Andrew ZimmermanAndrew Zimmerman
Andrew Zimmerman
25 agosto 2010

Hemos pasado un verano algo perezoso en El Club, sobre todo en esta última quincena en la que el ritmo de actualización ha sido más bien bajo. Ya sabemos como son las vacaciones. Así que mientras retomamos el ritmo normal del blog, vamos a referirnos a la última película que hemos visto en nuestro videoforum semanal, Seis Grados De Separación, un film interesante que tuvo un discreto paso por las salas en el momento de su estreno (principios de los noventa) y que elegí sin saber bien que íbamos a ver, guiado por su atrayente título, basado en la teoría del escritor Karinthy Frigyes.

Lo que podríamos pensar fuese un relato coral sujeto a personajes entrelazados estilo Rodrigo García, deriva en una película de carácter teatral (de hecho hablamos de una adaptación de la obra del dramaturgo John Guare) que nos describe la osadía de un joven que aprovecha las conexiones existentes entre la alta sociedad newyorkina para, sin un propósito claro, introducirse en ella y disfrutar de sus privilegios.

Pese a que comienza con una meticulosa puesta en escena llena de ritmo que apenas deja respirar al espectador, el relato va desinflándose como un globo sin rumbo conforme pasan los minutos. Quizás una reducción en su metraje le hubiera venido bien, no solo por una cuestión de concisión, sino porque aguantar la pedantería y la verborrea de sus protagonistas resulta una experiencia agotadora. Parece como si el Woody Allen más neurótico y corrosivo hubiera filmado la primera hora. Además, sus abundantes referencias artísticas (Sidney Poitier, J.D. Salinger o Kandinski entre otros) y múltiples divagaciones existencialistas exigen al espectador una inusitada concentración.

A su favor, la constante burla hacia esa presuntuosa burguesía de Manhattan, obcecada por la apariencia y el dinero, su consecuente repudio a una élite tan presumida como vacía y su original planteamiento. En contra, que lo que podría haber sido una película redonda con un mensaje directo se pierda en un superfluo desenlace.

Fue este uno de los primeros papeles protagonistas de Will Smith, que reconducía su carrera hacia un perfil más serio lejos de la televisión. Lo acompañaban valores constrastados como Donald Sutherland, Ian McKellen o Stockard Hanning, cuyo papel fue nominado al Oscar a la mejor actriz. Un notable reparto que realza la película más destacable de la discreta filmografía de Fred Schepisi. Más que memorable, curiosa.

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Andrew Zimmerman
13 agosto 2010

Woody Allen nunca escondió la influencia que ejerció en su carrera artística el cine de Bergman. Ambos eran amigos y hablaban frecuentemente, divagando sobre el séptimo arte y otras cuestiones hasta la muerte del sueco en el año 2007. Allen admiraba a Bergman y viceversa, si bien el primero asumió con gusto su papel de alumno. Luego resultó bastante habitual que Allen introdujera referencias a Bergman en las escenas de sus películas.

En Maridos y Mujeres el influjo bergmaniano se hace evidente al comenzar con un prólogo similar al de Secretos De Un Matrimonio (Bergman, 1973), en el que un matrimonio anuncia a una pareja amiga su futura separación. En ese momento, la ruptura del primero afecta a la inercia del segundo, que se replantea su propia situación conyugal.

Allen parte de un planteamiento semejante para ir adquiriendo distancia conforme avanza su desarrollo y de este modo, si en la cinta de Bergman apenas veíamos otra cosa que no fuera el diálogo entre los protagonistas, en Maridos y Mujeres vemos como se amplía tanto el radio de acción como el elenco de principales y secundarios para dar forma a un relato coral que cuestiona el matrimonio y incita al debate sobre la existencia del amor eterno.

Como en la mayor parte de la filmografía de Allen, su radiografía social examina la clase medioalta newyorkina, personas acomodadas que añoran una estabilidad emocional que complemente su privilegiada situación económica. Allen se aleja de la comedia y rueda un melodrama estructuralmente anárquico, siempre impredecible, sujeto a la evolución de los personajes.

No será su mejor trabajo, pero sí un interesante cambio de registro que demuestra la versatilidad de su director, empeñado en diseccionar la pareja de finales de siglo XX, justo cuando el concepto tradicional del matrimonio occidental estaba mutando a una percepción más efímera, desarraigada y etérea.

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Andrew ZimmermanAndrew Zimmerman
Andrew Zimmerman
10 agosto 2010

Tengo prejuicios infundados sobre el cine de animación digital. Soy algo tradicional y me cuesta horrores acostumbrar la vista a personajes que ni son dibujos animados ni son de carne y hueso. Por ello, durante los primeros minutos de las películas de Pixar siempre ando despistado, viendo algo demasiado artificial para mi gusto.

Una vez superado este pequeño obstáculo (cuestión de 15 minutos), tengo que superar otro, el de las gafas tridimensionales. Toy Story 3 era la primera película que veía con este avanzado sistema de proyección, que se supone que aporta sensación de profundidad y de cercanía en la acción del filme. Puede que debido a mi ojo vago, el efecto 3D no tenga mucha repercusión en mi persona, pues apenas distinguí un par de escenas curiosas. Además me oscurecía demasiado los colores, similar a cuando te pones unas gafas de sol en un día nublado. Así que no me ha convencido del todo este sistema, casi que prefiero ver la película a la antigua usanza.

En cuanto a la película cometí el clásico error de leer demasiado sobre ella. Primero ojeé la ficha de Filmaffinity, rebosante de elogios, y me dejé llevar por varias opiniones vía Facebook que originaron en mí la idea preconcebida de asistir a la película del año. Probablemente merezca este calificativo porque las nuevas andanzas de estos simpáticos juguetes son un prodigio creativo, sobrado de originalidad, talento y ritmo. No da tregua al espectador y ofrece un humor apto para todos los públicos. En Pixar son unos auténticos genios a la hora de jugar con los dobles sentidos para hacer reír a los adultos sin levantar sospechas en los niños. Esto lo consiguen como ningún otro estudio. Sospecho que tienen detrás un privilegiado grupo de guionistas. Nadie puede dudar de la capacidad de una compañía de animación un escalón por encima de sus competidoras, capaz de dejar en un segundo plano la animación tradicional, nada menos que en una compañía tan clásica como Disney.

Pero no nos engañemos, Toy Story 3 es un producto destinado al público infanto-juvenil. Los adultos la podemos disfrutar tanto como cualquier niño, pero seguiremos estando ante una historia de juguetes que pretenden perpetuar su utilidad y demostrar por siempre cariño y lealtad a sus dueños. Un producto cándido que no engaña a nadie, estructurado sin disimulo al compás de sus dos predecesoras y del que cabe destacar el tronchante guión elaborado por Michael Arndt (Pequeña Miss Sunshine), repleto de situaciones desternillantes y ocurrentes sólo devaluado por el innecesario momento chicano de Buzz.

La última aventura de estos juguetes emociona (y de que manera, con ese perfecto final), divierte y consigue hacernos sentir como niños, esa impagable y tierna sensación.

Y mientras el campo de la animación digital sigue en alza con Pixar desatada, yo me adapto como puedo a una nueva manera de entender el cine de la que todavía guardo cierto recelo. Cuestión de modernizarse.

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ScriersScriers
Scriers
5 agosto 2010

Continuando con nuestro idilio con el cine clásico, una recomendación expresa de Eterno Viajero nos llevó directamente hacia La Soga (1984), una cinta de suspense de Alfred Hitchcock, donde el cineasta británico volvió a jugar con todos los elementos a su disposición para conformar una original cinta, aún recordada por el público.

Se trata de una película de intriga “post-mortis”, de marcadísimo carácter teatral y rodado a tiempo real, con apenas tres o cuatro cortes necesarios para cambiar los rollos de cinta y de ochenta minutos de duración.

El punto de partida de la película es sorprendente, pues rompe la estructura clásica del suspense. Hitchcock nos muestra el asesinato desde la primera escena y a partir de entonces la tensión y la intriga se centra en saber si los asesinos van a ser (o no) descubiertos. Justo antes de una reunión social, una cena de caracter festivo, llevados por la envidia y una extrañísima concepción de la vida, la muerte y el merecimiento de vivir o no, dos de los personajes asesinan a un tercero con una soga, escondiendo el cadáver dentro de un arcón que servirá de mesa para la cena.

A partir de ahí, se va sucediendo la llegada de personajes al escenario de la película (un solo espacio, de ahí su aspecto teatral) que enriquecen y conducen la trama hasta su resolución final. El más importante, el personaje interpretado por James Steward, un profesor de criminología convencido de la inexistencia del crimen perfecto. Sin embargo, con mayor o menos caricaturización y con más o menos motivaciones, cada personaje cumple una función específica y son necesarios para el juego que Hitchcock nos propone.

Con un desarrollo de la tensión “in crecento” y un tono que recuerda a Perry Mason, Agatha Christie o Se ha escrito un crimen, la película funciona hasta un final excesivamente moralizador expuesto en un primer plano innecesario. A nuestro juicio, Hitchcock le debería haber dejado más autonomía al espectador, al que siempre se le muestra y al final se le demuestra. Aún así, la película se sostiene y funciona notablemente, con una escena final llena de estilo, interpretaciones académicas y una estructura ingeniosa que demuestra el dominio de la técnica cinematográfica del director londinense.

El cluedo reversible de Hitckcock nos parece cine de muchos kilates y aún con sus ligeros defectos, una película de imprescindible visionado.

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ScriersScriers
Scriers
26 julio 2010

Estoy lleno de goce. Soy un tipo feliz. Esta semana he visto cinco película de Woody Allen, uno de los directores de cine más personales y aclamados de la historia. Sinceramente, habiendo visto Match Point y La rosa púrpura del Cairo, no podía declararme conocedor de su cine. Ahora, cinco películas después, puedo decir que voy descubriendo una particular manera de entender la vida, el cine y la sociedad, y que además, estoy de enhorabuena porque me quedan muchísimas películas suyas por ver.

¿Cuales han sido las elegidas? Pues por orden de visionado, que no cronológico: “Desmontando a Harry” (1997), “Manhattan” (1979), “Hannah y sus hermanas” (1986), “Nubes y niebla” (1991) y “Sueños de un seductor” (1972), que realmente dirigió Herbert Ross. Creo que representan bien y a grooso modo, el cine de Allen. Hablo aventuradamente, pues engloban algunas de las más conocidas y otros proyectos que sirvieron de homenaje hacia géneros preexistentes.

Woody amigo¿Qué tiene de especial el cine de Allen? Para mí, el discurso de Allen trata sobre el ser humano moderno, hombres y mujeres de la sociedad occidental que viven según las normas y contradicciones que les ha tocado vivir. En una sociedad de cambio el individuo resulta contraproducente. Pero este discurso se ha visto beneficiado porque la persona que lo plasma es un personaje muy peculiar. Neurótico, hipocondríaco, maniático, analítico, existencialista, de educación judía, entusiasta de la cultura, la música y sobre todo, de las mujeres.

Así, puedo entender que para mucha gente Allen sea un charlatán intelectualoide, pero creo que se quedan con la caricatura y no con el fondo de su obra. Una vez te acostumbras a él, ya solo puedes echarle de menos. Para despojarse de esa visión que se puede tener de él, solo hay que ver “Manhattan”, una de sus películas más aclamadas. En ella construye una crítica salvaje de la clase alta norteamericana, su alta cultura y sus falsas poses y apariencias. Y lo hace apoyándose en una de las características más patentes de su cine: La importancia del espacio. Cada película exprime la ciudad o el universo donde sucede la acción.

En “Nubes y niebla”, por ejemplo, aprovecha la frialdad y oscuridad de los callejones para retratar a una sociedad histérica, falsa e hipócrita, donde se construyen planes y perversiones en el silencio de la noche. Una sociedad que no es capaz de ponerse de acuerdo para afrontar el mal común. De paso hace un homenaje a las películas de terror alemanas de la primera mitad de siglo XX.

Otra de las características de su cine tiene que ver con los diálogos, capaces de introducir la reflexión más profunda en el momento más intrascendente. Y eso le lleva muchas veces a Allen al terreno del enredo y lo tragicómico, como en “Hannah y sus hermanas”. Pero no es un director exclusivo de diálogos, los monólogos los maneja con naturalidad y de manera liviana, no suena trascendente gracias a sus gotas de ironía y su corrosivo humor.

En “Desmontando a Harry” gran parte de la acción transcurre en la mente de su protagonista o es consecuencia directa de sus pensamientos. Normal, por otra parte, tratándose de un escritor. Y es que la biografía de Allen está plagada de creadores. Escritores, guionistas, productores, directores de cine, pintores, artistas de circo… toda una declaración de intenciones. El uso y abuso de estos personajes y su modo de vida constituye de igual forma una crítica que un homenaje (como el homenaje a Casablanca que es “Sueños de un seductor”). Allen no puede vivir sin el arte, pero tiene la capacidad suficiente para criticar su búsqueda.

En fin, mi aventura de verano con el cine de Allen amenaza con más episodios, con hacerme descubrir nuevas peliculas que me hagan entender un poco mejor este mundo y los seres que lo habitan. Bravo Woody, ya tienes un fan más.

Scriers.

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