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Barca – Xerez, 24/4/2010. Un partido para el recuerdo

Redactado y publicado por el Miércoles, 28 abril 2010No hay comentarios

Cuando el perdedor de Cuco Ziganda dejó al Xerez hundido en la miseria con un pésimo balance de 7 puntos sobre 51 posibles, media ciudad pensaba que llegar a finales de Abril con aspiraciones de mantenerse era poco menos que una quimera futbolística. Más aún cuando conocimos su sucesor. Un tal Gorosito, un entrenador argentino de medio pelo cuya última experiencia en River Plate fue un precipitado fracaso. En la ciudad caía simpático por su innegable parecido físico con el cantaor flamenco El Capullo de Jerez, pero nadie sabía nada de él. El Pipo cambió el discurso y en lugar de considerar que tres llegadas a puerta por partido suponía un éxito (como afirmaba el fracasado Ziganda en rueda de prensa) dijo que era difícil ganar si no se pensaba en el arco contrario. Y gritó a los cuatro vientos un discurso optimista que solo se creía él. 16 partidos después de su llegada, el Xerez de Gorosito sumó 20 puntos más, que si bien no son números escandalosamente buenos, fueron suficientes para tener unas mínimas esperanzas de salvación. Su mérito es enorme. Tanto, que ha cambiado la concepción del equipo fuera de nuestras fronteras. A las pruebas me remito: “Sin duda, el Xerez juega muchísimo mejor que cualquiera de los equipos que le hacen de tapón en su escalada y sólo la novatada de estrenarse en la élite de nuestro fútbol, con un arranque de campeonato horroroso, le pueden condenar a un inmerecido descenso. El equipo de Gorosito defiende duro (ayer dispuso una zaga con tres centrales y dos carrileros), maneja bien (a dos toques como máximo) y sus hombres de ataque son tan habilidosos como molestos para los rivales” (Diario As, crónica post-partido).

Por el buen momento del equipo, no podíamos pasar la oportunidad de viajar a Barcelona para ver a los dos equipos de nuestros amores; el mejor equipo jamás visto (el Pep Team) y el Xerez de Gorosito. Un partido en el que tendríamos el corazón dividido. Porque ya dijimos en El Club que somos culés, pero también xerecistas.

Y allá fuimos, un grupo de jóvenes descerebrados capaces de recorrer más de 1000 kilómetros para presenciar lo que para nosotros era un partido histórico, un Barça-Xerez, palabras mayores. Al llegar a Barcelonas pudimos comprobar la grandeza de la ciudad y el hecho de que, para todos los culés, este no era más que un partido de trámite antes del encuentro más importante de toda la temporada, el que le enfrentará hoy al Inter de Milán. Por las calles, nos convertirmos en dicharacheros xerecistas, fotografiándonos con todo aquel que nos lo propuso. Una primaveral e inolvidable mañana.

Tras una reponedora siesta en los aledaños del Camp Nou, hicimos el correspondiente botellón prepartido, algo básico para animarnos tras un viaje tan largo. Entramos en el estadio cual elefante hace su aparición por una cacharrería; cantando y danzando. Una vez dentro, la enormidad de ese templo del fútbol nos dejó anonadados. 90.000 asientos y el brutal despliegue de medios le hace sentir a uno muy insignificante.

Al rato comenzó el partido. Para el que no lo viera lo resumiré en pocas palabras; el Xerez plantó cara a un Barça que salió con muchos suplentes y tuvo que recurrir a Messi (le diremos a nuestros nietos que lo vimos jugar) y Piqué para amarrar los tres puntos. Los de Gorosito hicieron un partido tremendo, valiente, enmudeció varias veces al Camp Nou y salió con la moral bien alta. Lástima los deleznables 10 últimos minutos, en los que los xerecistas se emplearon con excesiva dureza y el público local nos recordó que nos ibamos a segunda.

Pero ni eso pudo empañar nuestro momento de gloria. He de decir que a pesar de que el Barça se jugaba media liga y de considerarme culé convencido, mi corazoncito se alió con el Xerez, y así grité el gol de Bermejo como si lo hubiera marcado yo mismo. Supongo, que entre tanto catalán malhumorado, me sentí más cómodo con mis colores blanquiazules.

En nuestra memoria quedará un viaje repleto de anecdotas al que bautizamos como “el viaje paranoia” y el hecho de ver al equipo de nuestra garrapatera ciudad plantarle cara a un gigante. Por momentos pareció que David ganaría la batalla a Goliath. No pudo ser, pero a buen seguro que un servidor y sus compañeros de viaje nunca olvidarán lo allí vivido, tanto dentro como fuera del estadio. Una uñita para el recuerdo.

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