Andrew ZimmermanAndrew Zimmerman
Andrew Zimmerman
29 marzo 2007

Como a la más fuerte de las drogas estoy enganchado a la serie de ficción del doctor del bastón, a House. No es ninguna novedad, un cuarto de España está enganchada aún sin tener ni pajolera idea de medicina, de infecciones graves o de enfermedades degenerativas. Lo que hace el señor Gregory House va a misa y sabemos que en un altísimo porcentaje de los casos acabará acertando. Porque a la serie se le ha dado conscientemente un cariz a lo Sherlock Homes. El modo de analizar los casos y resolverlos es similar al del famoso detective inglés. House investiga, con esa genial excentricidad que le caracteriza, interesándose mucho más en dar con la enfermedad en cuestión, que por la salud física y mental del propio paciente. Una enfermedad extraña es un gran caso, una común no interesa, este es el lema.

Con esta serie resulta curioso que me afecta desigualmente el tema de las modas; un producto que parece destinado a una audiencia más selecta por las características del mismo acaba convirtiéndose en una serie de masas, venerada por crítica y público. Siempre he sido algo reacio a las modas, el Código Da Vinci no me lo he leído (ni me interesa, ni me interesará. aunque se me aparezca Jesucristo crucificado en mi habitación), la saga de Star Wars me parece soporífera, Naruto no me lo he comprado y el nuevo disco del Canto Del Loco por mi puede coger polvo en las estanterías del Corte Inglés.

Pero a esta moda me subo encantado. Me agrada que al espectador no se le trate como a un cabezahueca, el episodio casi siempre deja un debate abierto o deudas morales, que si no repercuten en los protagonistas principales si lo hace en los secundarios. ¿Por qué, entonces, le dedico un post ahora, cuando se llevan ya dos temporadas de la misma? Pues por el último episodio, "Un día, una habitación".

Dirigido por Juan José Campanella, reputado director de películas argentinas de renombre (Lunas de Avellaneda, El Hijo de la Novia) estamos ante el capítulo más humano de cuantos se recuerden – a parte de ser el capítulo más visto en la historia de la serie -.

Una chica llega a la consulta para descubrir si tiene una enfermedad venérea. Por su comportamiento, House no tarda en averiguar que ha sido víctima de una violación. El caso, al ser bastante común, no le causa el menor interés al doctor, pero la chica insiste una y otra vez en que este lleve su seguimiento. House, quizás por primera vez en la serie, se implica en el caso, quizás forzado por la presión de la chica y de su compatriota Wilson. Paralelamente, Cameron se hace cargo de un vagabundo con cáncer terminal que parece querer morir agarrado al sufrimiento.

Dos casos terriblemente emocionales, que ahondan en sensaciones y sentimientos profundos, en la deontología médica, las relaciones paciente-doctor, las complejidades que la vida nos trae, en creencias existenciales, religión, pundonor, supervivencia, dilemas morales…Vamos, un episodio con mucho jugo. Todo ello con la narración poética propia del cine argentino. Campanella pone su sello personal a la serie sin eclipsar sus virtudes ya conocidas.

Además es de los pocos episodios que tratan el pasado de House, se nos revela un hecho muy importante en su vida y no pienso spoilear ningún dato por el bien de todo el que lea estas líneas. Grandísimo capítulo, de indudable calidad artística y literaria; canelita en rama, vino de Jerez, cremita catalana.. una auténtica maravilla. No se lo pierdan.

Andrew Zimmerman

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Andrew Zimmerman
25 marzo 2007


Normalmente nunca dejo un libro a medias. Es una manía personal, si empiezo un libro lo acabo, ya pueda leerse con el gusto y el placer con que uno lee a Saramago o con la pereza y el asco que pueda producir una crónica de Mariñas. Lo que ocurre a menudo es que si el libro me engancha lo devoro, busco cualquier momento libre del día para ventilarme sus páginas y así saciar mi intriga. Y eso me ha pasado con el último libro que me he comprado; "200 locuras para que te quedes conmigo", de Martín Piñol.

El autor de la obra, Martín Piñol, es un guionista y actor que procede del mundillo de la televisión, más concretamente del sector de guionistas de monólogos y programas con formato similar (Noche sin tregua, Club Super3, Paramount Comedy…). Con esta presentación ya podemos imaginar algunas de las virtudes que pueden acompañar al libro (ingenio, agilidad, diversión..) y porque no, algunas de sus limitaciones (digamos que su lingüística no es la de Ernesto Sábato, por compararlo con algún otro autor).

Me atrajo la pequeña sinopsis que encontré en la contracubierta del libro. Copio literalmente el extracto que me sedujo:
 "Como todas las historias dignas de ser leídas, ésta empieza con una chica. Y la cuenta el bufón al que le toca rescatar a la princesa. Él es un profesor gordo, católico y sentimental, que vive con sus padres y no tiene carnet de conducir, con las fobias de Woody Allen, los razonamientos impetuosos de Ignatius J. Reilly y la sádica ternura de Rowan Atkinson".

Es imposible que no cayera en las redes de este libro con semejante aperitivo. Tenemos una historia de amor escrita por un perdedor (siempre simpatizaré con los perdedores, porque a parte de ser más humanos me siento bastante identificados con aquellos que lo son por amor), "gordo, blanco, feo, y con ojeras de no dormir" como el mismo se califica. Encima este perdedor, que se llama igual que su autor, Martín Piñol, tiene muchas similitudes con la forma de ser de Ignatius J. Reilly, sencillamente el mejor personaje protagonista que he visto en cualquier tipo de novela, y más concretamente en la gran obra maestra "La conjura de los necios".

La novela la podemos encuadrar en el terreno de la novela detectivesca. No deja de ser una historia de detectives, con su característico prólogo, presentación, nudo y desenlace. ¿Qué es lo que la hace original?. A mi modo de ver varios rasgos que le acompañan.
Primero, el desliz friki que desprende por sus páginas. Continuas referencias a Spiderman, Batman, Bruce Willis y otros personajes comiqueros o peliculeros hacen que sienta simpatía por su estilo narrativo a la vez que uno va leyendo la obra.
Y segundo, la cantidad de ingeniosos símiles o comparativos que utiliza Piñol durante tooooda la obra. Parece no tener límites a la hora de comparar y de describir las situaciones con ejemplos. Voy a poner algunas de estas perlas para que os hagais una idea:

"Le cogí las manos con tanta suavidad que parecía que la iba a operar de cataratas."
"..yo prefería serle soso como un bloque de espinacas congeladas.."
"..se me acercó en plan zombie lascivo.."

Y así miles de ejemplos, muchos. Tantos que es inevitable soltar una carcajada interna de vez en cuando. Y ahí es cuando se nota que este chico viene de la Paramount. Todo estos chistes van en consonancia con la personalidad del protagonista, y seguramente, del autor. Irreverente, autoparódico, surrealista, irónico, ridículo, tierno, enamoradizo… un personaje en toda regla.



El carácter amable de la lectura, ya dije antes que no es Cervantes ni Garcilaso, engancha y entretiene, divierte. Las novelas de detectives siempre fueron de la preferencia del público, pero es que esta novela encierra descaradamente una historia de amor, el amor de un perdedor, o como en la portada del libro afirma  estamos ante "una freaky novela de amor cabizbajo".

No voy a emular a Jack el Destripador y concluiré mi reseña recomendando a todos la lectura de "200 locuras para que te quedes conmigo", por amena, por ser poco pretenciosa y por entrañablemente divertida. Además de todo añadiré un sencillo motivo, muchos de los chicos que nos leamos esta obra nos vamos a sentir reflejados.. de verdad, o ¿acaso nunca habéis estado enamorados de alguna chica que no sentía, ni de lejos, algo parecido a tus sentimientos por ella?.

Andrew Zimmerman

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Andrew Zimmerman
23 marzo 2007

Como ya anuncié hace dos semanas, el nuevo disco de Poncho K, "Cantes Valientes" ya está en la calle. Así que buscando pasta debajo de las piedras y vaciando todos los bolsillos de mis pantalones me pude hacer con él, y aquí lo tengo, recien salidito del horno. La portada, con un estilo sombrío y desnudo, refleja en gran parte el interior de este trabajo y la atmósfera en la que nos quiere envolver, y es que cada portada nueva Poncho da más miedo si cabe. Sin embargo, he de criticar el paupérrimo libreto, sin detalles, ni fotos, ni nada, con apenas dos rancias hojas que acompañan al Cd, menos mal que siendo novedad pagar 11,90 € por el disco no es una mala compra.

El contenido es satisfactorio por su oficio y su sello personal. Poncho hace gala de esas letras que le caracteriza, letras rabiosas y poéticas, certeras, sentimentales, de mucha denuncia y poca vergüenza.  El pequeño problema de "Cantes Valientes" es que sigue una línea tirando a heterogénea. Es una faceta que a muchos les puede encantar, pero que a mi me descoloca un poco.  Es cuestión de gustos, personalmente prefiero una linealidad en las obras, una coherencia y una estructura más o menos fija, a un disco que experimente y tenga sobresaltos. Creo que tiene que ver con mi carácter.

Por consiguiente, encontramos un contenido desigual en cuanto a ritmo. Lo mismo te encuentras temas de palos más flamencos ("Frontera"), otro de clarísimo destello punkarra ("Mentiras de sal", "Te digo que no te quedes"), uno surrealista y tranquilo ("Nana a un cocodrilo), alguno propio de canción de autor ("Al Loro") y sus temas rockeros de siempre ("Corrientes Demolientes", "Mientras Tanto"..etc).

Se ha rodeado bien el sevillano. Atentos, porque las colaboraciones son de lujo. Parece ser que su propio padre ha puesto un quejío flamenco en la intro de "Frontera", su admirado Evaristo, padre del punk nacional, colabora su peculiar desprecio en "Mentiras de Sal", el delirante Manolo Kabezabolo hace su aparición en "Nana a un Cocodrilo" y la maravillosa guitarra del Niño Josele se escucha en "La Tarde Viajera". Colaboraciones que potencian la obra y que nos muestra el buen gusto del autor a la hora de elegir con quien se rodea en sus discos.

Y una apreciación, creo que estamos ante el PonchoK más condenadamente poético de toda su discografía. Vale, que contiene una hermosa adaptación "Carnívoro Cuchillo" de Miguel Hernández, pero es que sus propios temas están a la altura, poesía pura y dura, joven y descarada, poesía que se agradece.

Por tanto estamos ante la obra más madura del joven autor sevillano, se nota que esta vez sí, ha contado con una buena producción y con carta de libertad para hacer lo que le da la gana. Y lo hace, se encuentra cómodo y se recrea. Pero esta misma madurez que lo consagra hace añorar un primer disco tan fresco y original como el "No Quiero Empates".

Poncho se nos hace mayor, derrocha una madurez palpable que lo engrandece como autor y lo pone un escalón por encima de otros compañeros como Albertucho, ErJere o Benito Kamelas. Los cantes de este disco, además de valientes, son decididamente coherentes.

Andrew Zimmerman

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Andrew Zimmerman
22 marzo 2007

El Viernes, después de una resaca de las que hacen historia, decidí hacerme socio de un videoclub murciano y volver a alquilar películas. Estoy cansado de bajarlas del Emule y verlas con ese sonido propio del ordenador, como distorsionado, sin las maravillas técnicas de los dvds actuales, con ese sonido tan limpio y esa imagen tan clara. Así que me fui a casa de un amigo y alquilé dos novedades muy recomendables.

Hace ya tiempo que no hablamos de cine por este rincón imposible, aunque si leo, y con cierta asiduidad varios blogs que no tienen desperdicio. Y la primera de ellas fue "Pequeña Miss Sunshine", una extravagante comedia dirigida conjuntamente por Jonathan Dayton y Valerie Faris (que por cierto, son marido y mujer) y que supone su debut al frente de un proyecto.

Me habían hablado de esta película como una comedia sensiblona, de estas que te dejan más tierno que una miguita de pan, pues así. Pero tiene poco que ver con este estilo. La veo más bien como una comedia ácida, que toca temas delicados con una tremenda ironía y mucha autoparodia, ¿o debería decir autocrítica?, no se muy bien. Un hombre obsesionado con los negocios y con el triunfo empresarial, su sensible e histérica mujer, el hijo automarginado y silencioso, un tío escritor que acaba de salir de un intento de suicidio y el abuelo heroinómano acompañan a la pequeña y regordeta Olive a un concurso de bellezas infantiles. Para ello se tienen que cruzar medio EEUU en una furgoneta que apenas puede cambiar de marcha hasta llegar a California, donde se celebra el concurso de Pequeña Miss Sunshine.

(La entrañable familia Hoover casi al completo)

En esta road movie podemos disfrutar de un guión disparatado con una enorme carga crítica que apunta en todas direcciones. Y es que se tratan muchos temas; el suicidio, el mundo artificial de los concursos de bellezas, la drogadicción, el éxito y el fracaso en la vida, la soledad, los sueños..etc. Puedes quedarte con una pequeña moraleja de todos y cada uno de los personajes de la película, y dicho sea de paso, los actores están muy divertidos, con unas interpretaciones tan delirantes como humanas, y prueba de ellos fue las nominaciones de Alan Arkin y Abigail Broslin a los Oscar de la Academia.

Por tanto una bonita sorpresa la de "Pequeña Miss Sunshine". Llevo ya años desencantado con los premios de los Oscar, sobre todo desde el patético año Gladiator, y ya casi no me otorgan ninguna credibilidad. Los premios son tan subjetivos como, a veces, injustos, y si no que se lo pregunten a Cannavaro. El caso es que por unos momentos volví al buen cine, y luego, casi sin pausa pusimos C.R.A.Z.Y, que no está nada mal, tiene una banda sonora de la ostia, y que ya comentaré por aquí cuando tenga un hueco. Mientras tanto, si tenéis ocasión, visionad esta pequeña joya del año pasado, que nos viene a recordar que las mejores familias se unen a base de superar dificultades, y que, muchas veces los verdaderos héroes son aquellos que saben sobrellevar con una sonrisa los varapalos que nos da la cotidianeidad en las narices.

Andrew Zimmerman

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Parece todo un ciclo. A la vida, me refiero, y con ella, a todo lo que nos rodea. En lo personal, un día estás arriba, otro abajo, y luego, por la mitad. Subiendo, o bajando. La teoría de la balanza que tiende a equilibrar malos y buenos tiempos por igual, un día te da y otro te quita. Muchos creen en ella. Y así. Hay incluso algunos, más desgraciados, que un día la vida les quita, y otros también les quita. Y parece que hay un espíritu invisible riéndose de ellos todo el rato.

Pero bueno, no nos vayamos por las ramas. Siguiendo la teoría de la balanza, el año pasado fue un año, a mi entender musicalmente bastante mediocre. Con pocos lanzamientos (muchos grupos descansaban, componían o estaban de gira), con una presencia notable de los clásicos de cada género (Dylan, Waits, Young, Springteen, Belle And Sebastian, Flaming Lips, Mogwai, Muse y en el ámbito nacional Fito, Nacho Vegas y Bunbury, Sr.Chinarro, Grupos de Expertos Solynieve, La Buena Vida…), pero pocas novedades de verdadera repercusión. Nada nuevo bajo el sol. Con una nueva ola británica que realmente me tira hacia atrás (los Monkeys, Killers, etc.), el peso específico lo llevaron cantautores indies, y no es broma, miran si no el Micah P. Hinson, Josh Rouse, Herman Dune…. y si cuentan, aunque veteranos por otras lides, Jarvis Cocker y Thom Yorke. Sumémosle varios fracasos, como el Yo La Tengo, The Strokes, Pet Shop Boys, Richard Ashcroft o Pearl Jam.

Este año, en apenas tres meses ya comienzan la avalancha de novedades, que parecen haber permanecido en remojo, y la verdad es que el año, promete. A nivel internacional, ya tenemos el nuevo disco indie por excelencia en el mercado, y con grandes críticas. Lo que he escuchado del mismo, a decir verdad, me deja un gran sabor de boca, Neon Bible, de The Arcade Fire. El grupo que pegó el pelotazo con Funeral, y apadrinado por Bowie, ya están pasando la revalida, ese dificilísimo segundo disco en el que muchos grupos se han quedado estancados tras el primer éxito (The Strokes, Franz Ferdinand…). Después han sacado ya trabajos grupos como The Bloc Party, Air, The Shins, Dinosaur Jr., Kaiser Chief o los Clap your Hands Say Yeah, con disparidad de opiniones. Y otros como Wilco o Travis, por ejemplo, están a punto de caramelo.

A mí particularmente me han gustado mucho los discos de Idlewild, Laura Veirs y sobre todo la revisión de las canciones de un tal Bob Dylan que ha sacado al mercado Bryan Ferry, el cantante del famoso grupo Roxy Music. Ferry es de los pocos que se entera de que hacer una versión no es copiar, y que llevar a tu terreno clásicos imperecederos es un acierto y no una osadía, quizás, bien dicho, sea la mejor manera de afrontarlo.

Y así en el ámbito nacional, lo más destacado que tenemos son las reuniones famosas que se han hecho públicas: Héroes del Silencio y Sabina y Serrat. En cuanto a las novedades, pues en el círculo indie estamos de enhorabuena, ya que Los Planetas prometen un disco basado en los palos del flamenco, última obsesión de J, y posiblemente, última oportunidad de recuperar el vuelo antes de estrellarse. La Habitación Roja repite con Albini la fórmula que tan buenos resultados le dió con Nuevos tiempos (ya he escuchado La Vida Moderna, nuevo single, que no me acaba de convencer) y el blanco de las críticas Xoel López, ya ha sacado a la luz Colillas en el Suelo, último Single de Deluxe. Sidonie volverá, también, con su nuevo lp, Cindy. En el ámbito más roquero Marea anuncia su vuelta con nuevo disco ya a punto y La Inconsciencia de Uoho, el grupo ya comentado de Iñaki Uoho, ex Platero y Extremoduro, vendrá a cubrir el hueco que dejará Fito, que en algún momento, digo yo, tendrá que parar.

Así pues tenemos un año suculento, lleno de movimiento. La manera de compensar el año pasado. La teoría de la balanza en movimiento. Agárrense y disfruten, que esto acaba de empezar.

Scriers.

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