Hemos pasado un verano algo perezoso en El Club, sobre todo en esta última quincena en la que el ritmo de actualización ha sido más bien bajo. Ya sabemos como son las vacaciones. Así que mientras retomamos el ritmo normal del blog, vamos a referirnos a la última película que hemos visto en nuestro videoforum semanal, Seis Grados De Separación, un film interesante que tuvo un discreto paso por las salas en el momento de su estreno (principios de los noventa) y que elegí sin saber bien que íbamos a ver, guiado por su atrayente título, basado en la teoría del escritor Karinthy Frigyes.
Lo que podríamos pensar fuese un relato coral sujeto a personajes entrelazados estilo Rodrigo García, deriva en una película de carácter teatral (de hecho hablamos de una adaptación de la obra del dramaturgo John Guare) que nos describe la osadía de un joven que aprovecha las conexiones existentes entre la alta sociedad newyorkina para, sin un propósito claro, introducirse en ella y disfrutar de sus privilegios.
Pese a que comienza con una meticulosa puesta en escena llena de ritmo que apenas deja respirar al espectador, el relato va desinflándose como un globo sin rumbo conforme pasan los minutos. Quizás una reducción en su metraje le hubiera venido bien, no solo por una cuestión de concisión, sino porque aguantar la pedantería y la verborrea de sus protagonistas resulta una experiencia agotadora. Parece como si el Woody Allen más neurótico y corrosivo hubiera filmado la primera hora. Además, sus abundantes referencias artísticas (Sidney Poitier, J.D. Salinger o Kandinski entre otros) y múltiples divagaciones existencialistas exigen al espectador una inusitada concentración.
A su favor, la constante burla hacia esa presuntuosa burguesía de Manhattan, obcecada por la apariencia y el dinero, su consecuente repudio a una élite tan presumida como vacía y su original planteamiento. En contra, que lo que podría haber sido una película redonda con un mensaje directo se pierda en un superfluo desenlace.
Fue este uno de los primeros papeles protagonistas de Will Smith, que reconducía su carrera hacia un perfil más serio lejos de la televisión. Lo acompañaban valores constrastados como Donald Sutherland, Ian McKellen o Stockard Hanning, cuyo papel fue nominado al Oscar a la mejor actriz. Un notable reparto que realza la película más destacable de la discreta filmografía de Fred Schepisi. Más que memorable, curiosa.













¿Qué tiene de especial el cine de Allen? Para mí, el discurso de Allen trata sobre el ser humano moderno, hombres y mujeres de la sociedad occidental que viven según las normas y contradicciones que les ha tocado vivir. En una sociedad de cambio el individuo resulta contraproducente. Pero este discurso se ha visto beneficiado porque la persona que lo plasma es un personaje muy peculiar. Neurótico, hipocondríaco, maniático, analítico, existencialista, de educación judía, entusiasta de la cultura, la música y sobre todo, de las mujeres.
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