
Hace poco debatiamos en El Club sobre redes p2p y el intercambio de archivos. En los comentarios de dicho post, llegábamos a la conclusión de que apenas comprábamos discos. Y es que, como Eterno Viajero apuntaba, los cds que adquiriamos acababan por coger polvo en la estantería. Su uso en nuestras vidas (y en una gran parte de la juventud actual) hoy día es ínfimo. Hemos cambiado de costumbre y ahora el CD apenas se escucha en casa, para eso disponemos del ordenador portatil o los reproductores de mp3, que conectamos directamente a los altavoces. Cuestión de hábitos. Ahora nos resulta más cómodo hacer lo segundo. Resulta más rápido, funcional y no necesitamos un soporte tangibe. Tampoco dinero, y esta gratuidad en tiempos de crisis, se agradece un rato.
Si nosotros, melómanos y coleccionistas por naturaleza, hemos sucumbido a la comodidad que nos ofrecen las nuevas tecnologías, no quiero ni pensar en aquellas personas para los que la música es algo totalmente secundario.
¿A qué viene todo esto? Pues a la noticia publicada por Promusicae que hace balance de las ventas de cds del pasado año. Durante el 2009, tan solo tres discos, los nuevos trabajos de Joaquín Sabina, Fito & Fitipaldis y Alejandro Sanz, superaron las 100.000 copias. Si comparamos el 2009 con finales de los noventa y/o principios del milenio, los datos hablan por sí solos. En esos años, discos como los debuts de Estopa y Alex Ubago, el “Estrella de Mar” de Amaral, o “El Viaje de Copperpot” de la Oreja de Van Gogh, por ejemplificar, superaban el millón de ejemplares vendidos. En la actualidad es raro el disco que llega a vender 10.000 unidades. Un 90% menos en los discos que ocupan los primeros puestos de la lista de venta. ¿Estamos viviendo la agonía de la industria discográfica?
No. Simplemente hemos cambiado de formato. La anterior noticia puede complementarse con esta otra para ampliar la perspectiva: El 27% de los ingresos actuales de la industria discográfica proceden de formatos, servicios y canales digitales, llámese Spotify, Vodafones, Itunes o como se quiera llamar. Es decir, que gran parte de su facturación procede, no de la compra directa de un cd, sino de los medios digitales. El coste de estas operaciones es más reducido que fabricar un disco. O sea, que las discográficas sacan partido de Internet. Más tarde de lo debido, pero finalmente han tenido que adaptarse a un formato que demandaba el propio consumidor. Evidentemente, la libre circulación de archivos mp3 sigue siendo una tónica general, pero pese a ello, el trozo del pastel es considerable.

Si tenemos en cuenta que el número de conciertos que se realizan en España está creciendo desde hace varios años (y por consiguiente, el número de espectadores) y que las discográficas, con una política más que cuestionable, han decidido cobrar royalties a sus músicos (hablo de memoria, pero creo que se sitúa en torno a un 5 o 10% de la recaudación total de cada concierto), las cuentas de la industria no son tan ruinosas. Eso sí, está obligando a los músicos a ganarse el pan poniéndose el mono de trabajo, saliendo a la carretera y duplicando el número de recitales. Las pequeñas giras del principio de los noventas han dado lugar a macrogiras de año y medio. Sencillamente porque el músico ya no puede sentarse a esperar como crece su cuenta bancaria por la venta de discos. Ahora se ven obligados a tocar y tocar. Para ellos resulta más incómodo pero más gratificante. Así que todo queda en la vocación de cada cual.
Sin embargo, esta medida puesta en marcha por las discográficas con más peso, está provocando una paulatina tendencia a la autoedición y el crecimiento de sellos independientes, aquellos que no cobran al músico por su propio recital. Todavía está en pañales, pero la autoedición es el futuro. Tiempo al tiempo.
Como Enrique Dans decía, la evolución digital no conlleva que se escuche menos música o se vean menos películas, simplemente se trata de un cambio en las vías de consumo y que todo el sistema económico está reorganizándose. Se consume más música que antes, eso no hay ninguna duda, pero años atrás la industria discográfica se lucraba más facilmente con un método directo y eficaz: sacaba discos al mercado y hacía caja. Ahora tiene que investigar nuevas fórmulas de venta, modernización y desarrollo. Tiene que negociar con los músicos, (algunas) reconvertirse a promotoras y conectar con el público joven. El problema es que les pilló el toro porque nunca pensaron que la caída en las ventas de discos fuese tan precipitada. Y claro, deben ponerse al día cuanto antes, pues el que más rápido se adapte a los cambios, mayor tajada conseguirá.
El victimismo de la industria y los músicos se debe en gran parte a que no toleran que sus trabajos circulen libremente por la red. En este sentido, mi reflexión es la siguiente: ¿no han pensando en la cantidad de seguidores que han ganado gracias a la difusión digital de sus obras? Porque el incremento en el número de espectadores que acuden a los conciertos está directamente relacionado, eso me parece evidente. Y ese es un dinero que percibe directamente cada músico.
Por tanto, el intercambio de archivos otorga información al consumidor y abre un mundo de posibilidades. Muchos de los incipientes festivales de hoy en día nacieron en la red. Algunos grupos ascendieron al mainstream gracias a portales como Myspace o Youtube. De esta forma, las redes pueden considerarse el mayor enemigo de la industria o también una poderosa arma de difusión, promoción y desarrollo. Todo depende del cristal con que se mire y lo lejano o cercano que nos alcance la vista.
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