
Basada en una novela de Robert J. Sawyer, FlashForward parte de un interesantísimo plot para dar rienda suelta a una historia de conspiraciones contra la humanidad que huele desde lejos a un final con explicación política. Ya veremos. La situación de partida resulta realmente atractiva: ¿qué sucedería si todos los habitantes del planeta perdieran la conciencia durante 137 segundos? ¿y si en dicha pérdida de conciencia cada cual pudiera divisar un momento del futuro? ¿y si ese momento futuro se correspondiera con lo que sucede justo dentro de seis meses?
Lo interesante de la coyuntura reside en como condiciona conocer el futuro a cada protagonista. Los que divisan un porvenir placentero se relajan y se dejan llevar por la situación, viven felices. Aquellos con una visión perjudicial son presos de la ansiedad por modificar su futuro, se replantean su propia existencia y luchan contra su propia infelicidad. Los hay aburridos con visiones intrascendentes y algunos, los que no perciben nada, temen que el futuro próximo no exista, pues están condenados a una muerte cercana. El modo de recrear esa obsesión, esa ansiedad social en la cual todos viven condicionados por un futuro que realmente no se sabe hasta que punto puede ser cierto es sin duda un tanto a favor de los guionistas. Los giros argumentales, estrategicamente dosificados, descubren un conciezudo trabajo a modo de puzzle. El rompecabezas de tener tantos frentes abiertos no resultará fácil de encajar, aunque revisados los primeros cuatro episodios, todo parece calculado, todo engancha.

Lástima que FlashFoward desprenda esa sensación de superproducción por encargo tan artificial, tan influenciada por éxitos anteriores. Repasemos su base; todo parte del caos para ir cobrando sentido paulatinamente. Por tanto, el inicio de la serie, así como muchos de sus enredos, podrían pasar sin complejos por una secuencia de Perdidos, con protagonista tozudo incluido. La fórmula se repite porque está comprobado su éxito, eso sí, con actuaciones más endebles. Demasiados esterotipos, demasiados clichés. Abrams buceaba en el lado oscuro de los protagonistas huyendo de predecibles prototipos y buscando la sorpresa mayúscula, Goyer no hila tan fino. El reparto, saturado de actores de teleseries, no convence, no emociona, no es creible.
Aprovechar el momento actual post 11-S (EEUU todavía intenta superar sus temores) con una trama que comienza con una catástrofe y que parece que nos guiará hacia un complot corporativo es otro de los cebos de esta superproducción que ha conseguido audiencias tremendas (12,41 millones de espectadores) en tierras norteamericanas. Lógico, la paranoia conspirativa es allí un temor arraigado.

De momento, la habilidad de los responsables de esta historia que camina entre la ciencia ficción y el género de catástrofes, me mantiene atento a sus próximos episodios. Pero la experiencia nos muestra que estos productos suelen sufrir un derrumbe tan repentino como su poderosa aparición. Prison Break, Héroes o El Mentalista sufrieron el desgaste del tiempo y la incoherencia de alargar en la parrilla algo que guión en mano nopodía sostenerse. Por explotar la gallina de los huevos de oro estos seriales acabaron olvidados y vapuleados por sus propios seguidores. FlashForward, cuya primera temporada estaba concebida para 13 episodios, ha sido ampliada a… 25!! Mal asunto.
El destino está escrito; dentro de seis meses la audiencia de la serie se reducirá a la mitad. Alargará su agonia un par de años y se cancelará por el descontento de su baja audiencia. Forzar el guión siempre fue un mal negocio, pero la avaricia y el resultadismo domina Hollywood. Todo se irá a pique. Es mi FlashFoward sobre FlashForward.
Enlaces Relacionados:








Parece mentira, pero ya han pasado 18 años desde que se estrenó Terminator 2: El Juicio Final, de James Cameron. Hoy la volvieron a emitir en Tve 1 y tras verla puedo certificar que no ha perdido ni un ápice de emoción y espectacularidad. A aquella primera entrega casi de culto que dió origen a la saga allá por 1984 , le siguió esta secuela, que fue un arrollador éxito de taquilla y obtuvo críticas más que decentes. La maquinaria de Hollywood había comprobado como la primera entrega, con Arnold Schwarzenegger como el Terminator que pretende eliminar a Sarah Connors, estaba funcionando a las mil maravillas en los videoclubs (en taquilla obtuvo discretos resultados) y se había convertido en un título casi de culto entre los aficionados al género de ciencia ficción. Con Schwarzenegger en lo más alto de su carrera se plantearon dar continuación a una historia que tenía todas las papeletas para alargar su argumento. Y eso que este es sencillo. En un futuro en el que las máquinas se rebelan contra el hombre llegando a dominar el planeta, el rebelde John Connors encabeza la revolución humana contra los robots. Para evitar que esta prospere, las maquinas mandan al pasado un Terminator con la misión de acabar con Sarah Connors, madre de John. Al fracasar vuelven a intentarlo con un modelo más avanzado, pero esta vez con un joven John como objetivo principal. La rebelión de las máquinas, los viajes en el tiempo, la evolución científico-técnica, la ética humana.. temática suficiente para presentar una interesante reflexión sobre el ser humano sin que sea solo un mero producto de entretenimiento. De hecho, el guión de Terminator 2 está construido minuciosamente. A modo de road movie inserta varios y acertados giros de tuerca, momentos de tensión y dramatismo que van más allá de las espectaculares persecusiones automovilísticas y el posterior subidón de adrenalina. El personaje del Terminator no exige grandes dotes interpretativos (ni el bueno ni el malo) recayendo el peso del reparto en el gran trabajo de Furlong y Linda Hamilton, que dan verosimilitud al relato. El feeling entre el Terminator y el joven Connors es memorable, la escena final, conmovedora. Personalmente (desde pequeño) siempre me ha fascinado esta historia de huidas y venidas tan bien confeccionada, que mezcla acción, reflexión, dramatismo y humor con indudable habilidad. James Cameron consiguió el favor de la industria a partir de este éxito, desmarcándose como un director con pulso para dirigir superproducciones de gran calado. Años después llegaría Titanic. El canadiense ideó incluso un final alternativo en el que una anciana Sarah Connors llegaba al final de sus días con la tierra en paz, sin que hubiera una guerra contra las máquinas y conviviendo tranquilamente con su hijo John. Podría haber sido un buen epílogo para una memorable escena final, la que llevó al T-800 al fondo de la caldera. Terminator 2 es una de esas películas que resisten estoicamente el paso del tiempo ofreciendo una y otra vez una interesante y divertida propuesta de ciencia ficción. Si no la han visto se esta perdiendo una perfecta sesión palomitera.
Lo echaré mucho de menos. Reconozco que su cambio de registro me mosqueó. Cuando Andrés Montes fichó por la Sexta la locución de los partidos de la liga de fútbol se volvió para mi gusto demasiado chabacana, parecía como si Salinas, Kiko y él mismo estuviesen narrando los encuentros desde la tasca de un bar. No se complementaban. Intuyo que la Sexta pretendía precisamente dar esa impresión, ofrecer diversión al espectador a través de un show ameno. Al fin y al cabo es una cadena que sigue ese patrón como línea de actuación; juventud, dinamismo y cercanía, se supone. A nivel popular los resultados fueron excelentes. En las pistas de fútbol los aficionados hablabamos con las muletillas de Montes; “tiki taka”, “futbol con fatatas”, “dónde están las llaves, Saliiinas”…etc. Montes había llegado a la audiencia masiva, se había hecho reconocible y querido por el populacho, aunque en los últimos años y quizás precisamente por ello, sus detractores tenían por donde atacarle.
Comentarios