Avatar, Superproducciones Cameron S.A.
Retomamos la actividad en el blog (es Navidad, y en Navidad se descansa, ya saben) con la película comercial de final de año por excelencia: Avatar, de James Cameron.
James Cameron trabajó en este proyecto, escribiendo un guión de unas ciento catorce páginas. La idea era ir desarrollándolo hasta que se hiciera película después de Titanic, pero las limitaciones tecnológicas para conseguir una recreación perfecta de ese mundo instalado en la mente de Cameron aconsejaban dejar que sucediera algo de tiempo hasta encontrar los recursos necesarios. La película se ha estrenado en casi todo el mundo en dos fechas, 16 y 19 de diciembre.
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La historia no resulta nada novedosa en el mundo del cine, sí la recreación que realiza Cameron y la amplitud de su fantasía, de los condicionantes de ese mundo que crea sin fisuras ni incongruencias, pero el trazo argumental ya nos suena, está masticado por muchas otras películas (Tarzán o Pocahontas, por ejemplo). Y sí, ya podéis adivinarlo, tiene un transfondo ecológico. Pero también un transfondo en el que el mensaje que filtra es la tolerancia. Puede parecer muy básico, pero quizás para un público adolescente sirva. También sirve para un público adulto la exhibición de recursos tecnológicos, planos y secuencias que se desarrollan en la película. Sólo los mejores profesionales son capaces de darle verosimilitud a ese mundo.
Se nota que es un proyecto personal, en el que descansan horas y horas de trabajo de su autor, James Cameron, y eso se refleja en que se ha luchado por el máximo presupuesto y los mejores profesionales. Excepto en un apartado: para no disparar los costes, los actores seleccionados fueron relativamente desconocidos para el gran público (a excepción del caso de Sigourney Weaver).
¿Y cual es la historia de Avatar? Pues muy sencilla. Estamos en el futuro en el que el ser humano se ha convertido en una especie de colonizador espacial. Va dónde quiere y consigue lo que quiere. En este caso, visita Pandora, un planeta virgen en tecnología y de naturaleza increíblemente diversa. Como si el Amazonas más puro cubriera todo el planeta Tierra. La única pega es que la atmósfera es tóxica para el ser humano y no puede manejarse allí de no ser por las máscaras que utilizan. La especie que puebla en mayor medida Pandora se llaman Navis, una raza de humanoides (más atléticos, fuertes y capaces que el ser humano) que habitan el planeta en comunión con la naturaleza y bajo una forma de vida regida con costumbres asentadas desde el comienzo de los tiempos. El problema es que los Navis asientan su poblado bajo un gigantesco árbol rico en Unobtainium, un mineral cotizadísimo entre la raza humana y de gran poder económico. Es la obsesión por conseguir este material, lo que lleva a una empresa humana a desarrollar el proyecto AVATAR, que consiste en infiltrar a un Navi, un humanoide, creado genéticamente en una especie de caldos de cultivo y con una unión neurofuncional a través de una segunda máquina, que une la mente del ser humano con la del humanoide. Así leído, parece más complejo de lo que es. En realidad es la historia de una colonización interesada, la de la búsqueda de unos recursos aún a costa de destrozar el hábitat original, la historia de la resistencia de un pueblo y del descubrimiento de otra “manera de existir”. Y eso ya nos suena más.
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Y no hay nada que reprochar en ese aspecto. Uno puede contar lo mismo pero puede hacerlo de manera diferente. Llevando a esos matices diferenciales a ocuparlo todo. Avatar lo consigue a medias. Las costumbres de los Navis, su mundo, atraen y conquistan al espectador, que pasa desde el punto de vista humano (al principio lo de afuera es un peligro y nada más) al punto de vista de los Navis (amor por todo ese entorno). La inclusión de videoblogs y de tecnicismos conocidos por el espectador también ayudan a esa empatía. Es después, cuando uno conforma el retrato coral de la película, cuando se hace previsible y repetitiva. Los malos son exageradamente malos, los buenos encendidamente buenos, no hay personalidades confusas, no hay medias tintas, todo el mundo se posiciona de un lado u otro, no hay lugar a la incertidumbre ni al debate moral. Cuando te das cuenta, la película ya ha dictado sentencia de una manera tan simple que decepciona.
Para el gusto de un servidor, la película pasa por un filtro Holliwoodiense típico de superproducciones de ciencia ficción. Redunda en estereotipos mil veces vistos… y eso le resta potencia a la película. Bien me dirán, ¿Y qué esperas de Avatar, una de las películas más caras del año, dirigida por James Cameron, autor de Terminator o Titanic? Pues esperaba algo parecido a Terminator 2, un guión menos previsible y algo de riesgo en los personajes y en las situaciones. Finalmente no se da, pero el espectáculo técnico visual desplegado es brutal, una apisonadora de sensaciones (sobre todo en 3D). Los aspectos diferenciales del mundo Navi también son geniales, como cuando se alían con los entes voladores, cuando rezan todos juntos o las ceremonias de apreciación del pueblo.
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Al final es lo de siempre, si vamos a una superproducción tenemos que ser conscientes de a qué vamos y para qué vamos. Tenemos que comprender de que hay personajes que están hechos para que el gran público pronto empatice con él, o pronto reniegue de sus pretensiones. Que dene existir una satisfacción masiva para que el boca a oído lleve al máximo de espectadores posibles al cine, aún cuando las campañas propagandísticas no funcionen. Todo es negocio y todo nace de una idea fuera del negocio, de creer en una historia, de un proyecto personal. De esa bipolaridad vive Avatar, tan genial como previsible, tan espectacular como antes conocida.
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Scriers.


De las 114 páginas de guión, en las 100 primeras Cameron apuntó qué se iba a comprar con la pasta que Avatar le va a dar. En las 14 últimas creo que escribió ‘tipos que parecen buenos que al final son malos y bichos raros marginados que al final son buenos’, ‘historia de amor’, ‘cosas que vuelen hacia el espectador’.
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