A mí siempre me han gustado los discos que parecen un proyecto completo, que tienen sensación de conjunto, que las canciones parecen del mismo mundo aún hablando y sonando de manera diferente. Por eso, cuando hablé una vez con Losmierdas tomando un café y me dijo algo así como que la música hoy en día es tanta y tan variada que hay grupos que son solo unihit, esto quiere decir, de un solo hit, yo me extrañé como diciendo “no, para mí la música son discos y no canciones, o canciones dentro de discos”. Claro que luego la conversación tiró por otros derroteros, y la cosa pasó y luego siempre que pienso en la música actual me da la impresión de que es verdad, de que gana el eclecticismo, la fusión de estilos, el giro eterno, y ya apenas se hacen discos que parezcan discos sino colección de canciones que te tocan la fibra sensible de una u otra manera.
De mis artistas favoritos, los discos de Dylan que más me gustan tienen esa tremenda sensación de empaque. Podría hablaros del “Blonde on blonde”, que es una maravilla o de otro algo más variable que también me encanta, que es el “Highway 61 revisited”, pero no, esta semana mi vicio se ha llamado “Oh, Mercy”. Vamos a ver, resumen histórico. Se trataba de su vigésimo sexto disco de estudio (casi nada) y Dylan venía de varios discos “fracaso” que no llegaron a encandilar ni a público ni a crítica y las malas lenguas decían que las musas se habían ido, que su inmensa categoría iba a ir menguando hasta quedarse reducida a pequeños reductos de lo que fue, sólo que ahora se manifestarían ocultas, entre canciones, como quién quiere y no puede, y al final sólo puede a ratos. Total, que Dylan se lesionó una mano y aprovechó para escribir una burrada de temas, como quién es tocado por la gracia divina de ese “algo” que te impulsa escribir (¿será el Señor?) y cuando se vio con ánimos acudió a Daniel Lanois por consejo de Bono, el celebérrimo líder de U2. Lanois había colaborado con ellos en The Josua Three y parecía un hombre con suficientes cualidades como para redirigir a Bob en el estudio.
Lo curioso, me dirán quiénes conozcan la obra de Dylan, es que ésta grabación resultó un fracaso y las desavenencias entre compositor y productor estuvieron a la orden del día. Desavenencias con los arreglos, miles de regrabaciones, trabajo paralelo de músicos… en fin, un pequeño desastre musical. Es lo que pasa, a veces, cuando juntas personalidades de gran fuerza. Si esto fue así…. Evidentemente, ¿cómo va a existir una producción coherente que dote al disco de sensación de conjunto?

Pues no se cómo, ni porqué, pero mira, para mí lo tiene. Si lo comienzo a escuchar es para terminarlo entero. Y es más, situaría en el “top five” de mis discos favoritos de Bob Dylan. Repasemos las canciones:
- Political World: Es la vuelta de Dylan a la primera división en cuanto a temas de alto calado social que radiografían la sociedad. “Vivimos en un mundo político, podemos verlo y sentirlo, pero nadie indaga y la baraja está marcada, todo el mundo lo sabe”. “Te puedes ahorcar dónde quieras que vaya, nunca faltará la soga”. Aquí Dylan llama político por no llamarlo corrupto, podrido o “mundo de mierda”. El ritmo, ajetreado, hace parecer que los instrumentos se aleja del narrador, que va persiguiéndolos. Una declaración de intenciones muy del siglo XX y XXI.
- Where Teardrops Fall: Lánguido lamento musical en la que Dylan se lamenta en menos de tres minutos sobre los males de corazón a través de un baño de imágenes. Se regodea en el paisaje para describir cual es el lugar dónde caen las lágrimas. Esta canción, no se porqué, me recuerda a Jose Ignacio Lápido, pero está claro que la cosa fue al revés.
- Everything is broken: Otro puñetazo en la cara al mundo de ahora. Y es que ahora, todo está roto. Un tema que no envejece, ya que, ¿Cuántas veces no nos ha dado la sensación de que el mundo está roto? Dylan, por cierto, comienza aquí mostrando su lado más “tradicional americano”. Armónica y guitarra al combate.
- Ring them bells: Baladita pianera que se parece a aquellas oraciones de iglesia que piden por los demás. Además, ubicándolo en un paraje natural, y pidiendo a Santa Catalina. Dylan parece Dios (algunos insisten en que lo es). Por cierto, muy bonita, pero excesivamente religiosa.
- Man in the long Black Coat: Otra vez narrando. Esta vez la historia de una mujer que se va con su hombre de la chaqueta negra, un amante diabólico que viene de los lugares más tenebrosos. A mí me gusta ese aire de canción de tugurio, de bajos fondos. Ese costumbrismo sucio de gente que mira y espía. De historias que no sabemos nada.
- Most of time: Un tema más melódico, muy “de estudio”, con Dylan hablando al oído sobre qué es, y qué, a veces, deja de ser. . Ah, y ese final. ¿Parece un transfondo amoroso, no? Me gusta.
- What Good Am I?: Lo admito, me gustan aquellos que reconocen su culpa y que incluso se autoflagelan para conseguir el perdón de su amada. Hermosísima canción que, junto, a Most of time y Political World son mi trío ganador del disco.
- Disease of conceit: Hay un problema con “el mal de la presunción”. Musicalmente está apegada al disco, vocalmente me gusta, pero me parece, paradojas de la vida, presuntuosa. ¿Captáis la ironía con respecto al título?
- What was it you wanted?: Preguntas y más preguntas sobre una relación que parece tumultuosa y no se sabe muy bien dónde va: La de Dylan con la fama.
- Shooting Star: Es un bonito final, un broche que, una vez más, se acopla bien al tono del disco, pero no su mejor canción.
PD: Muchos de los datos sacado el enorme libro de letras de Bob Dylan que ha editado Alfaguara este año. Una joya.
Scriers.





