Match Point, el punto perfecto de Allen
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Match Point es una rareza en la filmografía de Woody Allen de la última década. Habituado a rodar sofisticadas comedias de tono amable e intelectual, con esta escapada a Londres, el cineasta newyorquino se marca una intensa historia de pasiones desatadas, absorbente y trágica, que no parece producto de su cabeza, sino más bien una obra firmada por Anthony Minghella o el Hitchcock más cotidiano. En este sentido, Allen se traiciona a sí mismo, huye de sus patrones fílmicos y se decanta por una dirección clásica, suave y elegante en la que los diálogos largos y brillantes marca de la casa brillan por su ausencia. En cambio, estos son certeros, directos, poco rimbombantes. El sorprendente cambio de estilo, lejos de enturbiar el resultado final, mejora con creces lo que Allen nos venía ofreciendo estos últimos años, pues demuestra que aunque domine perfectamente la comedia, es capaz de atrapar al espectador con otro registro y hacerlo preso de una dura intriga sobre la ambición, el amor y el status social. Lo hace moldeando perfectamente a los personajes, siempre verosímiles y convincentes. Jonathan Rhys Meyers borda el frío papel de Chris Wilton, un profesor de tenis que acaba engullido por un mundo de apariencia y dinero, preso de su incontrolable deseo por Nola Rice (la irresistible Scarlett Johansson). El agobiante desarrollo y ese final estilo A Dos Metros Bajo Tierra -con una interesante moraleja incluida- sólo podría estar al alcance de una mente privilegiada, de un autor que maneja con sabiduría e inteligencia los compases del thriller sin admitir fisuras, de una de las grandes personalidades del séptimo arte. Estamos ante la que podemos considerar, de largo y sin temor a equivocarnos, la mejor película de Allen en este último decenio. Una verdadera joya.

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El Soplón. Un chivatazo soporífero
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Si como hemos podido leer Matt Damon tuvo que engordar más de 15 kilos para interpretar el papel de Mark Whitacre, un ejecutivo de una gran empresa agrícola que se convierte en un informador del FBI, su esfuerzo fue en vano en lo que a convicción y caracterización se refiere. El devenir del insulso protagonista de El Soplón aburre al espectador, que acaba sacando la bandera blanca ante el enrevesado y aburrido entramado confeccionado por Steven Soderbergh, realizador que desde Traffic no ha vuelto a deslumbrar pese a que podamos suponerle un talento especial para el séptimo arte.

A este tipo de películas, que constituyen un reconocible género que podríamos denominar como fraud movies, el tono de comedia no le sienta nada bien, sobre todo si sus escenas no son especialmente divertidas. Esa molesta y tontorrona banda sonora y la indolente actitud de sus personajes hacen que el relato parezca inverosimil, pues Whitacre engaña y estafa con un inoportuno tono desenfadado, lejos del agobio y la incertidumbre que sí supieron transmitir títulos como Michael Clayton, Atrápame Si Puedes o Rogue Trader.

En su intento por desmarcarse de la tónica general, Soderbergh ha firmado una película tan extraña como cansina, que patina desde un principio, se hace larga y en la que resulta imposible simpatizar con su protagonista. Comentan que hizo reír al público congregado en el festival de Venecia, pero por más que la reviso, a la penúltima cinta de Soderbegh no le veo la gracia por ningún lado.

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Pozos de Ambición; sanguinolento retrato de la codicia
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Paul Thomas Anderson es uno de esos cineastas modernos que siempre intenta, con mayor o menor fortuna, imprimir un sello distintivo a cada una de sus películas. A sus prometedores comienzos con Sidney o Boggie Nights le sucedió su gran obra maestra, Magnolia, la que tranquilamente puede considerarse la obra coral más interesante de cuantas haya facturado Hollywood. Poco después sorprendía a propios y extraños con la delirante e hipnótica Punch-Drunk Love, que recibió un hostil varapalo por parte de la crítica. Cal y arena en la obra de un director singular, que con su último estreno, Pozos de Ambición, vuelve a demostrar una personalidad única e irreverente a la hora de hacer cine. En esta ocasión deja al espectador perplejo con un durísimo relato sobre la explotación petrolifera en EEUU durante las primeras décadas del siglo XX. Anderson teje una oscura trama sobre la avaricía y la desconfianza humana contextualizándola en los áridos paisajes de Texas, y cediendo lo galones a un exagerado Daniel Day-Lewis, cuya cara de pocos amigos se perpetúa a lo largo de las casi dos horas y media de película. Sobreactuaciones al margen, la ambientación de la cinta recuerda inequívocamente a la de la serie Deadwood, no solo por el hecho de acentuar el realismo sucio, sino también por su recreación del Oeste y la falta de escrúpulos en las escenas de conflicto. Crudeza extrapolable al carácter de Daniel Plainview, un petrolero en busca de fortuna preso de sus ansias de poder, obsesionado por no dejarse pisotear. A través del deterioro de su vida personal, tan emergente como su patrimonio, Anderson indaga en otras muchas cuestiones tales como las relación paternofilial, la corrupción empresarial o el fanatismo religioso. Pero en su intento por facturar una descarnada adaptación de la novela de Upton Sinclair, Anderson se olvida de conmover, se obceca en su protagonista descuidando a los secundarios e individualizando al extremo el relato. Es curioso que un maestro en repartos corales cojee en esta faceta, dejando lo que podía ser una interesante reflexión sobre el choque de aspiraciones vitales en un torpe y sanguinario retrato sobre la codicia.

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Friday Night Lights, cuarta temporada. Al mando de un equipo perdedor
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Los Panters de Dillon son historia para el entrenador Taylor. Una vez cesado por la junta directiva, se hace cargo de un equipo que debe de renacer de sus cenizas partiendo de cero. El nuevo conjunto, los Lions de Dillon, se ubican al este de la ciudad y no dispone ni de jugadores con experiencia ni de campo de juego. Su reconstrucción será la premisa de la que parte Friday Night Lights en su cuarta (¿y penúltima?) temporada.

Taylor tiene la difícil misión de formar a un grupo de inexpertos jugadores procedentes de los barrios marginales de la ciudad, educarlos y armar un equipo capaz de ganar algún partido. Pero no se acaban ahí sus problemas, pues su mujer, directora del colegio de los Panters (su antiguo equipo), se verá pronto en la encrucijada de soportar críticas que la acusan de actuar por el bien de su marido. Su hija Julie deberá elegir su destino, ¿universidad o la cárcel que aparenta ser Dillon?. Mientras, Matt Saracen, alejado de los campos de football, explorará su faceta artística y tendrá que hacer frente a inconvenientes muy serios que pondrá en tela de juicio su escala de prioridades. Otros personajes como la familia Riggins y Landry Clarke continúan estando entre los protagonistas de un reparto que sabe reciclarse con medio elenco nuevo. De este modo, la presentación de sus nuevos personajes, algo forzadas, será la tónica de los primeros episodios de una cuarta temporada que irá creciendo poco a poco hasta tener varios capítulos antológicos. No será la mejor sesión, pero deja momentos emocionantes. Escenas que demuestran que la serie ha sabido renovarse y madurar, pues aunque el matiz teenager sigue latente, las cuestiones planteadas son definitivamente más adultas, coqueteando con el existencialismo adolescente y abordando la complejidad de las relaciones institucionales y otras temáticas ya clásicas como el racismo, las costumbres americanas o el arraigo paternofilial.

En definitiva, un paso hacia delante de una serie que en España no ha calado por motivos varios; su marcado acento americano, el poco disimulado carácter teenager y el protagonismo de un deporte que no se practica en nuestro país como es el fútbol americano. Lastres demasiado grandes como para hacerse un hueco entre una audiencia tentada con infinitas posibilidades televisivas. Aún así, y para los que no se hayan decidido, linkeo estas nueve razones para ver Friday Night Lights. Todo sea porque cada vez seamos más los que apoyen las andanzas del entrenador Taylor y sus nuevos Lions de Dillon.

PD: Para los seguidores acerrimos, atentos a las sutiles referencias a personajes que han pasado por la serie porque están escondidas y son realmente curiosas.

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Generation Kill; crónica de una guerra absurda
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David Simon y su inseparable Ed Burns, a los que recordamos por esa obra maestra llamada The Wire, concibieron en 2008 Generation Kill, un acercamiento a la Guerra de Iraq en clave de teleserie basado en el libro homónimo de Evan Wright, periodista de la Rolling Stone que estuvo infiltrado en uno de los batallones del ejército estadounidense. Con este material, y remitiéndonos al título de la serie, podríamos pensar en un producto puramente bélico enfocado al ardor de la batalla, en un espectáculo a base de disparos, fuego y explosiones. Sin embargo, Simon y Burns, que delegan con acierto en Sussana White, Simon Cellan Jones y Patrick Norris las labores de dirección, optan por un relato realista y fidedigno de lo acontecido en Iraq en aquel fatídico y absurdo 2003.

Nos introducimos, a modo de road movie, en el segundo pelotón de infantería de reconocimiento del cuerpo de marines de los EEUU. La idea de Simon era describir con detalle la operación ‘Libertad para Iraq’ desde el prisma de un pelotón, a pie de campo, con todo lo bueno y malo que ello conlleva. Lo malo es que la representación es tan veraz que a uno le da la sensación de estar en un documental o en uno de esos programas de reporteros tan multiplicados hoy en día. Así, los siete episodios carecen de ese sentido cinematográfico presente en otros títulos afines como Hermanos de Sangre o La Delgada Línea Roja. Ni rastro de pinceladas hollywoodienses, puro hiperrealismo bélico. Simon prefiere, como ya sucedía en The Wire, una narración pausada y detallista que, apoyada en una magistral escenificación de la contienda (la recreación llevada a cabo en Mozambique y Sudáfrica parece el mismo Iraq) traslada al espectador al asfixiante desierto iraquí con una notable veracidad.

El cuidadoso elenco protagonista, del que sobresalen Alexander Skarsgard en el papel del sargento Brad y James Ransone como el cabo Ray, otorga credibilidad a ese grupo de marines de guerra tan heterogéneo. Tenemos al clásico soldado descerebrado, patriota y racista, que ansia matar iraquíes, al reflexivo y corpulento sargento, a un chiflado y charlatán conductor o al estratega teniente coronel entre otros muchos. Se le critica a Simon su esmero por reproducir fielmente las relaciones entre estos marines, que a sus diálogos le sobran bromas sexuales y les falta argumento. No estoy de acuerdo. Simon es sutil, pues muestra más que lo que enseña, invita a conocer las inquietudes de sus protagonistas através de gestos, comentarios ocasionales o acciones. Pero lo que sí recalca es la indignación de estos al llegar a Bagdad, al comprobar lo absurdo de una guerra inventada por capricho de los gobernantes. Pero antes ya había sacudido las conciencias con el feroz realismo de la batalla. Porque Generation Kill no se autocensura y si tiene que mostrar a un niño cosido a balazos o un iraquí sin piernas, lo enseña sin pudor. Imágenes duras para trasladarnos al infierno de un páis sumido en el caos organizativo, donde resistentes, opositores y bandidos conviven con ciudadanos de a pie, inocentes sin más más incentivo que el de sobrevivir a la guerra.

Generation Kill capta con audacia el amargo sabor de un conflicto armado que ni descubrió armas de destrucción masiva, ni liberó plenamente al pueblo iraquí, ni trajo paz a oriente medio. En cambio, la primera gran guerra del siglo XXI  trajo consigo la primera protesta antibelicista a nivel mundial y sumió al pueblo iraquí en un estado desesperanzador de incertidumbre.

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