Lo siento Haití, ya no quedan valientes.
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He de reconocer, no sé si fui el único, que al leer la noticia sobre el terremoto en Haití tuve que desempolvar mi viejo atlas (hoy reconvertido a Google Maps) para ver donde estaba localizado en el mapa.

Eso dice bien poco a mi favor de mi conocimiento socio-político de la zona, y por ende, de mi sensibilización con el pueblo haitiano previa al terremoto.

El caso es que, desde mi asiento, tranquilo frente a mi monitor, escuchando música suave, con la estufa encendida (a pesar de las advertencias que nuestro planeta nos arroja en forma de campaña ecologista de Carrefour y su nueva política de bolsas de plástico) debo decir, que, lamentándolo mucho, soy una víctima más de las fauces del lobo del occidentalismo y que me enfrento a la desgracia de Haití de una forma bastante insensible.

Maticemos. No es que sea insensible ante la erradicación de un plumazo de 200.000 personas, que se dice pronto, si no a la vorágine mediática que nos sucumbe día tras día desde ese fatídico 12 de Enero.

Quien me conozca sabrá que soy bastante crítico con el pensamiento dominante, lo cual me convierte a veces en un monstruo especializado en hacer declaraciones desafortunadas; lo sé y cuento con ello.

Pero creo que hoy por hoy me encuentro en el tope. Y lo digo porque no estoy a favor de las reacciones internacionales y de la gente mundana ante la desgracia Haitiana.

Si a alguno se le ha pasado por la cabeza pensar que lo mejor que hacemos es “volcarnos” a título individual con el país azotado creo que se encuentra ante un error. ¿Los motivos? Varios; los paso a detallar.

Desde un punto de visto técnico creo que podemos, o puedo (por no hacer extensible mi opinión a lectores sensibilizados) reprochar que se habla diariamente sobre reconstrucción y de devolver al país a la normalidad. ¿Perdón? ¿Normalidad? Paso a citar:

Haití tiene la renta per cápita más baja de todo el hemisferio occidental, es decir, que puede considerarse el país más pobre de toda América. Haití está en la posición 150 de 177 países en el Índice de Desarrollo Humano de la ONU. Aproximadamente un 70% de la población vive en la pobreza.

La pobreza resulta extrema en gran parte de la población, tanto que sus ingresos no les alcanza para adquirir un poco de arroz u otros alimentos básicos, debiendo alimentarse para subsistir con una especie de galletas hechas de lodo (barro), manteca vegetal y sal, que es vendida a bajo precio, lo que acarrea secuelas de desnutrición y otros males físicos.

La causa principal del empobrecimiento del territorio es la explotación forestal excesiva por una población que cada vez aumenta su demanda de leña y madera, lo que ha provocado la erosión del suelo y una tremenda escasez de agua potable.

La ayuda extranjera compone aproximadamente el 30–40% del presupuesto nacional del gobierno.

La ayuda de los Estados Unidos al gobierno haitiano fueron totalmente cortadas entre 2001 y 2004 tras las elección disputadas en 2000 y que el presidente Aristide fuera acusado de varios asesinatos.

En 2005 la deuda externa total de Haití estaba cifrada en 1.300 millones de dólares, que significa una deuda per capita de 169 dólares.

Si con nuestras donaciones por SMS en el programa de Ana Rosa pretendemos devolver a Haití a la normalidad, por favor, apaguemos el móvil.

Queda patente que Haití es un país necesitado, sucumbido a la miseria y la pobreza extrema y desgraciadamente tiene la mala suerte estar en una zona de alto riesgo sísmico, y chicos, mejor no intentar mover las placas tectónicas de sitio, no vaya a ser que Gaia se nos enfade y nos estornude. Dentro de 10 años, cuando todo vuelva a la “normalidad”, las casas volverán a ser la misma chabola que antes del terremoto, y vendrá otro, y tendremos a un país marcado por una historia de desgracias.

Pero siguiendo con el tema, y dando por válida la opción de “Ayudar a Haití”, que la veo perfecta, me planteo desde el lado cómodo, desde Europa, ¿por qué demonios nos volcamos como nos estamos volcando con Haití? ¿Realmente estamos sensibilizados con la realidad de ese país? Joder, yo es que es cierto que veo poca tele, pero antes de 12 de Enero no he visto ningún rótulo en el programa de Ana Rosa pidiendo mandar un SMS para ayudar a Haití a sacarlo de la pobreza.

Y digo yo, ¿no será otro lavado cerebral y ético de nuestra apestosa moral occidental? A mi me pinta que sí, y lo siento por Haití tio, de verdad lo digo, ojalá pudieran vivir la mitad de la mitad de bien que vivo yo; lo deseo, como lo deseo de las gentes de Benín, Bolivia, Burkina Faso, Camerún, Chad, Costa de Marfil, Etiopía, Gambia, Ghana, Guinea, Guinea-Bissau, Guyana, Honduras, Madagascar, Malawi, Malí, Mauritania, Mozambique, Nicaragua, Níger, Rwanda, Santo Tomé y Príncipe, Senegal, Sierra Leona, Tanzania, Uganda y Zambia [sacado de Wikipedia].

A mi todo esto me huele muy mal y debo decir, por cabrón que parezca, que me parece otra tomadura de pelo, o mejor dicho, otro condicionador social… vamos, un negocio. Y el caso es que se me escapan las cifras. Pero soy muy mal pensando, y no entiendo como ahora todos, empresas incluidas, nos apuntamos al carro de salvemos Haití, ¿Por qué? ¿Para limpiar la imagen de una empresa insolidaria con sus trabajadores o sus clientes?

Y es que en cada concierto benéfico hay técnicos de sonidos, hay contrataciones de hostelería, hay movimiento hotelero, hay dispositivos de seguridad, hay especialistas en pirotecnia, escenario, luces, merchandisign; todo cubierto con la preciosa capa de “el dinero de la entrada irá destinado a Haití”. Y creo que los eslóganes deberían cambiar y poner “todo el dinero resultante de los beneficios del concierto irán destinados a una asociación que lucha en pro de los derechos humanos, ahora volcada con Haití”. Pero a todos esos profesionales, hay que pagarles ¿no? ¿o es que al de los baños portátiles no se le paga? ¿ni el escenario tampoco? ¿Y al artista? No sé no se… Unos sacan el beneficio de la mejora de la imagen pública, el mercado colindante se frota las manos y los que van al concierto vuelven a sus casas con su conciencia tranquila acostándose en su cama aun con el enajenamiento de la fiesta de la noche concluyendo ¡He ayudado a devolver a Haiti a la normalidad! … Tócate los huevos.

La cosa sigue, y la gente lava sus podridas conciencias enviando un mensajito de texto tipo SALVA HAITI al 5386 o ingresa 20 euritos, que es lo que se puede este mes, a una cuenta corriente del BBVA que se lleva, por supuesto, sus 90 céntimos correspondientes de comisión. Basura, pura basura mediática.

El caso es que uno hace eso creo que para lavar su conciencia, pregonar a los cuatro vientos que él apoya la causa Haitiana, que ahora mola, y para no ser sacado de su aletargamiento moral que en el mundo occidental vivimos. Doy 20 euros a Unicef pero … dejadme en paz, quiero seguir mi vida despreocupada de la realidad mundial, hasta próxima catástrofe natural (que os aseguro que habrá alguna en el futuro).

Podría valer la excusa de “bueno, al menos aporta lo que puede”. Pues sí, es cierto, y es de agradecer, la verdad. Pero hilando fino, me sigue tocando los huevos, y continúo. ¿Acaso no vivimos en un país rico? Sí, os pongáis como os pongáis mentéis o no mentéis a la crisis. Somos muy ricos, y muy afortunados. Quizás tu que me lees no, ni yo, ni muchos, pero nuestro país sí lo es. Y sinceramente, creo que sería un gesto mucho más honorable que España aumentara considerablemente la partida presupuestaria de urgencia a Haití en vez de que empresas privadas nos pidieran colaboración.

¿No pagamos impuestos? Pues eso, sacrifiquemos el bien común (lease, partida presupuestaria a armamento, o desarrollo tecnológico, o no poder terminar la vía del AVE hasta 2015) en pro de mejorar a la comunidad haitiana. Desde hace un tiempo sostengo que en el mundo en el que vivimos hablamos de pobres “en general” y hablamos de ricos “en concreto”. Suframos las consecuencias de apretarnos el cinturón por Haití no con esos 20 euritos que este mes puedo aportar, si no viviendo un 2010 con un estado algo más empobrecido. Eso se llama solidaridad internacional. No quiero que Orange me pida dinero por Haití, ni quiero que lo haga Carrefour, ni Antena 3, ni Cadena 100, quiero que España ceda un % de sus arcas, que llenamos todos (yo desde este año) a mejorar ahora la vida Haití, y mañana a cualquiera de otro país pobre.

Con todo, me gustaría enviar todo mi apoyo al país americano, mucha fuerza, mucho coraje y y más autodefensa.

¡Salvemos Haití, pero de verdad! ¡Hay otras muchas maneras de mejorar la calidad de vida de Haití, pero para ello se necesitan a valientes, y en los tiempos que corren escasean demasiado!

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Una paja intrascendente
Andrew ZimmermanAndrew Zimmerman Andrew Zimmerman

Llega tarde a España El Playboy (Ponent Mons, 2008), una de las obras más reconocidas de Chester Brown. Aunque en EEUU se editara en 1992, han tenido que pasar más de 15 años para verse publicada integramente en nuestro país. Este nuevo capítulo autobiográfico no es más que un tebeo sobre la sexualidad adolescente del autor, en cuyas páginas profundiza sobre el sentimiento de culpa de un joven acostumbrado a aliviar sus necesidades fisiológicas dándose un homenaje con la mítica revista erótica estadounidense. Esa culpabilidad y vergüenza perseguirá a Brown años después, hasta que, una vez adulto, asume la intrascendencia y naturalidad de sus pasados actos. Estos episodios masturbatorios son narrados con esmero, fijando la atención en la angustia que sufre el personaje consigo mismo. Nunca se autocensura. Lances dibujados de forma detallista y con el fino trazo característico en su obra, si bien Brown no consigue desprenderse de su principal defecto, la sensación fría e inerte de su atormentado protagonista. Y es que, donde otros ven genialidad, yo veo intrascendencia, hastío, apatía. Resulta complicado empatizar con este personaje. Y aunque indage con valentía en un tema universal común a cualquier persona, la historia me resulta muy lejana. Puede que sirva como autocrítica social, como una reivindicación de una educación más abierta y comprensiva, pero en cualquier caso, sus páginas carecen de emoción. Quizás, en algún futuro, cuando Brown opte por la ficción no autobiográfica, supere sus traumas sexuales y adhiera a sus viñetas un toque humorístico, su obra me despertará interés. De momento, solo me provoca indiferencia.

Enlaces Relacionados:

- Ed, El Payaso Feliz

- Nunca Me Has Gustado

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Inestabilidad en los próximos días
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Estamos haciendo cambios importantes en el servidor, así que probablemente la Web no esté operativa en los próximos días.

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En terapia, segunda temporada, Carpe Diem.
ScriersScriers Scriers

Hará unos dos años, quizá menos, descubrí “In treatment”, o lo que ha sido traducido al castellano como “En terapia”. Andrew Zimmerman hizo aquí un análisis de la irrupción de esta serie en el panorama de la HBO. Bien visto, la serie le salía fantásticamente a la productora. Sin apenas coste de guión (se trataba de adaptar los textos de la serie original), con pocas escenas de exterior y un número reducido de actores, la idea, aunque arriesgada, no podía salir nunca mal, ya que los riesgos eran menores. La jugada fue excelente para los responsables de la HBO, sobre todo gracias a la peculiaridad del proyecto, las enormes actuaciones de sus protagonistas y la duración limitada de los episodios, apenas 20 minutos, que atrajo la atención del espectador.

Así las cosas, la primera temporada acabó con…. aviso SPOILERS…. la muerte de uno de sus protagonistas, la enorme crisis familiar de Paul y la solución más o menos dispar del resto de los casos.

Esta temporada comienza con un Paul separado (como intérprete, Gabriel Byrne continúa en estado de gracia), que se ha mudado a New York a empezar de nuevo sus consultas. Su vida sentimental es un desastre y aún arrastra secuelas de las terapias tan extremas a las que se tuvo que enfrentar la anterior temporada. Permanece el recuerdo de Laura, colea el asunto de Alex, cuya familia le interpone una demanda, y aún necesita la ayuda de Gina para mantener el equilibrio emocional en su vida.

Así las cosas, los nuevos pacientes siguen tocando la fibra sensible de Paul, que se ve muchas veces sujeto a conflictos morales y a situaciones límite. En esta ocasión, un gran magnate de la industria económica norteamericana, una antigua relación de Paul que le culpa de todas sus frustraciones, un chico que se enfrenta al divorcio de sus padres y una joven que acaba de descubrir que sufre un cáncer son los nuevos casos a los que Paul se tendrá que enfrentar como terapeuta.

La serie sale reforzada en esta segunda temporada gracias a un casting excelente, los nuevos actores resultan plenamente creíbles y dotan de savia nueva al producto, que apenas se resiente. Como aún se trata de material proveniente de la serie original israelí, BeTipul, uno ve consonancia entre una temporada y otra, pese a la marcha de Rodrigo García, máximo responsable de la primera temporada. Así, perdido el factor sorpresa, la serie se agarra a sus virtudes y potencia cada punto fuerte, a la vez que disminuye sus debilidades. Ahora existen más subtrama, más dinamismo en las terapias y una absoluta implicación emocional de su intérprete principal.

Los únicos problemas a los que se enfrenta la serie tienen que ver con su futuro y no con su presente, al tratarse de una serie con un público reducido (no todo el mundo está dispuesto a entretenerse dentro de una consulta y con una ficción hablada plano contra plano), el hecho de que Gabriel Byrne haya pedido un aumento salarial debido al desgaste que le provoca el rodaje veloz de los episodios y que el material original se haya terminado, con lo cual será necesario contratar guionistas si quieren que la serie siga viva, son motivos suficientes de cancelación. Por lo tanto, a uno se le antoja que la serie concluirá pronto y que los responsables de la cadena no renovarán su apuesta, con lo cual, es ahora cuando hay que disfrutar de cada episodio de En Terapia, de cada magistral actuación de sus protagonistas y cada sesión con la que Paul nos descubre las singularidades de la mente humana.

Y es que, ya se sabe, del caviar mejor no abusar y lo bueno, si breve, dos veces bueno.

Scriers.

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Minireseña: Secretos y Mentiras
Andrew ZimmermanAndrew Zimmerman Andrew Zimmerman

Los misterios de una familia al descubierto. Esa es la premisa de la que parte Mike Leigh para grabar una cinta de apariencia costumbrista acerca de los sentimientos que escondemos los seres humanos y que tarde o temprano sacamos a relucir. El cineasta inglés ofrece una lección de como puede grabarse una emotiva tragicomedia sin perder el sentido del humor ni renunciar a ese estilo social tan común en el cine británico. Es la aparición de un nuevo miembro en la familia Purley el desencadenante que tira de la manta y desvela todos los secretos que esta esconde. Leigh lo cuenta con serenidad y temple, huyendo del dramatismo fácil y audaz en el uso de un lenguaje cotidiano exento de frases pretenciosas. Todo parece real y creíble en este alegato sobre la sinceridad que deja al espectador absorto, reflexivo, pensando en lo absurdas e innecesarias que pueden llegar a ser las mentiras y el sinsentido de ese “quedirán” tan expandido en la sociedad de hoy día. Cine social de muchos kilates en una de las obras más aplaudidas de su director.

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