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Boyhood. Retales de una vida

Redactado y publicado por el Miércoles, 24 septiembre 2014No hay comentarios

Suena el despertador, te levantas de la cama y te preparas apresuradamente para una dura jornada. Cuando regresas a casa y paras a pensar, ha pasado un día de tu vida. Puede ocurrir que encadenes una etapa absorto en la vertiginosa dinámica de nuestros tiempos y a la hora de echar la vista atrás, hayan transcurrido uno o dos años. Y así se nos va la vida, casi sin darnos cuenta.

Boyhood

Algo similar debe rondar por la cabeza de Richard Linklater (Huston, 1960), que parece empeñado en reflexionar sobre una de las inquietudes más tratadas de la historia del cine: el transcurrir del tiempo. Una temática que no le resulta nueva, pues ya abordó el desgaste que sufre el amor al tachar las hojas del calendario en la fantástica trilogía “Antes”. Entonces decidió grabar la historia de amor entre un escritor y una estudiante contando el momento exacto en que se encuentran cada 10 años (prácticamente a tiempo real). Linklater rodó  “Antes del amanecer” en 1995, “Antes del atardecer” en 2004 y “Antes del anochecer” en 2013. El resultado fue un sugerente e intelectual ensayo sobre el pulso que le echa la rutina al amor y la erosión sentimental.

El autor repite con Boyhood el ejercicio de grabar a tiempo real, esta vez de una forma más impactante, grabando anualmente durante el periodo comprendido entre 2002 y 2013, en tan sólo 39 días de rodaje. En esta ocasión enfoca su atención en la adolescencia de Mason, un introvertido chico que crece en el seno de una familia nómada y disfuncional que no le permite una vida cómoda. Mason es hilo conductor de un relato profundo -aunque no demasiado emocionante- que cuestiona el modelo de vida americano con ironía y crítica, mientras va describiendo el vacío emocional de sus protagonistas. Y si ya es curioso contemplar la evolución física de cada personaje resulta igualmente atractivo ver cómo muta su foro interno. El tránsito hacia la madurez de Mason va señalando muchas de las dificultades de la vida adulta, reflejada en las vidas paralelas de sus padres (unos geniales Patricia Arquette y Ethan Hawke). Y es que Linklater intenta involucrar a toda la audiencia en esta inaudita experiencia cinéfila que plantea un sinfín de interrogantes técnicos: ¿Se habrá quedado en el camino algún actor a lo largo de estos trece años? ¿Cómo consigue esa coherencia y empaque visual en más de una decena de secuencias? ¿Qué tipo de contrato se ofreció a sus participantes?…

Incognitas al margen, Boyhood es a su vez una estampa de la cultura occidental de principios de siglo XXI. Linklater utiliza referencias culturales muy diversas (Dragon Ball, The Beatles, Harry Potter, la Game Boy…) para hacernos cómplices de su experimento. Y lo consigue, al final imaginamos nuestro propio album de fotos, examinamos el camino recorrido preguntándonos lo mismo que Mason: “¿Cuál es el sentido de esto?”.

No busquen. No encontrarán nada como Boyhood en cartelera porque nadie se ha atrevido a sacar adelante una idea a priori tan descabellada en la industria de Hollywood. De momento es la película del 2014 y, quizás, la más ambiciosa de lo que llevamos de década. Hasta que veamos otra de igual calado en las salas de cine puede pasar mucho tiempo. Probablemente, más tiempo del que imaginamos.