
Como a la más fuerte de las drogas estoy enganchado a la serie de ficción del doctor del bastón, a House. No es ninguna novedad, un cuarto de España está enganchada aún sin tener ni pajolera idea de medicina, de infecciones graves o de enfermedades degenerativas. Lo que hace el señor Gregory House va a misa y sabemos que en un altísimo porcentaje de los casos acabará acertando. Porque a la serie se le ha dado conscientemente un cariz a lo Sherlock Homes. El modo de analizar los casos y resolverlos es similar al del famoso detective inglés. House investiga, con esa genial excentricidad que le caracteriza, interesándose mucho más en dar con la enfermedad en cuestión, que por la salud física y mental del propio paciente. Una enfermedad extraña es un gran caso, una común no interesa, este es el lema.
Con esta serie resulta curioso que me afecta desigualmente el tema de las modas; un producto que parece destinado a una audiencia más selecta por las características del mismo acaba convirtiéndose en una serie de masas, venerada por crítica y público. Siempre he sido algo reacio a las modas, el Código Da Vinci no me lo he leído (ni me interesa, ni me interesará. aunque se me aparezca Jesucristo crucificado en mi habitación), la saga de Star Wars me parece soporífera, Naruto no me lo he comprado y el nuevo disco del Canto Del Loco por mi puede coger polvo en las estanterías del Corte Inglés.
Pero a esta moda me subo encantado. Me agrada que al espectador no se le trate como a un cabezahueca, el episodio casi siempre deja un debate abierto o deudas morales, que si no repercuten en los protagonistas principales si lo hace en los secundarios. ¿Por qué, entonces, le dedico un post ahora, cuando se llevan ya dos temporadas de la misma? Pues por el último episodio, "Un día, una habitación".
Dirigido por Juan José Campanella, reputado director de películas argentinas de renombre (Lunas de Avellaneda, El Hijo de la Novia) estamos ante el capítulo más humano de cuantos se recuerden – a parte de ser el capítulo más visto en la historia de la serie -.
Una chica llega a la consulta para descubrir si tiene una enfermedad venérea. Por su comportamiento, House no tarda en averiguar que ha sido víctima de una violación. El caso, al ser bastante común, no le causa el menor interés al doctor, pero la chica insiste una y otra vez en que este lleve su seguimiento. House, quizás por primera vez en la serie, se implica en el caso, quizás forzado por la presión de la chica y de su compatriota Wilson. Paralelamente, Cameron se hace cargo de un vagabundo con cáncer terminal que parece querer morir agarrado al sufrimiento.
Dos casos terriblemente emocionales, que ahondan en sensaciones y sentimientos profundos, en la deontología médica, las relaciones paciente-doctor, las complejidades que la vida nos trae, en creencias existenciales, religión, pundonor, supervivencia, dilemas morales…Vamos, un episodio con mucho jugo. Todo ello con la narración poética propia del cine argentino. Campanella pone su sello personal a la serie sin eclipsar sus virtudes ya conocidas.
Además es de los pocos episodios que tratan el pasado de House, se nos revela un hecho muy importante en su vida y no pienso spoilear ningún dato por el bien de todo el que lea estas líneas. Grandísimo capítulo, de indudable calidad artística y literaria; canelita en rama, vino de Jerez, cremita catalana.. una auténtica maravilla. No se lo pierdan.
Andrew Zimmerman









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