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19 Días y 500 Noches. El mejor disco de Joaquín Sabina

Redactado y publicado por el Viernes, 14 enero 201111 comentarios

A principios de 1999 nadie daba un duro por Joaquín Sabina. El flaco venía de un descalabro comercial de envergadura que mermó su popularidad, pues su disco con Fito Paez, Enemigos Íntimos, había pasado por las tiendas con más pena que gloria. El estilo del argentino no gustó demasiado en España, puede que fuera algo grandilocuente para nuestros oídos. Por aquel entonces muchos consideraron a Sabina una vieja gloria en horas bajas. Nadie se esperaba el arrollador éxito que supondría su siguiente disco, 19 Días y 500 Noches.

Fue entonces la época excesiva de Sabina. Descuidaba su salud en los bares madrileños, fumaba como un carretero y bebía a destajo, convirtiéndose por méritos propios en esa caricatura andante de poeta crápula. Además, su relación con la cocaína se encontraba en pleno apogeo. Puede que sus excesos influyeran en su capacidad compositora, puede que no, pero lo cierto es que guardaba en su cajón los mejores versos de su carrera.

Y casi desde el olvido popular, y gracias a cientos de horas de laboriosa gestación, fue montando ese maravilloso disco que tuvo a Alejo Stivel (ex-Tequila y recien convertido a productor) como principal lazarillo. Lo que al principio iba a ser un disco doble -se grabaron una veintena de canciones- finalmente quedó en un sencillo de trece canciones, quince en Argentina.

El cambio de producción -aquí apenas participaron De Diego y Varona- le vino a los versos del jienense como anillo al dedo. Para empezar, Stivel convenció a Sabina de que debía cantar con su voz natural, sin maquillaje ni edulcorantes, que se olvidara de utilizar una voz impostada, que fuera él mismo. Y lo fue, Sabina era la ronquera echa canción, lo más parecido a Tom Waits que había en España. Cuando se le escuchó por la radio la gente distinguía a Sabina, pero se quedaban extrañados con un cambio de registro tan abrupto. Parecía como si se acabara de fumar tres paquetes de ducados y después bebido un carajillo de aguardiente y tras ello, puesto a cantar. Esa voz, lejos de parecer desagradable, gustó y mucho. Lo entendimos como un gesto sincero, el de un músico que desnudaba su faceta vocal y se libraba de prejuicios sonoros. Stivel dió en el clavo.

No sólo en lo vocal se nota la mano del argentino, en lo musical sufrió una mutación considerable. Por fin se escuchaba un disco lineal, que sonaba a un trabajo compacto pensado como obra única, casi conceptual. A Sabina se lo traga las tinieblas. Si asociara el disco a un color eligiría el gris. Todo suena melancólico, sentido, romántico… fracasado. Todo huele a whiskie y humo, a añoranza, a barra de bar. Y en realidad Sabina hace lo de siempre, canciones de todo tipo. Pero pese a lo heterogéneo de la propuesta, Stivel le da un sentido unitario, una atmosfera Gotham que lo envuelve todo. Y hay rumba, ranchera, rap, rock… hay de todo. Pero un todo uniforme.

No se me ocurre mejor manera de abrir un disco que con la sugestiva Ahora Que…, una barbaridad de canción que analiza la pesadumbre de nuestros tiempos a ritmo de bolero interminable, una sacudida a nuestras mentes escupiendo verdades como puños que encadena versos con el desamor como telón de fondo. Temazo para quitarse el sombrero que nos deja anonanados a las primeras de cambio y sin reparos.

Acto seguido, y para relajarnos, Sabina coloca una rumba canalla como segundo tema del disco. 19 Días y 500 Noches, canción que da título al disco, es un tema radiado hasta la saciedad que hoy día nos aburre y cuya dimensión social nos impide ver la magnitud de la creación. Pero si lo escuchamos con detenimiento volvemos a rendirnos al de Úbeda y su capacidad para concatenar rimas ingeniosas. Esta rumba, destinada en un primer momento a Siempre Así, se la quedó Sabina para interpretarla él mismo y deleitarnos así con otro canto, este más alegre, al desamor. Solo su primera frase (Lo nuestro duró // lo que duran dos peces de hielo // en un whiskie on the rocks) deja en pañales a la mitad de los compositores nuestro país.

Cambio de rasante con Barbie Superstar, la historia de una actriz fracasada de vuelta de todo que añora tiempos mejores. O lo que es lo mismo, un rock que continúa el relato de esa Princesa que nos presentó en Juez y Parte.

Después de esta, Sabina canta a la prostitución, una temática que puede abarcar con conocimiento de causa pues él nunca escondió su afición a los burdeles. Y lo hace a modo de diálogo, dirigiéndose al cliente en cuestión y recomendándole sin reparos probar el jugo prohibido. Es pura sutileza, escuchamos un piano precioso y a Olga Román en pletórico estado, haciendo unos coros superlativos. Sin embargo, Una Canción Para La Magdalena puede dejar al oyente aturdido emocionalmente. Y es que su música, compuesta por Pablo Milanés, es tremendamente triste.

La rumba argentina Dieguitos y Malfadas nos habla de un amor perdido en Buenos Aires, un idilio imposible con una veinteañera que concluye al regresar a España, pues esta se busca otros brazos en donde refugiarse. Una historia aderezada con mil y una referencias a la ciudad bonaerense que nos hace transportarnos allí, al mismísimo campo de Boca Juniors. Otro relato autobiográfico que no desentona en absoluto.

A Mis Cuarenta Y Diez es el balance que hace Sabina de sus cincuenta años de existencia. Es la segunda parte de ese Tan Joven y Tan Viejo del album Yo, Me, Mi, Conmigo, con cuyo resultado no acabó muy contento. Tiene un tremendo aroma a despedida, a testamento en vida. A pesar de ello, el de Úbeda termina asegurando que acabará enterrándonos a todos. Acústica, sincera y en primerísima persona, es una confesión, uno de los puntos más emocionantes y álgidos del disco.

Para contrarrestar un momento tan íntimo, le sucede El Caso De La Rubia Platino, que parece basada en un comic de Torpedo o Dick Tracy, puro cine negro musicalizado. Imágenes que transportan al Chicago de los años 40, describiendo un caso que gira en torno a una rubia peligrosa de la cual el detective protagonista se acaba enamorando. Todo contado a golpe de verso. Otra maravilla a la que no se le da el valor merecido.

Tras este acercamiento al género negro, Sabina vuelve a describir sentimientos profundos en primera persona. Donde Habita El Olvido es la enémisa muestra de genialidad del disco, rima tras rima, palabra a palabra, elabora un relato, cual narrador se tratase, sobre un amor pasajero que ha dejado escapar por pura cobardía. Esta dolorosa melancolía alcanza su versión más redonda en el disco en directo Nos Sobran Los Motivos.  En mi opinión, el mejor tema del disco.

Cerrado Por Derribo es la antesala de la inspirada Nos Sobran Los Motivos. Sabina compuso varias versiones del tema con la misma música, ya que en esa estructura se acoplaban los versos con facilidad. Es un modo de rizar el rizo, de ver cuanto puede exprimir la rima, un ejercicio poético. El resultado, una canción curiosa, si bien terminó eclipsada por su segunda versión.

En Pero Que Hermosas Eran Sabina se mete en la piel de un hombre que analiza las tres mujeres de su vida. Parece una canción de comedieta de cabaret, algo sonrojante. Personalmente, la considero una de las más flojas del disco, pero mantiene su interés si intentamos descifrar su parte autobiográfica. En la practica totalidad de sus discos, Sabina presenta personajes que buscan o huyen de la felicidad en pareja. En esta ocasión, y con un humor muy Woody Allen, el flaco nos habla de un señor que fracasa en el amor, pero que recuerda desde el cariño y la autoparodia a sus tres ex esposas.

La tripleta final del disco la forman De Purísima y Oro, un retrato costumbrista de la España de mitad del siglo XX desde una óptica casi taurina (tampoco me entusiasma demasiado por mi condición antitaurino, pero entiendo que conviene valorar el ejercicio poético-histórico), la divertida Como Te Digo Una Co, Te Digo Una O, un rap cutre que recrea, en lenguaje coloquial, el encuentro por la calle entre dos marujas que despotrican de diestro y siniestro, y la eterna y preciosa Noches De Boda, un clásico en los enlaces matrimoniales en nuestro país, una ranchera cantada desde el corazón junto a Chavela Vargas que perdurará para siempre por sus bonitos versos.

Un final redondo para un disco, que pese a ser largo y de ardua escucha, no exhibe altibajos bruscos y mantiene una linealidad muy saludable. Y esta coherencia interna, salvo en El Hombre Del Traje Gris, no se aprecia en los discos de Sabina. Eso es lo que defendía en los comentarios del disco Vinagre Y Rosas, y lo que Varona y De Diego no parecen buscar. A Sabina cuanto más solo se le deje para componer, mejor, no le hace falta un Benjamín Prado ni nada por el estilo. De su puño y letra, y sus propios acordes han salido canciones tan bellas como Peces De Ciudad, 19 Días y 500 Noches, Donde Habita El Olvido, Pie De Guerra… no es casualidad que sus mejores temas lleven unicamente su firma. Pero Sabina es muy vago y siempre prefirió que le hagan las cosas, él mismo lo reconoce.

Y por todo esto, por su tremendísima inspiración, por la exquisita labor de Alejo Stivel, por cada verso ingenioso, cada palabra, cada acorde, cada arreglo, por su atmósfera oscura, su madurez sonora, por su voz quebrada, por su magnífica portada, por su talento y lucidez, a mi me parece 19 Días y 500 Noches el mejor disco de Joaquín Sabina. Y se me gastará el aliento y seguiré defendiendo lo mismo.