y 40 años (clientes potenciales de música y cine) no tenemos apenas recursos económicos para ir por ahí comprando discos y dvds. Si suplicamos por un sueldo de mil euros por favor.

Entiendo por tanto, que la gente utilice su ordenador y almacene música en sus reproductores de mp3. No hay demasiado dinero para consumir y por 30 euros que vale un reproductor puedes escuchar lo que quieras. ¿Hay que sentirse mal por ello? Demasiado tengo con subsistir con mi paga como para entrar a debatir con Loquillo sobre temas de propiedad intelectual. Y sí, suena a demagogia pura, pero la otra opción es educar a los usuarios y hacerles pensar sobre el futuro del arte y lo perjudicial para nuestros sentidos.

¿Y cuál es este futuro? Pues música, cine, comic y cualquier manifestación artística que se precie sobrevivirán al curso de los acontecimientos. Porque sobrevivió en épocas peores y siempre habrá un duende en el estómago de algún artista que le haga expresarse e intentar llegar al público. Los artistas, como todos, tendrán que apretarse el cinturón, pluriemplearse y luchar por un panorama más justo. Igual que el periodista, el educador o el jardinero. Porque a todos nos ha llegado esta crisis. El caso es que es la primera vez que un sector tan intocable como los artistas la palpa con sus propias manos.

Y esa es mi difusa visión del asunto. Una opinión poco meditada, inconexa y torpe, que servirá de poco pero que al menos genererá debate entre los lectores y escritores del club. Ahora te toca la réplica Mariano. No me defraudes.

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Pon un amigo en tu disco
Andrew ZimmermanAndrew Zimmerman Andrew Zimmerman

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Escuchando en el Spotify el disco que ha publicado Estopa (sí, el primer disco de los de Cornellá tenía su punto) con motivo de su décimo aniversario detecto cierto abuso por facturar discos basados en colaboraciones. Echo la vista atrás y el recuento es considerable. En los últimos años Pereza o Jaime Urrutia han firmado discos autoversionándose con los colegas del gremio. Otros muchos han colado 3 o 4 temas de esta índole en su disco. El producto funciona porque tiene tirón comercial y la gente aplaude encontrarse con una canción a dos voces.. La mezcla de estilos, unas veces más que otras, atrae y agrada. No me malinterpreten, a mi las colaboraciones me gustan porque existen casos en que las versiones superan a la original y el matiz de otras voces e instrumentos les da un lavado de cara interesante.

Pero hay algo que me mosquea en el fondo de todo este asunto. Parece que poco a poco los músicos se han acomodado y rendido a las exigencias de las discográficas. En este sentido, son habituales los contratos por ciclos. Tres discos y un recopilatorio. Si te vemos mayor te hacemos un homenaje. Si el negocio funciona, bien, si no lo hace, búscate otra discográfica. Y en cada disco colaremos una o dos colaboraciones con músicos de renombre. Es frecuente que los grupos nóveles sean apadrinados. De este modo el nuevo disco llama la atención y tiene más posibilidades de crecer en el mercado. ¿En cuantos discos han participado los Pereza? ¿y Kutxi Romero o Calamaro? Se podrían recopilar estas colaboraciones y hacer un Salmón sólo con las colaboraciones de Andrés.

Y sigo diciendo que me resultan divertidas estas canciones con varias voces, incluso necesarias. Pero instaurarlas tiene su peligro. Los discos al uso, esos que sólo contienen temas compuestos e interpretados por sus autores, decrecen. Y con ello la posibilidad de ver evolucionar a los músicos por sí solos. Si en la década de los ochenta era difícil encontrar colaboraciones o parones significativas en las carreras de los músicos, en nuestros días no hay ciclo de cinco años en el que no quepa un recopilatorio, un directo, o un disco de colaboraciones. Y a uno, que es defensor de los discos a la antigua usanza, el panorama le molesta. Luego, en el Spotify, disfrutando con agrado de algunos de estos duetos, pienso en lo paradójico de mis propias contradicciones.

Enlaces relacionados:

Estopa X en descarga directa

PD: Del Anniversarivm de Estopa me gustaron los temas con El Bicho, Sabina, Muchachito y Albert Pla. ¿Y a ustedes?

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