Lo que a priori se podía considerar como un año esperanzador para la escena musical española se está convirtiendo, una vez que pisamos diciembre y podemos hacer balance, en un curso decepcionante. Los grandes músicos patrios han defraudado con sus nuevos trabajos y la industria musical, hundida en la crisis económica, se muestra reacia a invertir en nuevos talentos mientras que sus apuestas caminan sobre senderos obvios y seguros.
Pese al panorama, esperábamos con ilusión el retorno de Fito y sus nuevos Fitipaldis y nos encontramos un reiterativo y descafeinado nuevo trabajo que nos dejó fríos, a la espera de que el bilbaino, quizás dentro de otros cuantos años, cambie de tercio y explore nuevos sonidos. El retorno de Sabina también era una excelente noticia para sus seguidores, pero Vinagre y Rosas decepciona con cada escucha, pierde fuelle y aclara que al flaco ni le sientan bien las vivencias ajenas ni las producciones obsoletas. Loquillo prefirió darse un brutal autohomenaje lanzando al mercado una caja con su discografía, ignorando que abundan recopilatorios sobre su obra. Al menos nos dejó uno de los mejores videoclips del año.
Solo Quique González ofreció una nueva cara con Daiquiri Blues, un trabajo que no me emociona pero del que aprecio su valentía y honestidad. Al madrileño le apeteció facturar un disco a lo americano y se dió el gustazo. Suena tan bien, tan limpio, tan claro que pierde por su estética americana el sentimentalismo al que acostumbra, pero hizo algo novedoso y traicionero para su público. Y esa osadía, ese atrevimiento me gustó. Pereza intentó cambiar el chip, con un disco más tranquilo y ‘adulto’, pero ni hizo su Honestidad Brutal particular, ni se desmarcó del mainstream todo lo que uno hubiera deseado y al final todo quedó en un disco notable dentro de su carrera pero lejísimos de los grandes grupos de su estilo (Los Rodríguez, MClan..).
Como novedades no se vislumbraron grandes grupos. No estaba la coyuntura para grandes inversiones. La discográficas siguen demasiado preocupadas en ajustar sus cuentas y llevarse el 5% de la facturación de los conciertos de sus artistas como para dar la oportunidad a nuevos grupos o solistas. Cuando lo hacen aparecen cosas como Sidecars, auténticos clones de otras propuestas de éxito.
Surge como medida de autodefensa el boom de la autoedición o el paulatino crecimiento de discográficas pequeñas, únicas preocupadas en un reparto justo de lo royalties. Son aquellas a las que acabaron acudiendo los músicos que huían de las grandes compañías, siempre feroces en las negociaciones. La crisis es buena excusa para cometer todo tipo de abusos en los contratos.
El 2009 nos dejó la despedida de la Cabra Mecánica por motivos conceptuales y filosóficos, pero ese es un tema que probablemente tenga su propio post.
Haciendo balance, reflexiono sobre varias cuestiones. La primera es la sensación de depresión generalizada en la industria, motivada claro está por la situación económica. Un desolador paisaje en el que se aprecia un inmovilismo musical preocupante. La segunda, mucho peor, es que la producción de canciones ha disminuido, y con ella, un bajón considerable en los temas que me llegan al corazón. En mi lista del Spotify tengo poquísimas canciones actuales y debo acudir a revisar viejos clásicos o grupos que desconozco y de los que me apetece saber más para así encontrar canciones para el recuerdo.
Os propongo hacer recuento. Decidme al menos una decena de canciones memorables de este 2009. Es tan difícil que creo que podriáis contarla con los dedos de una sola mano.







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