Andrew ZimmermanAndrew Zimmerman
Andrew Zimmerman
31 agosto 2010

En cierta ocasión le preguntaron a Woody Allen que porqué no hacía un cine más específico, como por ejemplo algo centrado en un hecho histórico concreto. Respondió que a él le interesaban temas más genéricos, esas cuestiones que siempre han preocupado a nuestra sociedad, interrogantes que nos acompañarán por mucho tiempo inherentes a la condición humana. Son sus preferencias, sus inquietudes, y en ellas se encuentra inmerso.

Con Conocerás Al Hombre De Tus Sueños, Allen sigue urgando en las contradicciones vitales que nos inquietan, esta vez parodiando con acidez el devenir de una familia acomodada cuya estabilidad se tambalea. Vuelve a optar por un reparto coral para un relato que no admite tregua, que persigue el interés de sus protagonistas sin preocuparse en cuantos giros de tuerca tenga que dar para decirnos aquello que pretende. En este sentido, nada nuevo para los que conocemos el cine del newyorkino. Lo que si sorprende es que Allen haya jugado con el destino de sus personajes de una manera tan cruel, tan ingrata. Aunque aliviados por su característico toque de humor fino, Allen no deja títere con cabeza y amonesta la inmadurez del que se resiste a envejecer, al perezoso con ansias de reconocimiento, quien no acepta la verdad aunque esta le mire directamente a los ojos o a la incapaz de reordenar sus prioridades sin egoismo. Juega así con nuestras dudas como maquieavélico titiritero y nos reserva un manjar agrio en un epílogo desolador.

Comprobamos también, que Allen sigue hilando fino en sus casting. En su reparto de lujo, podemos medir la grandeza de actores como Hopkins o Banderas, que secundando a una inmensa Naomi Watts (ojo a la filmografía que se está labrando esta mujer), asumen con naturalidad el ritmo marca de la casa de Allen.

Por todo ello, no puedo sino aplaudir una vez más la constancia de este señor, que nos guarda anualmente una ración de cine de indudable lucidez a pesar de encontrarse al borde de los 75 años. Le perdono que ya en la recta final de su carrera se haya vuelto más melodramático, pues es una tendencia lógica a su edad. Al fin y al cabo, ya no importan tanto la eficacia de sus gags como el mensaje final de esta película para el recuerdo, un brillantísimo ensayo sobre la infelicidad humana. O lo que es lo mismo, su enésima obra maestra.

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Andrew Zimmerman
25 agosto 2010

Hemos pasado un verano algo perezoso en El Club, sobre todo en esta última quincena en la que el ritmo de actualización ha sido más bien bajo. Ya sabemos como son las vacaciones. Así que mientras retomamos el ritmo normal del blog, vamos a referirnos a la última película que hemos visto en nuestro videoforum semanal, Seis Grados De Separación, un film interesante que tuvo un discreto paso por las salas en el momento de su estreno (principios de los noventa) y que elegí sin saber bien que íbamos a ver, guiado por su atrayente título, basado en la teoría del escritor Karinthy Frigyes.

Lo que podríamos pensar fuese un relato coral sujeto a personajes entrelazados estilo Rodrigo García, deriva en una película de carácter teatral (de hecho hablamos de una adaptación de la obra del dramaturgo John Guare) que nos describe la osadía de un joven que aprovecha las conexiones existentes entre la alta sociedad newyorkina para, sin un propósito claro, introducirse en ella y disfrutar de sus privilegios.

Pese a que comienza con una meticulosa puesta en escena llena de ritmo que apenas deja respirar al espectador, el relato va desinflándose como un globo sin rumbo conforme pasan los minutos. Quizás una reducción en su metraje le hubiera venido bien, no solo por una cuestión de concisión, sino porque aguantar la pedantería y la verborrea de sus protagonistas resulta una experiencia agotadora. Parece como si el Woody Allen más neurótico y corrosivo hubiera filmado la primera hora. Además, sus abundantes referencias artísticas (Sidney Poitier, J.D. Salinger o Kandinski entre otros) y múltiples divagaciones existencialistas exigen al espectador una inusitada concentración.

A su favor, la constante burla hacia esa presuntuosa burguesía de Manhattan, obcecada por la apariencia y el dinero, su consecuente repudio a una élite tan presumida como vacía y su original planteamiento. En contra, que lo que podría haber sido una película redonda con un mensaje directo se pierda en un superfluo desenlace.

Fue este uno de los primeros papeles protagonistas de Will Smith, que reconducía su carrera hacia un perfil más serio lejos de la televisión. Lo acompañaban valores constrastados como Donald Sutherland, Ian McKellen o Stockard Hanning, cuyo papel fue nominado al Oscar a la mejor actriz. Un notable reparto que realza la película más destacable de la discreta filmografía de Fred Schepisi. Más que memorable, curiosa.

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Andrew Zimmerman
13 agosto 2010

Woody Allen nunca escondió la influencia que ejerció en su carrera artística el cine de Bergman. Ambos eran amigos y hablaban frecuentemente, divagando sobre el séptimo arte y otras cuestiones hasta la muerte del sueco en el año 2007. Allen admiraba a Bergman y viceversa, si bien el primero asumió con gusto su papel de alumno. Luego resultó bastante habitual que Allen introdujera referencias a Bergman en las escenas de sus películas.

En Maridos y Mujeres el influjo bergmaniano se hace evidente al comenzar con un prólogo similar al de Secretos De Un Matrimonio (Bergman, 1973), en el que un matrimonio anuncia a una pareja amiga su futura separación. En ese momento, la ruptura del primero afecta a la inercia del segundo, que se replantea su propia situación conyugal.

Allen parte de un planteamiento semejante para ir adquiriendo distancia conforme avanza su desarrollo y de este modo, si en la cinta de Bergman apenas veíamos otra cosa que no fuera el diálogo entre los protagonistas, en Maridos y Mujeres vemos como se amplía tanto el radio de acción como el elenco de principales y secundarios para dar forma a un relato coral que cuestiona el matrimonio y incita al debate sobre la existencia del amor eterno.

Como en la mayor parte de la filmografía de Allen, su radiografía social examina la clase medioalta newyorkina, personas acomodadas que añoran una estabilidad emocional que complemente su privilegiada situación económica. Allen se aleja de la comedia y rueda un melodrama estructuralmente anárquico, siempre impredecible, sujeto a la evolución de los personajes.

No será su mejor trabajo, pero sí un interesante cambio de registro que demuestra la versatilidad de su director, empeñado en diseccionar la pareja de finales de siglo XX, justo cuando el concepto tradicional del matrimonio occidental estaba mutando a una percepción más efímera, desarraigada y etérea.

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10 agosto 2010

Tengo prejuicios infundados sobre el cine de animación digital. Soy algo tradicional y me cuesta horrores acostumbrar la vista a personajes que ni son dibujos animados ni son de carne y hueso. Por ello, durante los primeros minutos de las películas de Pixar siempre ando despistado, viendo algo demasiado artificial para mi gusto.

Una vez superado este pequeño obstáculo (cuestión de 15 minutos), tengo que superar otro, el de las gafas tridimensionales. Toy Story 3 era la primera película que veía con este avanzado sistema de proyección, que se supone que aporta sensación de profundidad y de cercanía en la acción del filme. Puede que debido a mi ojo vago, el efecto 3D no tenga mucha repercusión en mi persona, pues apenas distinguí un par de escenas curiosas. Además me oscurecía demasiado los colores, similar a cuando te pones unas gafas de sol en un día nublado. Así que no me ha convencido del todo este sistema, casi que prefiero ver la película a la antigua usanza.

En cuanto a la película cometí el clásico error de leer demasiado sobre ella. Primero ojeé la ficha de Filmaffinity, rebosante de elogios, y me dejé llevar por varias opiniones vía Facebook que originaron en mí la idea preconcebida de asistir a la película del año. Probablemente merezca este calificativo porque las nuevas andanzas de estos simpáticos juguetes son un prodigio creativo, sobrado de originalidad, talento y ritmo. No da tregua al espectador y ofrece un humor apto para todos los públicos. En Pixar son unos auténticos genios a la hora de jugar con los dobles sentidos para hacer reír a los adultos sin levantar sospechas en los niños. Esto lo consiguen como ningún otro estudio. Sospecho que tienen detrás un privilegiado grupo de guionistas. Nadie puede dudar de la capacidad de una compañía de animación un escalón por encima de sus competidoras, capaz de dejar en un segundo plano la animación tradicional, nada menos que en una compañía tan clásica como Disney.

Pero no nos engañemos, Toy Story 3 es un producto destinado al público infanto-juvenil. Los adultos la podemos disfrutar tanto como cualquier niño, pero seguiremos estando ante una historia de juguetes que pretenden perpetuar su utilidad y demostrar por siempre cariño y lealtad a sus dueños. Un producto cándido que no engaña a nadie, estructurado sin disimulo al compás de sus dos predecesoras y del que cabe destacar el tronchante guión elaborado por Michael Arndt (Pequeña Miss Sunshine), repleto de situaciones desternillantes y ocurrentes sólo devaluado por el innecesario momento chicano de Buzz.

La última aventura de estos juguetes emociona (y de que manera, con ese perfecto final), divierte y consigue hacernos sentir como niños, esa impagable y tierna sensación.

Y mientras el campo de la animación digital sigue en alza con Pixar desatada, yo me adapto como puedo a una nueva manera de entender el cine de la que todavía guardo cierto recelo. Cuestión de modernizarse.

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Andrew Zimmerman
24 julio 2010

El miedo más común entre los escritores seguramente sea el del síndrome del folio en blanco. No hay nada más frustrante para ellos que verse día tras día falto de ideas, escribiendo y borrando palabras, esperando que la inspiración aparezca como dijo Picasso que había más posibilidades de que ocurriera, trabajando. En su afán por deleitar a la audiencia con ideas originales, los escritores han acabado por mostrar una y otra vez lo tortuoso del proceso creativo. Se peca de un perdonable ombligismo. No es casual que existan tantos autores que aborden la creatividad, al fin y al cabo es lo que mejor pueden explicar, el combate entre un autor y la falta de ideas, la parálisis creativa.

Woody Allen no es precisamente un autor ofuscado, sino todo lo contrario. El newyorkino siempre ha sido prolífico, fructífero y polifacético, si bien es cierto que se siente más cómodo si en sus guiones, de tintes cotidianos, aparece un creador (normalmente interpretado por él) ya sea en forma de escritor, director o cómico.

En Desmontando a Harry, Allen presenta una radiografía del tipo de escritor que acude a su propia experiencia vital para configurar sus historias, la llamada literatura autobiográfica, aunque aliñada con elementos ficticios. Nos deconstruye a un personaje, Harry, distanciado de sus seres cercanos por haberlos utilizado en sus libros como personajes de sus páginas. Es uno de los recursos básicos de los escritores, basarse en situaciones reales y/o en personajes de carne y hueso. Ocurre que Harry acaba por confundir realidad con ficción, mezclando situaciones, recuerdos y episodios de la vida real con otros de su obra escrita.

Desconozco si esto puede llegar a suceder, me imagino que Allen lo exagera, pero no deja de ser un interesante conflicto para la conciencia del escritor. También acude al surrealismo (el hombre desenfocado) y la autoparodia para dibujar una dualidad realidad-fantasía que años más tarde utilizaron títulos como Big Fish o La Ciencia Del Sueño con notable éxito. Un exigente experimento que obliga al espectador a seguir con atención un relato algo anárquico y desestructurado e interpretar las intenciones del director.

Desde un enfoque diferente, pero relacionada con la temática del escritor frustrado, visioné Barton Fink, en la que no me voy a detener mucho, pues existe un extenso artículo en la Wikipedia y algún otro meritorio análisis en la red de imprescindible lectura. Es la cuarta película de los hermanos Coen, una cinta de culto que fracasó en taquilla pero salió vencedora en Cannes y que analiza el bloqueo creativo de un escritor desde una óptica turbia, angustiosa y simbólica.

En esta especie de El Resplandor coeniano nos muestran el agobiante sinvivir de un guionista de cine que acaba confundiéndose entre realidad y ficción, un hipnótico juego lleno de imágenes que hace dudar al espectador del mensaje que pretenden trasmitir. Los Coen atacan con su habitual ironía el mundo de Hollywood, caricaturizando los personajes secundarios sin disimulo y criticando la alta burguesía artística en contraposición con una clase media oscura y barriobajera que se aloja en el decadente Hotel Earle. El principal reclamo de Barton Fink resulta por tanto, detenerse en su entramado alegórico y debatir sobre el significado de ese extraño final y de los numerosos detalles de la película, algunos tan sutiles que pasan inadvertidos.

Dos modos diferentes de abordar el bloqueo creativo, uno, desde la óptica divertida y ocurrente de Woody Allen y otro, desde el prisma angustioso y sombrío de los hermanos Coen. El folio en blanco también aterra a los genios.

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